1 Reyes

1 Reyes 1:1-21

David ya es un anciano. Cansado de una vida de sufrimientos y luchas, sigue confiando en Dios, según la oración del Salmo 71:17-18 (véase también v. 9): “Oh Dios, me enseñaste desde mi juventud… Aun en la vejez y las canas, oh Dios, no me desampares”. Jehová le responde y le socorre en la última prueba que le aguarda. Después de Absalón, Adonías, otro de sus hijos, conspira para apoderarse del trono (v. 5). El trágico fin de su hermano mayor no le había enseñado nada. Además, de una manera general, la educación de este joven había dejado mucho que desear. Su padre nunca lo había reprendido o contrariado (v. 6). Desde su más tierna juventud, Adonías siempre había hecho lo que quería. Un nuevo ejemplo que deben meditar nuestros jóvenes lectores a quienes, a veces, les parece que sus padres son demasiado exigentes. Han de saber que ser reprendido mientras se es niño, les evita en edad adulta penas mucho más dolorosas. Dios no obra de otra manera con sus hijos (Hebreos 12:6). ¡Cuántas veces su sabiduría y su amor nos habrán impedido hacer la voluntad propia, para nuestro bien presente y quizás eterno!

1 Reyes 1:22-37

En la fuente de Rogel la fiesta está en su apogeo. Los invitados rodean a Adonías. El astuto Joab está presente, lo mismo que Abiatar, quien olvidó las palabras de gracia de David: “Quédate conmigo”, (1 Samuel 22:23). Los demás hijos del rey, sea por oportunismo o por debilidad de carácter, se adhieren a la causa de su hermano. Con excepción de uno: Salomón, que no ha sido invitado (v. 25-26). ¡Y con razón! ¿No es él el rey elegido por Dios para suceder a David? ¿Qué podría haber hecho en esa fiesta? Pero todo ese plan, sabiamente urdido, será reducido a nada por algunas almas fieles y sumisas al pensamiento divino. David, al ser informado, obra en seguida: Ahora mismo Salomón va a subir al trono. Su padre da todas las instrucciones al respecto.

En nuestros días, en todas las esferas, el hombre se eleva buscando su propia gloria. Hay un pensamiento que no le preocupa para nada: conocer la voluntad de Dios. Esta voluntad divina es la de dar al mundo el Rey que le ha sido destinado: Jesucristo. Hoy en día, este rey todavía es rechazado y despreciado; no está invitado a las alegres fiestas que el mundo organiza. Y los que temen a Dios, tampoco tienen su lugar en ellas.

1 Reyes 1:38-53

Conforme a las instrucciones de David, ahora se celebra una fiesta muy diferente. En medio de la alegría del pueblo fiel, el joven Salomón se sienta en el trono de su padre. ¡Cuán grande es el contraste con Adonías! El nuevo rey no actúa por sí mismo: se le hace montar en la mula real, y se lo lleva a Gihón, donde es ungido por Sadoc en medio de la algarabía general.

Mientras tanto, en la fuente de Rogel se acaba el festín. Un ruido desacostumbrado, persistente, proviene de la ciudad. Joab, como militar experimentado, oye la trompeta y se inquieta. Al mismo tiempo se acerca Jonatán, trayendo noticias. En lo que a él concierne, éstas son buenas, porque David sigue siendo el rey su señor. Pero, ¡qué desastre para Adonías y sus invitados! Todo el complot se derrumba en un instante y los conjurados, desamparados, se dispersan por todos lados. Aterrorizado, el usurpador Adonías se sujeta a los cuernos del altar e implora el perdón del rey. Se le otorga una prórroga, pero el orgullo y la maldad de su corazón no han sido juzgados por eso.

¡Qué locura oponerse a Dios y a su Ungido! Sin embargo, esto hará el Anticristo en breve, pero será destruido para dar lugar al Señor Jesús y a su reinado.

1 Reyes 2:1-46

Las últimas recomendaciones de un padre o de una madre a sus hijos en el momento de su muerte siempre son palabras muy serias. Las de David a Salomón se resumen así: «Guarda la Palabra de Dios». También era el deseo del Señor Jesús en el momento de dejar a los suyos (Juan 14:23-24).

Después, es necesario hablar de juicio, sin el cual el reino de justicia y paz no puede establecerse. Los crímenes de Joab y los ultrajes de Simei, impunes durante mucho tiempo, deben ser rememorizados. Lo que borra un pecado es la confesión, y no los años. Pero lo que Barzilai hizo por el rey y los suyos tampoco se olvida.

Salomón, figura de Cristo, rey de justicia, dará a cada uno según su obra, como nos lo muestra la segunda parte de este capítulo (v. 23-46). El día en que el Señor establezca su reino en gloria, también dará las retribuciones (Mateo 25:31). Unos tendrán parte en la vida eterna, otros en los tormentos eternos. Sí, hay un Juez, un tribunal y un infierno (Apocalipsis 20:12-15). Pero también hay una “resurrección de vida” para los creyentes. Es la que David aguarda de ahí en adelante. Duerme en paz, “habiendo en su propia generación servido a la voluntad de Dios”, como lo declara Hechos 13:36, V.M.)

1 Reyes 3:1-15

Si esta noche el Señor nos propusiera como a Salomón: “Pide lo que quieras que yo te dé”, ¿qué le contestaríamos? No es seguro que cada uno tuviera como primer deseo recibir… “corazón entendido”. Fortuna, éxito, distracciones y viajes son los deseos de la mayoría de los jóvenes de este mundo. ¿Cuáles son los nuestros?

Un corazón entendido (o sea, un corazón inteligente, V.M.) es un pedido agradable a Dios y que siempre se le puede hacer. “Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente… y le será dada” (Santiago 1:5). No se puede hacer esta oración si uno es sabio en su propia opinión (Proverbios 3:7). Pero Salomón no tiene una gran opinión de sí mismo; dice: “Yo soy joven, y no sé cómo entrar ni salir” (v. 7). Notemos que aquí es el corazón —y no la cabeza— el que debe escuchar y entender. El amor por el Señor es la llave de la verdadera inteligencia. Finalmente, consideremos a nuestro perfecto Modelo, que declara por medio del profeta: “Jehová el Señor… despertará mi oído para que oiga como los sabios” (Isaías 50:4).

1 Reyes 3:16-28

En Israel el rey era también el supremo juez, figura de Cristo, quien será a la vez lo uno y lo otro. Así que el joven rey Salomón necesita mucha sabiduría divina para la doble tarea de gobernar y juzgar al pueblo. Pero la promesa de Dios se cumple sin tardanza; el célebre juicio en el asunto de esas dos mujeres lo da a conocer a todo Israel como quien ha recibido “sabiduría de Dios para juzgar” (v. 28). No fue así como Absalón había procurado establecer su reputación de juez (2 Samuel 15:4). ¿Cómo habría podido reinar la justicia si ese hombre impío, rebelde y homicida, se hubiese adueñado del trono que Dios destinaba a su joven hermano Salomón?

