1 Pedro

1 Pedro 1:1-12

El Señor había dicho a su discípulo Pedro aun antes de que le negase: “Tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos” (Lucas 22:32). Es el servicio que el apóstol cumple en esta epístola. Nos recuerda nuestros incomparables privilegios: la salvación del alma (v. 9) y una herencia celestial al abrigo de toda eventualidad (v. 4). Dios la guarda para los herederos y guarda a éstos para la herencia, por lo que ya tienen un sabor anticipado de ella: un “gozo inefable y glorioso”. Éste halla su fuente en la esperanza viva que se tiene en una persona viva: Jesús resucitado (v. 3); en la fe (v. 5, 7); en el amor por Aquel a quien los redimidos aún no han visto, pero a quien sus corazones conocen bien (v. 8). Y cuanto más amemos al Señor, más nos daremos cuenta de que no le amamos lo suficiente.

Precisamente a causa del valor que Dios reconoce a la fe, se ocupa en purificarla en el crisol de la prueba. Pero se nos da una seguridad: Él lo hace sólo “si es necesario” (v. 6).

Tales son, queridos amigos, las bienaventuradas realidades que nos conciernen, las que los profetas “inquirieron y diligentemente indagaron” (v. 10- 11), y “en las cuales anhelan mirar los ángeles” (v. 12). Nosotros, los beneficiarios, ¿quisiéramos ser los únicos en no interesarnos en ellas?

1 Pedro 1:13-25

La verdad, tal como el apóstol la expuso en la primera parte de este capítulo, tiene derechos y efectos sobre nosotros. Ella es ese cinto que consolida nuestro entendimiento y frena nuestra imaginación (v. 13; Efesios 6:14). Es a la verdad a la que debemos obedecer (v. 22). Nosotros, que anduvimos en otro tiempo entre “los hijos de desobediencia” (Colosenses 3:6-7), hemos llegado a ser “hijos obedientes” (v. 14); no sólo se trata de la obediencia a sino también de Jesucristo (v. 2), es decir, conforme a la suya, motivada por el amor al Padre (Juan 8:29; 14:31).

Por otra parte, aquí todo está en contraste con el Antiguo Testamento. La plata, el oro, ni ninguna otra cosa nos puede rescatar (véase Éxodo 30:11-16; Números 31:50), sino la preciosa sangre de Cristo. No es, como para el israelita, el nacimiento natural lo que nos permite participar de los derechos y privilegios del pueblo de Dios. ¡Que nadie piense ser un hijo de Dios porque tiene padres cristianos! Somos regenerados por la incorruptible Palabra de Dios, la cual vive y permanece para siempre. La santidad requerida en toda nuestra conducta corresponde a nuestra nueva naturaleza; invocamos al Dios santo como Padre (v. 15-17). También es la consecuencia del valor con el cual Dios justiprecia el sacrificio del perfecto Cordero.

1 Pedro 2:1-12

Un niño que llega al mundo, pronto debe ser alimentado. Por eso la Palabra de Dios, después de haber dado la vida (1:23), también provee lo necesario para mantenerla. Ella es el alimento completo del alma, “la leche espiritual” de la que Cristo es la sustancia. Si hemos gustado que el Señor es bueno, no podremos vivir sin ese divino alimento (Salmo 34:8).

Después de la simiente viva (y la esperanza viva del capítulo 1), aquí hallamos las piedras vivas. Son juntamente edificadas sobre Aquel que es “la principal piedra del ángulo” –preciosa tanto para Dios como para nosotros los que creemos (v. 7)– a fin de constituir una casa espiritual (Efesios 2:20-22). Tú también eres una de esas piedras, había dicho el Señor a Simón, hijo de Jonás (Mateo 16:18).

Pues bien, tales privilegios acarrean sus correspondientes responsabilidades. Si somos un sacerdocio santo, es para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios. Si somos un pueblo adquirido por Dios, es para anunciar sus virtudes (Isaías 43:21). Ya que hemos sido llamados “de las tinieblas a su luz admirable”, ¿podríamos albergar en nuestro espíritu los deseos carnales? Basta una mirada para atraerlos, y ellos “batallan contra el alma” (v. 11).