Sólo uno fue más sabio que Salomón. Consideremos a Jesús, niño lleno de “sabiduría”, que maravilló a los doctores con su inteligencia (Lucas 2:40 y 47); luego, en el curso de su ministerio, contestó según el estado del corazón de cada uno, discerniendo las trampas que se le tendían y confundiendo a sus adversarios. Admirémosle, particularmente en esa escena en que pronuncia su juicio respecto de la mujer adúltera: “El que de vosotros esté sin pecado, sea el primero en arrojar la piedra contra ella”, responde él a los acusadores (Juan 8:7). “¿Y qué sabiduría es ésta que le es dada?”, decían de él (Marcos 6:2).

1 Reyes 4:1-19

El reino de Salomón se establece sobre sólidas bases de paz y de justicia. Ya lo dijimos: prefigura los tiempos felices en que, no sólo Israel, sino el mundo entero, será liberado de la guerra y de la injusticia. Actualmente, pese a todos sus esfuerzos, a los progresos técnicos y sociales, los hombres no logran establecer por sí mismos la paz y la justicia que tanto anhelan. Previamente, será necesario que Satanás sea atado y que “el Hijo del hombre” tome el dominio universal.

Consideremos el perfecto orden que preside la administración del reino. Doce gobernadores, uno para cada mes del año, están encargados de abastecer por turno la casa del rey. Nos hace pensar en ese siervo fiel y prudente, a quien su señor estableció sobre los siervos de su casa para darles el alimento a su tiempo (Mateo 24:45).

El Señor dio diferentes funciones a sus siervos: pastor, doctor… y les encargó velar por el alimento espiritual de los suyos. Pero, de manera más general, cada creyente debe ser un fiel gobernador, un buen mayordomo de los “talentos” que su Amo le confió en vista de Su propia gloria (Mateo 25:15).

1 Reyes 4:20-34

Comparemos el versículo 20 con el 29. El pueblo y el corazón del rey tienen una dimensión común: son como la arena que está a la orilla del mar. Dicho de otro modo, Dios da a su ungido un corazón bastante grande como para contener y amar al gran pueblo que ahora está a su cargo. Asimismo, el amor del Señor está a medida del número de los que le pertenecen, y no es superado por su multitud. La cruz fue la prueba de ello. Querido lector creyente, el Señor le ama tanto como si usted fuese su único redimido. Nunca terminaremos de conocer y comprender “el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento” (Efesios 3:18-19).

Esta hermosa prefiguración del reinado milenario de Cristo evoca el reposo del cual finalmente gustará la creación, después de haber gemido tanto tiempo bajo “la esclavitud de corrupción” (Romanos 8:19-22). Salomón habló de animales, aves, reptiles y peces. Cristo, “el Hijo del hombre” según el Salmo 8, coronado “de gloria y de honra”, dominará sobre todas las obras de Dios: “Ovejas y bueyes, todo ello, y asimismo las bestias del campo, las aves de los cielos y los peces del mar… ¡Oh Jehová, Señor nuestro, cuán grande es tu nombre en toda la tierra!” (Salmo 8:7-9).

1 Reyes 5:1-18

Si David fue el rey de gracia, Salomón, su sucesor, aparece como el rey de gloria. En los consejos de Dios, la gracia y la gloria van una tras otra, sin separarse. Y el creyente, que ya goza de la gracia, también recibirá la gloria cuando el Señor venga. Hiram, rey de Tiro, siempre había amado a David. Por eso, al subir Salomón al trono, Hiram participa de la gloria del gran rey y recibe, en abundancia, lo necesario para satisfacer sus necesidades y las de su pueblo. Gustoso, contribuye a la construcción del templo, principal empresa del reinado de Salomón. Porque ahora que Jehová dio reposo a Israel, también Él puede descansar y cambiar la tienda de viajero por una morada fija. Como antes el tabernáculo, pero con nuevas figuras, el templo de Salomón va a proveernos de numerosas ilustraciones en lo concerniente a las relaciones de Dios con su pueblo. Ya tenemos una primera diferencia: la casa del desierto estaba colocada sobre la arena misma, mientras que ésta debe ser edificada inquebrantablemente sobre “piedras grandes, piedras costosas”. “Su cimiento está en el monte santo” (Salmo 87:1).

1 Reyes 6:1-18

Ya no son tablas de madera, como en el tabernáculo, sino piedras las que se necesitan para construir la nueva casa. Es una hermosa imagen de los creyentes, estas “piedras vivas” que son edificadas como “casa espiritual” (1 Pedro 2:5). En el versículo 7, leemos que las piedras habían sido enteramente preparadas antes de ser transportadas. El mundo es «la cantera» de donde se extraen los redimidos y donde todavía son objeto de un paciente trabajo de Dios, antes de estar aptos para ser introducidos en la Casa de gloria. Tal es nuestra presente condición.

Además del lugar santo y del lugar santísimo, el templo tiene cámaras laterales que no existían en la casa del desierto. Están reservadas a los sacerdotes. Es una ilustración de las “muchas moradas” preparadas por el Señor en la casa del Padre, a fin de que estemos con él. Las piedras labradas y las cámaras dispuestas nos hablan del Señor, quien preparó y prepara aún hoy a los suyos para ocupar un lugar en la Casa del Padre. Es la enseñanza del capítulo 13 de Juan. Pero también preparó el lugar para los suyos; esto lo vemos en el capítulo 14 del mismo evangelio. Es el perfecto trabajo del amor de nuestro Señor Jesús.

1 Reyes 6:19-38

El único salmo que nos ha sido trasmitido como escrito por Salomón comienza así: “Si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican” (Salmo 127:1). Era una feliz (e indispensable) disposición de espíritu de parte de aquel que construía la Casa de Jehová. Es igualmente necesario, cualquiera sea la empresa a la que nos dediquemos, asegurarnos, antes de empezar, que el Señor está con nosotros para obrar y para bendecir. Y esto se aplica particularmente a los que piensan fundar un hogar.

Aquí nuestro espacio es limitado para hablar en detalle de esta maravillosa Casa. Como el tabernáculo, pero en una proporción mayor, constaba de un lugar santo y un lugar santísimo, llamado el oráculo (v. 16, V.M.), donde dos grandes querubines desplegaban sus alas. Aquí el velo que los separaba no se menciona, pero había algo nuevo: dos puertas talladas de madera de olivo permitían el acceso al interior del oráculo. Aparte de las piedras, los demás materiales empleados eran: la madera de cedro, símbolo de duración y majestad, y el oro puro, símbolo de la justicia divina, del cual todo estaba enteramente cubierto. ¿No es una admirable visión que confirma las palabras del Salmo 29, versículo 9: “En su templo todo proclama su gloria”?

1 Reyes 7:1-12

Salomón fue muy diligente al construir el templo. Le bastaron siete años para hacerlo, mientras que Herodes necesitó cuarenta y seis para reconstruirlo (Juan 2:20).

El rey se ocupa ahora de su propia casa, empero, sin desplegar en ella el mismo apresuramiento: tarda trece años. Aprendamos a hacer primero, bien y activamente lo que el Señor nos encarga hacer para él, antes de dedicarnos a nuestros propios asuntos.

Después del templo, como sabio arquitecto, Salomón construye otras tres casas: la suya (v. 1); la casa del bosque del Líbano con su pórtico (v. 2-7) y, finalmente, la de su mujer, hija de Faraón (v. 8). Cada una de ellas nos habla de una esfera de relaciones de Dios con los hombres. Si el templo es la imagen de la casa del Padre, la morada personal de Salomón sugiere más bien la casa del Hijo, dicho de otro modo, la Iglesia o Asamblea (Hebreos 3:6). La casa del bosque del Líbano habla de las futuras relaciones de Cristo, rey de gloria, con Israel. Allí se halla el trono del juicio. Finalmente, la casa de la hija de Faraón evoca Sus relaciones de Rey con todas las naciones de la tierra.

1 Reyes 7:13-26

Para la confección del tabernáculo y de los objetos que contenía, en otros tiempos Jehová había designado a Bezaleel, un hábil obrero lleno “del espíritu de Dios, en sabiduría y en inteligencia, en ciencia y en todo arte” (Éxodo 31:2-3). Para la fabricación de objetos de bronce, Salomón llama a Hiram, de Tiro, un artesano también “lleno de sabiduría, inteligencia y ciencia en toda obra de bronce” (v. 14). Procuremos poseer tales cualidades espirituales. Entonces el Señor podrá emplearnos “en todo arte”.

El primer trabajo que Hiram realiza consiste en dos columnas con espléndidos capiteles. Pensemos en la promesa que el Señor hace a la iglesia de Filadelfia: “Al que venciere, yo lo haré columna en el templo de mi Dios”. “Tienes poca fuerza”, había dicho a esos creyentes (Apocalipsis 3:12 y 8). Los nombres de esas columnas son Jaquín y Boaz, que significan: «él establecerá» y «en él es la fuerza». Es una preciosa respuesta a la presente condición del redimido: ¿Poca fuerza en la tierra? Firmeza y fuerza para siempre jamás en el cielo de gloria, cuya imagen es el templo.

1 Reyes 7:27-51

Hiram es una figura del Espíritu Santo, «divino Obrero», ocupado en preparar todas las cosas aquí en la tierra —y en particular el corazón de los creyentes— con vista a la gloria de Dios. El mar, inmensa tina de cerca de cinco metros de diámetro, debía servir a los sacerdotes para lavarse en ella, mientras que las diez fuentes que descansaban sobre diez basas de bronce se empleaban para lavar las ofrendas (2 Crónicas 4:6).

A partir del versículo 48, encontramos la enumeración de los objetos de oro confeccionados por Salomón. Éste, trayendo las cosas santas de David su padre (v. 51), nos hace pensar en Jesús, el Hijo, de Dios, disponiendo de lo que pertenece a su Padre. “El Padre ama al Hijo, y todas las cosas ha entregado en su mano” (Juan 3:35 y 17:10). Notemos al mismo tiempo que, contrariamente a lo que pasó con el tabernáculo (Éxodo 35:21-29), aquí no se trata de lo que dio el pueblo. Y comprendemos la razón: nada de lo que proviene del hombre puede entrar en el cielo. Allí todo es divino, todo es exclusiva y perfecta obra del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Las tres personas juntas participaron en la primera creación; también se ocupan de la gloria venidera y de la nueva creación.

1 Reyes 8:1-11

Al estar su casa lista, Dios morará en ella. Salomón reúne a los principales del pueblo y los sacerdotes introducen el arca en el “oráculo”.

¡Preciosa arca! Figura de Cristo, conoció los cansancios del pueblo y sostuvo sus combates. Por él penetró en el río de muerte. Ahora entra en su reposo. Pero algo recordará siempre el camino del desierto: las varas visibles. Aunque en adelante no serían empleadas, no debían retirarse de sus anillos.

En medio de los esplendores del cielo, contemplaremos a Jesús en su hermosura. Sin embargo, en su Persona veremos algo que tocará profundamente nuestros corazones: las imborrables marcas de su padecimiento en la cruz. Como las varas del arca, estas señales permanecerán en la gloria celestial como eterno testimonio de su divino amor. ¡Cuán hermosos son los pies del Salvador!; se cansaron en los caminos de este mundo para buscarnos (Isaías 52:7), antes de ser horadados en la cruz, cuando se dejó clavar en ella para salvarnos. Sobre esos santos pies fue derramado el homenaje de María en la bienaventurada casa de Betania, que entonces se llenó del olor del perfume. Es un gusto anticipado de la Casa del Padre, que la gloria llenará para siempre.

1 Reyes 8:12-30

El rey Salomón toma la palabra. Ocupando el lugar del descendiente de Aarón, aquí cumple él mismo el oficio de sacerdote, porque es una figura de Cristo, rey y sacerdote. Recuerda el pasado: Egipto, la gracia para con David, el pacto y las promesas.

Cuatrocientos ochenta años antes, en la orilla del mar Rojo, los israelitas habían cantado el cántico de la liberación: “Este es mi Dios, y lo alabaré… Condujiste en tu misericordia a este pueblo que redimiste; lo llevaste con tu poder a tu santa morada… Tú los introducirás y los plantarás en el monte de tu heredad, en el lugar de tu morada, que tú has preparado, oh Jehová, en el santuario que tus manos, oh Jehová, han afirmado” (Éxodo 15:2, 13 y 17). Cerca de cinco siglos fueron necesarios para que estas palabras se realizaran. El tiempo transcurrido no quita la veracidad de las promesas de Dios (comp. 2 Pedro 3:4). Salomón se complace en repetir: “Lo que con su mano ha cumplido” (v. 15); “Jehová ha cumplido su palabra que había dicho” (v. 20).

“Mi nombre estará allí” (v. 29). Recordemos una vez más esta promesa del Señor Jesús: “Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mateo 18:20).

1 Reyes 8:31-40

Al principio de su oración, Salomón exaltó la fidelidad, la misericordia (v. 23) y la grandeza de Jehová (v. 27). Luego reconoce de qué cosas es capaz el pueblo y cuáles pueden ser las consecuencias de sus faltas. Estos pensamientos sobre Salomón nos trasladan hacia Cristo, gran sumo sacerdote. Jesús conoce bien la debilidad del corazón de los suyos y, antes que Satanás los zarandee, se dirige a Dios rogando que su fe no falte. Hizo esto por Pedro antes que le negara (Lucas 22:32). Y cuántas veces lo hace también por cada uno de nosotros, sin que lo sepamos, en la hora de tentación. En verdad, Dios conoce el corazón del hombre (v. 39; véase Jeremías 17:9-10). Este corazón engañoso y perverso “más que todas las cosas”, ¿dónde dio su plena medida? ¿En qué circunstancias demostró su extrema maldad? ¿No fue en la cruz, donde la enemistad del hombre se expresó plenamente contra el Señor? (Salmo 22:16). Pero este crimen, el más grande de todos los pecados de Israel, también será perdonado cuando el pueblo arrepentido se vuelva con “espíritu de gracia y de oración”, ya no hacia “esta casa”, sino hacia “quien traspasaron” (Zacarías 12:10).

1 Reyes 8:41-53

Para interceder no basta conocer la debilidad del corazón humano (v. 46). También es necesario tener confianza en la compasión del corazón de Dios. Si Jesús, nuestro sumo sacerdote y nuestro Abogado, conoce por demás el corazón del hombre, también conoce el de su Padre. Pero su deseo es que acudamos a él para experimentarlo personalmente (comp. Juan 10:17 y 16:27).