1 Pedro 2:13-25

El cristiano está invitado a respetar el orden establecido, no por “miedo al policía”, sino por el motivo más grande que pueda obrar en su corazón: el amor al Señor (v. 13; Juan 15:10). Somos únicamente esclavos de Dios (v. 16 final), es él quien nos dicta nuestra actitud para con todos. Es cierto que no todos los amos son “buenos y afables”; los hay “difíciles de soportar”. Nuestro testimonio tendrá más fuerza y relevancia ante los segundos que ante los primeros. La injusticia, el ultraje y todas las formas de aflicción dan al hijo de Dios ocasiones para glorificarle. En ese camino nos precedió El que fue el Varón de dolores.

Por supuesto que en la obra de la expiación Cristo no tuvo ni tendrá jamás compañeros o imitadores. “Él mismo” –y sólo él– “llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero” (v. 24). En cambio, en su camino de justicia (por consiguiente de sufrimiento), es nuestro Modelo perfecto (1 Juan 2:6). La contradicción y la perversidad de los hombres no hacían más que poner de manifiesto Su paciencia, Su mansedumbre, Su humildad, Su sabiduría y Su entera confianza en Dios… huellas benditas en las que hemos de andar. Así cumpliremos el último mandato del Señor a Pedro: “Sígueme tú” (Juan 21:22).

1 Pedro 3:1-12

“Asimismo vosotras, mujeres” (v. 1), “vosotros, maridos (v. 7), “igualmente, jóvenes” (5:5). Siempre es el mismo motivo –el amor al Señor– (2:13) el que dicta a cada cual la conducta que debe seguir en su familia y en la Iglesia. Por su modo de ataviarse, una mujer cristiana revela dónde tiene sus afectos. ¿Ella se preocupa por la hermosura en lo íntimo del corazón, la que realmente cuenta para el Señor? ¿Busca lo que es “de grande estima delante de Dios”: “un espíritu afable y apacible”? (v. 4). Ese “adorno” forma parte de lo que es incorruptible, al igual que la Palabra (1:23) y la herencia celestial (1:4). La moda según Dios no ha cambiado, pues, desde Sara.

Nuestro título de herederos “de la gracia de la vida” (v. 7) y de la “bendición” (v. 9 final) constituye, juntamente con el ejemplo que nos dio Cristo, Aquel que hacía el bien (v. 13; 2:21-22), un imperioso motivo para no devolver maldición por maldición.

La larga cita del Salmo 34 nos recuerda lo que es el gobierno de Dios. Si el mal se halla en nuestros labios o en nuestro andar (v. 10-11), dolorosas consecuencias, permitidas por el Señor, podrán ser el resultado (v. 12). Al contrario, un andar por el camino del bien y de la paz es el medio seguro para ser bendecido. Además de ese legítimo deseo de todo hombre, gozaremos entonces de la comunión con el Señor.

1 Pedro 3:13-22

Cristo padeció en la cruz, el Justo, por nosotros los injustos (v. 18). Por nuestro lado se nos concede que suframos algo por él (Filipenses 1:29). Al hacer el bien padecemos con él así como él padeció (v. 14). Finalmente, en todos nuestros sufrimientos morales el Señor simpatiza con nosotros (v. 12).

Si padecéis por causa de la justicia, afirma el versículo 14, bienaventurados sois (Mateo 5:10). Pidamos a Dios que nos guarde de todo temor humano y nos dé su temor juntamente con mansedumbre para testimoniar en todo momento “de la esperanza que hay en nosotros”. Esta esperanza, ¿la tiene el lector?

Pero, cuando nuestra conducta no es buena delante de los hombres, hablarles del Señor es echar sobre Él el desprecio que merecemos. Que el Espíritu de Cristo se sirva de nosotros para advertir a nuestros semejantes como otrora se sirvió de Noé para predicar a los incrédulos de su tiempo mediante la construcción del arca (v. 19-20). El diluvio es la imagen del juicio presto a caer sobre el mundo. Nos habla de la muerte, paga del pecado. En figura, los creyentes la han atravesado en el bautismo y están puestos al abrigo en el arca, que es Cristo. Él padeció la muerte en lugar de ellos y ellos resucitarán con él para una nueva vida (v. 21-22).