¡“Escucha y perdona”! (v. 49-50). Este capítulo nos enseña que en verdad se puede acudir a Dios en toda ocasión. Había un lugar a los pies del Señor para los más grandes pecadores (Lucas 7:37). Aún hoy, fiel a su promesa, Cristo no echa fuera al que viene a él (Juan 6:37).

El pecado es la cadena por medio de la cual hasta un creyente puede ser cautivo en “tierra enemiga” (v. 46). Dios está dispuesto a liberarle; pero el camino del perdón pasa necesariamente por la confesión. “Mi pecado te declaré… y tú perdonaste la iniquidad de mi pecado” (Salmo 32:5).

Dios escucha, él perdona; sí, puede perdonarlo todo, porque Jesús expió todo. “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9).

1 Reyes 8:54-66

Pese a la riqueza, a lo grande de la casa y a la inmensa multitud congregada, el corazón de Salomón no está lleno de un sentimiento de poder; se pone de rodillas y toma para con Dios una actitud de dependencia. Esperamos que ésta también les sea una actitud familiar a nuestros lectores. Hablemos cada día libremente a nuestro Dios, en voz alta, cuando sea posible, para evitar la distracción. Y aunque, más tarde, olvidemos lo que pedimos, nuestras palabras permanecerán “cerca de… nuestro Dios de día y de noche” (v. 59). Finalmente, Salomón afirma que Dios proteje la causa de los suyos, “cada cosa en su tiempo”. Hoy podemos contar con la respuesta de hoy, pero no con la de mañana. Porque Dios conoce nuestra tendencia a descansar más en lo que él nos da que en él mismo. Por eso resuelve el asunto de día en día; Jesús también lo enseña: “Basta a cada día su propio mal” (Mateo 6:34).

La ceremonia de la dedicación (o de la inauguración) del templo tiene lugar en el momento de la gran fiesta anual de los tabernáculos, en el mes séptimo. Termina con los sacrificios y dejando alegría conforme a Deuteronomio 16:15.

1 Reyes 9:1-9

La obra emprendida por Salomón está acabada. Él quiso hacerla; así lo subraya el versículo 1. ¿No nos da esto una lección? Hagamos con gusto todo lo que el Señor nos pide, ¡porque es él quien nos lo pide! Entonces, ahora Jehová va responder a la oración del rey. Esta casa en la cual su gloria habita va a ser el gran motivo para bendecir a Israel, para escuchar y perdonar. En el período cristiano, Dios vincula su propia gloria al nombre de Jesús, y a través de él responde a las oraciones que le son dirigidas (Juan 14:13-14). Porque en Cristo —ya no en el templo— Dios vino a habitar en medio de nosotros (Juan 1:14; Colosenses 1:19 y 2:9; 1 Timoteo 3:16). Por eso los ojos y el corazón del Padre siempre están puestos sobre ese Hombre perfecto (comp. v. 3). En todo momento podemos dirigirnos a Dios en el nombre de Jesús para ser escuchados. “Mira, oh Dios… y pon los ojos en el rostro de tu ungido” (Salmo 84:9).

Luego Jehová coloca a Salomón y al pueblo ante su responsabilidad. La presencia de Dios en medio de ellos exige una estricta separación del mal, de no ser así, este privilegio le será quitado e Israel como nación será eliminada.

1 Reyes 9:10-28

Dar al rey de Tiro ciudades que formaban parte del país de Israel fue una falta grave de parte de Salomón. Asimismo nosotros los cristianos podemos abandonar, en provecho del mundo, una porción de nuestra herencia. Por ejemplo, veamos la manera en que empleamos el día domingo. Quizás uno se prive de asistir a una reunión para agradar a un amigo o a un pariente. Estemos seguros de que tales concesiones son una pérdida tanto para el uno como para el otro. ¿Cómo podríamos llevar a alguien a buscar las verdades divinas y los privilegios cristianos, si nosotros mismos mostramos que hacemos poco caso de ellos? ¡Veamos el caso de Hiram! Ni siquiera aprecia el gesto de Salomón.

El final del capítulo nos muestra al rey como sabio administrador, fortaleciendo y organizando su reino. Por un lado, está en relación con Jehová (v. 25) y por otro, con los diferentes pueblos que lo rodean. Por primera vez, desde los tiempos de Josué, todos los cananeos son sometidos. Acordémonos de que son una figura de los enemigos de nuestras almas. Los enemigos de mi alma ¿están en libertad o hallé en Cristo la fuerza que puede sojuzgarlos?

1 Reyes 10:1-13

El Señor recordará esta escena a los fariseos para subrayar su incredulidad: “La reina del Sur… vino de los fines de la tierra para oír la sabiduría de Salomón, y he aquí más que Salomón en este lugar” (Mateo 12:42). Aquí, ante nuestros ojos, tenemos en figura al Hijo de Dios, el Rey de gloria. Nos enseña cómo recibe a aquellos que acuden a él. No es la gloria ni las riquezas del gran rey lo que atrae a la noble visitante. Oyó hablar de la sabiduría de Salomón en relación con el nombre de Jehová y, queriendo comprobarlo por sí misma, fue a formularle todas las preguntas “que en su corazón tenía”. No nos baste con haber oído hablar del Señor Jesús. ¡Vayamos a él! Está dispuesto a darnos lo que deseamos y todo lo que pidamos (v. 13; Juan 15:7).

Lo que impresiona a la reina en la corte de Salomón (v. 4-5) nos hace pensar en el testimonio dado al Señor por la Iglesia (su casa), en la enseñanza de la Palabra (la comida de su mesa), en el comportamiento de los suyos (el estado y los vestidos de los que le servían). Deberíamos mostrar en todos los detalles, a todas las personas con las cuales entramos en contacto, que él es el gran Rey, a quien tenemos el honor de pertenecer.

1 Reyes 10:14-29

Debía ser un grandioso espectáculo contemplar al gran rey Salomón, cubierto con preciosas y magníficas vestiduras, sentado en su trono de marfil y oro. Y, sin embargo, el Señor Jesús, invitándonos a considerar los lirios del campo, afirma que “ni aun Salomón con toda su gloria se vistió así como uno de ellos” (Mateo 6:29). Estemos convencidos de que la obra más hermosa del hombre nunca alcanzará la más modesta del Creador.

El Salmo 72, compuesto “para Salomón”, describe ese reinado de justicia (v. 1-4), de paz (v. 7), de poder (v. 8-11), de gracia (v. 12-14), de prosperidad (v. 16) y de bendición (v. 17). “Los reyes de Sabá y de Seba ofrecerán dones… y se le dará del oro de Sabá (v. 10 y 15). Y en nuestro capítulo 10, muchos detalles ilustran la riqueza, la sabiduría y el poder de este hijo de David, reinando con justicia en Jerusalén. Comprendemos que aquí, en figura, también hay “más que Salomón”. Centro de gloria y fuente de bendición para todos los pueblos, este brillante reinado sólo es una débil imagen del próximo dominio universal de nuestro Señor Jesucristo. Pero los suyos no esperan a que llegue ese glorioso porvenir para reconocer los derechos que él adquirió sobre sus corazones.