1 Pedro 4:1-11

El pecado, del cual el Señor tuvo que encargarse, ¡cuánto debió de haberle cansado! Ahora ha acabado con él por medio de la muerte. Asimismo el creyente debe acabar con las concupiscencias propias de los hombres.

Queridos amigos: ¿No nos basta haber perdido un tiempo precioso –antes de nuestra conversión– en un andar insensato hacia la muerte? Vivamos el resto de nuestro tiempo “conforme a la voluntad de Dios”. Sin duda nuestro nuevo comportamiento contrastará con el del mundo que nos rodea. Y este último se extrañará de que nos abstengamos de sus corrompidos placeres. Se hará presión sobre nosotros, nos harán bromas y tal vez injurias. ¿Por qué? Porque el mundo se sentirá condenado por nuestra separación, mientras espera ser condenado por el gran Juez (v. 5).

Precisamente la inminencia de ese juicio nos dicta nuestra conducta: sobriedad, vigilancia, oración y ferviente amor (1:22 final). Éste se traduce de muchas maneras: buscando la restauración de nuestros hermanos (v. 8 final), practicando alegremente la hospitalidad y utilizando los dones de la multiforme gracia de Dios en provecho los unos de los otros. Así el Señor Jesús, quien está en el cielo, puede seguir glorificando a Dios en la tierra, mediante la vida de sus redimidos (v. 11; Juan 17:4, 11; 15:8).

1 Pedro 4:12-19

En el cielo meditaremos, sin cansarnos, en los sufrimientos del Señor Jesús; serán el inagotable tema de nuestros cánticos. Pero la oportunidad de compartirlos habrá pasado. Sufrir con Cristo es una experiencia más profunda e intensa que la de sufrir por él. Tener parte en sus dolores, conocer la ingratitud, el desprecio, la contradicción, el insulto (v. 14) y la abierta oposición que él encontró, es conocerle a él mismo en todos los sentimientos que fueron suyos entonces. Un ferviente deseo de Pablo era el de “conocerle… y la participación de sus padecimientos” (Filipenses 3:10).

Pero existe una clase de aflicciones que Cristo no podía experimentar: las que padecemos por haber obrado mal. No escapamos a «las consecuencias de nuestras inconsecuencias». Un cristiano deshonesto cosechará, ante los tribunales humanos, lo que haya sembrado, y aquel que se haya entremetido en los asuntos de otro tal vez reciba su castigo de mano de éste. Lo más triste, entonces, no son las miserias que atraemos sobre nosotros mismos, sino la deshonra echada sobre el nombre del Señor. Por el contrario, padecer como cristianos, es decir, como Cristo, equivale a glorificar a Dios en ese hermoso nombre (v. 16; Hechos 4:17, 21).

1 Pedro 5:1-14

“Apacienta mis corderos… pastorea mis ovejas”, había dicho el Señor a Pedro (Juan 21:15-17). Lejos de valerse de ello para colocarse por encima de los demás creyentes (posición que le fue atribuida en la cristiandad), el apóstol se designa simplemente como anciano juntamente con los otros ancianos y recomienda a estos últimos que no dominen sobre la grey del buen Pastor, sino que sean ejemplo para ella (v. 3). Las ovejas no les pertenecen, pero son responsables de ellas ante el soberano Pastor. No obstante, a los jóvenes les conviene estar sujetos a los ancianos, y a todos revestirse “de humildad”, lo que podría traducirse por «ponerse el delantal del servicio» (v. 5; comparar 3:8). “El Dios de toda gracia” da gracia a los humildes.

El apóstol agrega: “Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros” (v. 7). Esta confianza y entrega a Dios no nos eximen de vigilancia. Satanás, nuestro enemigo siempre amenazante, acecha el menor relajamiento. Resistirle aún es sufrir (v. 8-9). Así para el creyente –en su medida– como para su divino modelo, la Escritura una vez más vuelve a dar testimonio de los sufrimientos que, por “un poco de tiempo”, son su parte… y de las glorias que vendrán tras ellos (v. 10; 1:11 final).

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