1 Reyes 11:1-13

Hasta aquí apenas hemos visto una sombra del esplendor de ese excepcional reinado. El capítulo 11, sin embargo, comienza con un pero que de repente revela un estado moral desolador, bajo la brillante apariencia descrita anteriormente. En doble desobediencia a la ley, el rey tomó “muchas mujeres” y mujeres extranjeras (Deuteronomio 17:17 y 7:3), las que en su vejez desviaron su corazón. ¿No había él pedido y obtenido un corazón sabio, un corazón que escucha? Había sentido sin duda la necesidad de ello para conducir a los demás, pero no para conducirse a sí mismo. Ese corazón ancho “como la arena”, que Jehová dio al rey para que amara a su gran pueblo, Salomón no lo guardó ni veló por lo que penetraba en él. Miles de mujeres extranjeras, junto con sus ídolos, habían hallado lugar en su corazón. Salomón es condenado por sus propias palabras: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida” (Proverbios 4:23). Esto enseñó a los demás… pero descuidó hacerlo para sí mismo (véase Romanos 2:21 y 1 Corintios 9:27). Tampoco tuvo en cuenta la prevención de su padre (1 Reyes 2:3), ni la doble advertencia de Jehová (cap. 11:9-10).

1 Reyes 11:14-25

Cuando se trata del hombre y su responsabilidad, siempre comprobamos la total bancarrota. Tal vez la historia de Salomón lo demuestre mejor que cualquier otra. Él fue el más sabio, el más rico y el más poderoso de los que vivieron bajo el sol. Construyó para Dios un grandioso templo, obra sin igual. Pero, cuanto más alto esté colocado alguien, tanto más clamorosa es su caída. Y si un hombre piadoso se permite dar un traspié, su falta se torna muy grave para los que lo rodean. ¡Qué triste ejemplo dio este claudicante rey a Israel! Cuando nuestro andar no es conforme a nuestra posición, somos tropiezo para los demás (léase Mateo 18:6-9).

Dios suscita adversarios a Salomón en su vejez. Primero, fuera del reino: Hadad y Rezón. Después, dentro del mismo: Jeroboam. Pero no vemos al rey volver en sí, ni convertirse a Dios de todo su corazón, según sus propias palabras en el capítulo 8:47-48. No se vuelve hacia Jehová para decirle: “Escucha y perdona”. Y, sin embargo, ¿no era éste el camino que, en su oración, él había trazado a los que tendrían que vérselas con los enemigos a causa de sus pecados?

1 Reyes 11:26-43

Como Dios había prepado a David mientras Saúl vivía, también suscita a Jeroboam en vida de Salomón. Y como Saúl en otros tiempos, Salomón procura hacer morir a aquel que Jehová designó para sucederle (v. 40). Pero, ¡qué contraste entre Jeroboam que alza su mano contra el rey (v. 26) y David que rehusó hacerlo! Jeroboam huye a Egipto y conoce la idolatría, en cambio David se escondió en el desierto.

David empezó bien su vida, la continuó mal, pero la concluyó bien. Salomón comenzó bien, continuó bien, pero terminó mal su carrera. Citemos también un ejemplo inverso: el de Jacob, cuyos días fueron “pocos y malos” (Génesis 47:9); no obstante, tuvo un fin muy hermoso (Hebreos 11:21).

¡La tentativa de homicidio de Salomón es el último acto de su vida que se nos relata! Después, duerme con sus padres. Había tenido “un tiempo de vivir”. Según su propia declaración, ahora le ha llegado el “tiempo de morir” (Eclesiastés 3:2). Querido lector, usted no sabe cuándo puede llegarle ese tiempo. Pero lo que debe saber es que el tiempo de vivir también es el de creer y el de vivir para Cristo.

1 Reyes 12:1-15

Roboam sucede a su padre. Otrora Salomón se había formulado la pregunta: El hombre que vendrá después de mí ¿será sabio o necio? (Eclesiastés 2:18-19). Tres días le bastan al pobre Roboam para dar la respuesta. El hijo del hombre más sabio está desprovisto de inteligencia. No lo vemos, como a su padre, pedir un corazón sabio a Jehová. En su juventud, edad en la que normalmente se debe aprender, no supo aprovechar las enseñanzas de la sabiduría contenidas en el libro de los Proverbios, cuyo autor es Salomón. Sin embargo, este libro comienza así: “Oye, hijo mío, la instrucción de tu padre” (Proverbios 1:8; léase también 19:13 y 20). De modo que a la edad de cuarenta años, en el momento de las responsabilidades, la experiencia, el buen sentido y, sobre todo la humildad, le faltan por completo. Menosprecia el consejo de los ancianos, prefiriendo seguir el imprudente consejo de los jóvenes. Muchos jóvenes escuchan más gustosos a los de su misma edad que a sus padres o a personas mayores. ¡Es una peligrosa tendencia! Aquí vemos sus resultados. Pero Dios se vale de la falta de sabiduría de Roboam, como asimismo de las faltas del pueblo, para cumplir lo que había decidido contra la casa de David.

1 Reyes 12:16-33

Como resultado de la intransigencia de Roboam, diez tribus se separan y van con Jeroboam. En cuanto a la descendencia de Salomón, sólo conservará la tribu de Judá y Benjamín. A partir de aquí, seguiremos paralelamente la historia de estos dos reinos. Hasta el fin del segundo libro de los Reyes se habla más bien de la del reino de Israel (las diez tribus), mientras que en el segundo libro de Crónicas se retoma el relato respecto del reino de Judá.

Con una corta frase Dios detiene la guerra civil que se prepara: “Esto lo he hecho yo” (v. 24). ¡Cuán importante es esta pequeña frase también para nosotros! Nuestros proyectos ¿son contrariados por una dificultad o un impedimento? ¡Prestemos oído! Sin duda, oímos la misma voz que nos dice: “Esto lo he hecho yo”.

Después se relatan los primeros hechos de Jeroboam. Hace dos becerros de oro (comp. sus palabras en el v. 28 con las de Aarón en Éxodo 32:4). Son los elementos característicos de un culto enteramente inventado por el hombre, experto en utilizar la religión para fines personales (léase Oseas 8:4-5). De un reino a otro oiremos hablar de este pecado de Jeroboam.

1 Reyes 13:1-19

En el día que ha “ideado de su propio corazón” (V.M.), Jeroboam celebra una fiesta en Bet-el para honrar a su becerro de oro. Pero alguien viene a turbar la ceremonia. Un profeta llega de Judá con las más severas palabras. El altar se rompe; el rey rebelde es herido y luego sanado por el poder de Dios. En la curación de ese hombre tan impío brilla la gracia. Dios nos bendice conforme a lo que él es y nunca según lo que somos. Esta gracia debería haber hablado al rey. El profeta había recibido la orden de volver tan pronto como fuera cumplida su misión. Descansar, comer y beber en el territorio de esas desobedientes tribus habría contradicho las palabras de juicio que había pronunciado. Tampoco podemos dar muestras de comunión con organizaciones religiosas no sumisas a la Escritura. El viejo profeta, cuyos hijos parecen haber asistido a la fiesta del becerro de oro, no estaba en su debido puesto en Bet-el. Por ese motivo, aunque vivía en la misma ciudad en la que debía cumplirse un servicio, no fue encargado por Jehová para realizarlo. Pero al atraer a su casa al varón de Dios de Judá, el anciano intentaba justificar su falsa posición y afirmar su reputación como profeta. Por su lado, si el profeta de Judá se hubiera dado más prisa para abandonar aquel lugar, ¡no habría sido alcanzado! (v. 14).

1 Reyes 13:20-34

Ahora el varón de Dios de Judá tiene que oír una palabra de juicio. Le faltó fuerza de carácter y las consecuencias son trágicas.

Dejarse arrastrar es un peligro especialmente propio de la juventud, que por naturaleza es influenciable. ¡Y notemos que para hacer salir a un creyente del camino de la obediencia, el diablo no emplea solamente seducciones groseras! Para convencerle, sabrá valerse de medios que parecen ser respetables. Todas las apariencias estaban a favor del viejo profeta, quien pretendía haber recibido la palabra de Jehová por medio de un ángel. Pero, ¿podía Dios contradecirse? En lo que nos concierne, fiémonos sencillamente de lo que nos dice la Biblia, y no erraremos el camino (véase Gálatas 1:8-9).

Para ese varón de Dios la consecuencia de su falta es la muerte. Su cadáver no es devorado por el león, prueba evidente de que es Dios quien lo hiere. Y para el viejo profeta, ¡qué castigo! Fue un tropiezo para el que llama su hermano (v. 30), pero para con el cual no obró como un hermano. Impeler a otras personas a desobedecer es tan grave como desobedecer uno mismo, porque es perjudicar tanto a Dios como a los que uno extravía.

1 Reyes 14:1-20

Pese a la solemne advertencia que Dios le dirigió en Bet-el, Jeroboam perseveró en su camino de iniquidad. Entonces Jehová le habla una segunda vez por medio de la enfermedad de su hijo Abías. Constatamos que el rey no busca socorro junto a su becerro de oro, reconociendo así su total impotencia. Se vuelve hacia Ahías, el profeta que en otros tiempos le había anunciado la realeza (comp. con Ezequiel 14:3). ¿Hizo, pues, un examen de conciencia? ¡Obviamente, no! El fraude que emplea, junto con su mujer, prueba que en su corazón no hay ninguna verdadera humillación. Pero, ¡qué locura pensar que Dios puede ser engañado! Apenas pasó el umbral de la puerta, la reina fue desenmascarada. En lugar de las agradables palabras que otrora Jeroboam había oído de la boca del varón de Dios, la desdichada mujer le trae un espantoso mensaje. En ese mismo momento el joven Abías muere. Quizá digamos: ¿Por qué Jehová no dejó vivir a este niño en quien había hallado algo bueno? Precisamente porque quería retirarlo de tan mal ambiente y tomarlo junto a él. ¡Qué suerte incomparablemente mejor! (Isaías 57:1-2).

1 Reyes 14:21-31; 1 Reyes 15:1-8

Roboam reina, pues, al mismo tiempo que Jeroboam. Aunque su reino es más pequeño, posee la mejor parte. Su capital sigue siendo Jerusalén, donde se halla el templo, santa morada de Jehová y centro de congregación para todo Israel. Roboam mismo es “hijo” de David, su legítimo descendiente. ¡Pero, ¡ay!, a pesar de todos estos privilegios, vemos hasta dónde cae el pueblo pocos años después de los gloriosos días del capítulo 8 (v. 65-66). Así como la mala hierba arruina el más hermoso jardín, la idolatría introducida por Salomón invadió todo el país. ¡Y esto no es todo! Como Roboam no vela, el enemigo aprovecha. Al pobre rey le quitan, a la vez, todos sus tesoros y todo lo que le protegía (los escudos). Es una seria advertencia para cada uno de nosotros. Si no velamos sobre nuestro corazón, pronto el Enemigo sembrará en él la semilla de diversos ídolos. Y, cuando haya brotado, sin dificultad arrebatará nuestros más preciados tesoros, depósito que nuestros padres o abuelos, quizá, nos trasmitieron: Cristo y su Palabra.

Abiam sucede a Roboam y tres años de reinado bastan para mostrar que él anda en todos los pecados practicados por su padre.

1 Reyes 15:9-24

Después de Abiam, su hijo Asa toma su lugar en el trono de Judá. Tiene un largo reinado que contrasta con los dos precedentes. Asa hace “lo recto ante los ojos de Jehová” (v. 11). Y hacer lo recto consiste en quitar, hacer desaparecer, derribar y quemar. Es una actitud tanto más valiente y difícil que le obliga a obrar contra su propia abuela, Maaca, una idólatra. Conocemos las palabras del Señor: “El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí” (Mateo 10:37). Desde Asa, ¡son numerosos los jóvenes convertidos que debieron y aún deben tomar una posición en contra de su propia familia! En cambio, ¡cuántos son los privilegiados que tienen padres que los alientan y les sirven de modelo! Pensemos en ese joven rey a quien su padre, su abuelo y su abuela sólo habían dado un mal ejemplo. Triste constatación, el fin del reinado de Asa no está al nivel de su buen comienzo. En lugar de buscar socorro junto a Jehová en contra de Baasa, se apoya en Ben-adad. El segundo libro de Crónicas (cap. 16) nos permitirá volver a hablar de ese reinado más detalladamente, y veremos las lecciones que implica para nosotros.

1 Reyes 15:25-34; 1 Reyes 16:1-7

Nuestra lectura nos lleva cuarenta años atrás para considerar el reino de Israel mientras Asa domina sobre Judá. En contraste con este último rey, Nadab, hijo de Jeroboam, durante su corto reinado, anda “en el camino de su padre, y en los pecados con que hizo pecar a Israel” (v. 26). Estos pecados son la falsa religión instituida por Jeroboam para apartar al pueblo del lugar escogido por Jehová (Deuteronomio 12:5-6). En la cristiandad, como antaño en Israel, existe una multitud de personas que, sin dejar de formar parte del pueblo de Dios, fueron apartadas del único centro: Jesús. Se les han enseñado formas religiosas que no son según la Palabra.

Nadab, con toda la familia de Jeroboam, padece la terrible suerte anunciada por Ahías. Pero Baasa, quien ejecuta ese juicio, al suceder a Nadab también sigue el camino del pecado. ¡El mismo camino terminará de la misma manera! Jehová lo anuncia a Baasa por medio del profeta Jehú, quien con valentía se presenta ante el malvado rey con unas solemnes palabras. Nosotros, ¿no fuimos también levantados del polvo para hacernos sentar con príncipes? (cap. 16:2; 1 Samuel 2:8). Por eso, examinemos bien en qué camino andamos y cuál es su fin (Proverbios 16:25).

1 Reyes 16:8-28

Ela, hijo de Baasa, reina dos años sobre Israel. El único hecho que se relata respecto de él es que estaba “en Tirsa, bebiendo y embriagado” (v. 9). Este rey es dominado por una pasión, pobre esclavo del alcohol, como todavía hoy lo son millones de desdichados. El hombre cree poder gobernar a sus semejantes, mientras que él mismo no es capaz de dominar las pasiones de su propio corazón. El libro de los Proverbios contiene las palabras de un joven rey, llamado Lemuel. Éste recuerda lo que le enseñó su madre: “No es de los reyes, oh Lemuel, no es de los reyes beber vino” (Proverbios 31:4; véase también Proverbios 23:31-32 y Efesios 5:18). En un instante Ela, sin despertarse, pasa de la embriaguez a la muerte. Los hombres de este mundo se sumergen en los placeres del pecado; después, sin haberse preparado para ello, de repente se ven precipitados en una eternidad de desdicha.

Siete días le bastan a Zimri, homicida de Ela, para probar que él también anda en el camino de Jeroboam. Su fin no es menos terrible: ¡se suicida! Luego Omri toma el poder, edifica Samaria, y obra peor que sus predecesores. ¡Cuán espesas son las tinieblas sobre ese reino de Israel! (Miqueas 6:16).

1 Reyes 16:29-34; 1 Reyes 17:1-6

Acab, hijo de Omri, cuyo reinado va a ocuparnos hasta el fin del primer libro de los Reyes, comete más pecados que sus antecesores. Porque el culto a Baal es introducido oficialmente en Israel por medio de su mujer, la abominable Jezabel. En ese tiempo también se vuelve a construir Jericó. ¡Qué gran provocación a Jehová! Entonces recibe el castigo anunciado por Josué (Josué 6:26). Para hablar a la conciencia del rey y del pueblo, Dios suscita un profeta: ¡Elías! Éste siente que primero es necesaria una prueba para poner a Israel en condiciones de recibir la palabra divina, de modo que ora “fervientemente” para que no llueva (Santiago 5:17). Después, seguro de la respuesta de Jehová, se presenta con autoridad ante Acab para anunciárselo. Cuando pedimos con fe algo a Dios según su voluntad, debemos obrar con la plena seguridad de que nos lo va a otorgar. Notemos la expresión: “Jehová… en cuya presencia estoy” (cap. 17:1). Ser reverente en la presencia de Dios, en su luz, estar siempre dispuesto a recibir sus instrucciones, tal es la actitud del siervo. Así lo hizo el Señor Jesús, según lo vemos en el Salmo 16:8. Luego, Dios esconde a Elías y cuida de él de manera maravillosa en el arroyo de Querit.

1 Reyes 17:7-24

Elías no dependía del arroyo ni de los cuervos, sino de la palabra de Aquel que había dicho: “Yo he mandado a los cuervos que te den allí de comer” (v. 4). Por eso, cuando el arroyo se seca, recibe un nuevo mensaje: “Yo he dado orden allí a una mujer viuda que te sustente” (v. 9; Salmo 33:18-19). Esta viuda se ve reducida a la más extrema pobreza, pero eso no importa, ya que Jehová dijo: ¡allí! Y esa mujer de fe, a la que el Señor Jesús citará a los habitantes de Nazaret para avergonzarlos (Lucas 4:25-26), vive una extraordinaria experiencia. Cuando Dios nos pide que hagamos cualquier cosa (aquí, la de alimentar a su profeta), al mismo tiempo nos da todo lo necesario para cumplirla. Pero se debe estar dispuesto a hacer primeramente y sin discutir lo que Dios pide. Es lo que nos enseña esa pequeña torta, prueba de la fe de esa mujer y «primicias» de una divina abundancia para su casa.

Después la viuda experimenta algo todavía más extraordinario: la muerte y la resurrección de su hijo. Nuestros pensamientos se elevan nuevamente del profeta al Señor Jesús, resucitando a los muertos. ¿No devolvió la vida al hijo único de una viuda? (Lucas 7:11-15).

1 Reyes 18:1-16

Jehová, quien hacía tres años había dicho a Elías: “Escóndete” (cap. 17:3), ahora le ordena: “Vé, muéstrate a Acab”. Y el profeta está tan dispuesto a obedecer en este caso como en el otro. Es un ejemplo para nosotros, que quizá tenemos la tendencia, según nuestro carácter, a mostrarnos o, en cambio, a ocultarnos cuando Dios nos pide justamente lo contrario.

¿A qué se dedica Acab durante la terrible sequía? Le vemos preocuparse por sus caballos y sus mulas antes que por la miseria de su pueblo. Abdías, su mayordomo, sin dejar de temer a Jehová, no tuvo la valentía de dejar a su impío amo. Hubiera tenido que renunciar a sus ventajas terrenales, quizás arriesgar su vida. Al igual que Abdías, muchos cristianos no están dispuestos a separarse del mundo para agradar al Señor, porque ¡esa elección les costaría demasiado!

Abdías teme anunciar a Acab su encuentro con Elías. Fácilmente se vanagloría de lo que hizo por los cien profetas; pero cuando se trata de cumplir con lo que Elías le pide, al pobre Abdías le falta lo que brillaba en la humilde viuda de Sarepta: la sencilla confianza en la palabra de Jehová.

1 Reyes 18:17-29

Mientras la sequía y el hambre causaban estragos, Acab había hecho lo imposible para encontrar al profeta, a quien acusa por la desdicha de Israel. “¿Eres tú —le dice— el que turbas a Israel?” (v. 17). ¡Qué inconsciencia! «Eres tú —contesta Elías—, junto con tu familia, quien atrajo este castigo por tus pecados».

Así razonan los hombres de este mundo… y, a veces, ¡quizá nosotros también! Cuando Dios nos envía una prueba, antes de examinarnos personalmente, nos apresuramos a acusar a otros y a hacerlos responsables de lo que nos ocurre.

En respuesta al pedido de Elías, el rey junta a todo Israel con los falsos profetas en el monte Carmelo. Ha llegado el momento de hablar firmemente al pueblo y colocarlo ante la elección. “¿Hasta cuándo claudicaréis vosotros entre dos pensamientos?” (v. 21). Más tarde, en otra montaña, Jesús hablará de la misma manera a las multitudes de Israel: “Ninguno puede servir a dos señores” (Mateo 6:24).

Lector que todavía no haya escogido, permítanos repetir para usted la pregunta de Elías: «¿Hasta cuándo claudicará usted entre dos pensamientos… entre dos señores?»

1 Reyes 18:30-46

Al ser desafiados, los profetas de Baal multiplican en vano sus encantamientos y sus frenéticas danzas. Su dios sigue sordo. ¡Y con razón! (Salmo 115:4-7). Entonces Elías inicia sus preparativos con una calma y una autoridad que contrastan con la excitación precedente. Edifica un altar con doce piedras, “conforme al número de las tribus”, afirmando así la unidad del pueblo. Pese a la triste división en dos reinos, a los ojos de Dios Israel siempre será un solo pueblo. Hoy en día acontece lo mismo con la Iglesia del Señor. Por más que esté dividida en múltiples denominaciones, Dios reconoce sólo una Iglesia, compuesta por todos los creyentes. Así es como debemos verla nosotros también.

Cuando todo está dispuesto para el holocausto, Elías se dirige a Dios: “Respóndeme, Jehová, respóndeme, para que conozca este pueblo que tú, oh Jehová, eres el Dios, y que tú vuelves a ti el corazón de ellos” (v. 37). Dios contesta a su siervo, no sólo enviando el fuego, sino volviendo el corazón del pueblo hacia Él.

Acab asiste a esta escena, seguida por la muerte de sus profetas, y no parece interesarse sino en comer y beber, mientras que, por su lado, el varón de Dios ora de nuevo… “y el cielo dio lluvia” (Santiago 5:18).

1 Reyes 19:1-10

¿Quién podría reconocer al brillante testigo del capítulo anterior en ese hombre desalentado que huye ante las amenazas de una mujer? Dios no nos da este relato para que juzguemos a su querido siervo, sino para nuestra instrucción: aun el hombre más notable falla totalmente cuando se confía en sus propios recursos (léase Proverbios 29:25). A Elías sólo le queda la desesperanza. No obstante, veamos cómo Dios cuida de él. Es un precioso pensamiento saber que aun cuando se nos ocurre estar abatidos o irritados, su bondad no deja de ejercitarse para con nosotros.

El espíritu legalista de Elías lo lleva a Horeb (parte del macizo de Sinaí), lugar en que la ley había sido dada. “¿Qué haces aquí, Elías?”, le pregunta Jehová. Seria pregunta para aquel que había abandonado al pueblo. Pero la respuesta del profeta no hace más que revelar su falsa posición. ¡Él está allí para acusar! En cambio Moisés, en ese mismo lugar, había intercedido por el pueblo (Éxodo 32:11). Elías “invoca a Dios contra Israel”, como Romanos 11:2 lo recuerda tristemente.

Acordémonos bien de esto: acusar es hacer la obra de Satanás (Apocalipsis 12:10). Interceder, al contrario, es obrar como el Señor Jesús (Romanos 8:34).

1 Reyes 19:11-21

A la inversa de lo que pensaba Elías, el lenguaje que Dios quería hacer oír a Israel en ese momento no era el del juicio.

Jehová no estaba en el viento, ni en el terremoto, ni en el fuego. La voz “con potencia”, “con gloria” y temible del Salmo 29:3-9 calla para dar lugar a la dulce y sutil voz de la gracia. Aún hoy, para el mundo, no es tiempo de juicio, sino de la gracia que perdona al pecador. Dios puede despertar a los hombres mediante pruebas de su poder, pero sólo la tierna voz de la gracia es capaz de tocar los corazones. Mas, para recibirla, es necesario sentir su propia indignidad.

Porque no supo comprender este lenguaje, Elías debe ser puesto a un lado para dar lugar a Eliseo. De parte de Jehová, él sabrá hacer escuchar al pueblo Su voz de amor.

Finalmente, Dios enseña a Elías otra lección. Había subido a la montaña pensando que él era el único fiel. Pero desciende de ella enterado de que él es solamente uno de los siete mil hombres que Dios se ha reservado en Israel. Aunque él mismo no supo descubrirlos, Dios, en cambio, conoce a cada uno de ellos (véase 2 Timoteo 2:19).

1 Reyes 20:1-12

Jehová había señalado a Elías quién sería el sucesor de Ben-adad, rey de Siria, y el de Acab, rey de Israel (cap. 19:15-16). Pero estos dos personajes aún están en el poder y el capítulo 20 nos relata el conflicto que los opone. Así ocurre con el mundo actual: se le otorga una sencilla prórroga, pero esto no impide que los hombres en su ceguera obren como si el porvenir les perteneciera. Olvidan que Dios tiene sus propios pensamientos respecto del mundo y que dirige el curso de la Historia. Y mientras se disputan la supremacía, en los consejos de Dios ya son reemplazados por el rey que Él ha designado: Jesucristo. Como Elías, mediante la Palabra los creyentes conocen los pensamientos de Dios respecto al mundo y no se dejan impresionar por los acontecimientos que agitan e inquietan a la humanidad (Isaías 8:12).

Frente a las provocaciones de Ben-adad, Acab se siente impotente. Nos hace pensar en el hombre en su estado de pecado y a merced de su poderoso enemigo, el diablo. ¿No despojó éste a Adán, en un momento, de todo lo que poseía? Pero por la gracia de Dios, Satanás, el hombre fuerte, halló en Cristo a alguien más fuerte que él, quien lo venció y repartió “el botín” (Lucas 11:22).

1 Reyes 20:13-30

Ben-adad no tiene en cuenta a Jehová. Mientras se embriaga con los treinta y dos reyes que le ayudan, se ejecuta el plan divino.

Uno puede preguntarse por qué Jehová socorre al malvado Acab, sin que éste siquiera se haya dirigido a Él. Pero, ¿no es precisamente la dulce y sutil voz de la gracia, cuyas virtudes Dios aún quiere probar? Al liberar a Acab y a su pueblo, se propone mostrarles que él sigue siendo el Dios de Israel, aunque ellos no le busquen. Quiere demostrar a los sirios que él no es un dios de los montes, ni un dios de la llanura, sino el “Señor del cielo y de la tierra” (Hechos 17:24). Notemos, además, dos detalles importantes en el versículo 27: antes de ir al combate, los hijos de Israel se abastecen. No podemos afrontar a nuestros adversarios sin hacer primero nuestras diarias provisiones en las páginas de la Palabra. Además, el pequeño ejército de Israel debe reconocer que no tiene fuerza, que es menospreciable a los ojos de sus enemigos, “como dos rebañuelos de cabras”, frente a la multitud que llena el país. Dios siempre obrará de tal manera que sus liberaciones le sean atribuidas y le glorifiquen. Su poder se perfecciona en nuestra “debilidad” (2 Corintios 12:9).

1 Reyes 20:30-43

Es triste no encontrar en Acab algún sentimiento de gratitud por la doble victoria que Jehová le otorgó. ¡Por desgracia, la mayoría de los hombres son así! La gracia de Dios los deja insensibles. Al menospreciarla, ultrajan a Dios y causan su propia desdicha. Por nosotros, Cristo venció a un enemigo infinitamente más poderoso y cruel que Ben-adad y sus ejércitos. ¿Le agradecemos por esta gloriosa liberación?

No sólo vemos que Acab no se vuelve a Jehová, sino también que da prueba de una culpable indulgencia al perdonar la vida al enemigo de Dios y de su pueblo. ¡Peor aún, lo llama su hermano! Dios interviene y le envía otro profeta, pero esta vez la voz de la gracia da lugar a la del juicio.

Como Acab, solemos olvidar que el mundo es enemigo de Dios y de su pueblo. Ahora bien, la humanidad se divide en dos familias: la de Dios y la del diablo (Juan 8:41-44). No se las puede confundir. Si tenemos la dicha de formar parte de la gran familia de Dios, nuestros hermanos son todos los hijos de Dios, sólo ellos, y no los del mundo.

1 Reyes 21:1-14

Poco faltó para que Acab fuera totalmente despojado por el rey de Siria. Ingrato para con Jehová, quien le había conservado todo, Acab a su vez, por codicia, procura despojar a su prójimo. Nabot, como fiel Israelita, no podía ceder su herencia, conforme a Levítico 25:23. ¿Mostramos la misma fidelidad y firmeza cuando se trata de mantener la herencia espiritual que hemos recibido? Guardémonos de tener en poco las incomparables verdades bíblicas cuyo depósito nos es confiado (1 Timoteo 6:20; 2 Timoteo 1:14).

Cobardemente, el miserable rey deja obrar a su mujer y, entonces, bajo el manto de la autoridad real, se comete una abominable injusticia.

Pero Nabot tiene el privilegio de representar a uno más grande que él. En la parábola en que el Señor Jesús se presenta a sí mismo como el heredero de la viña, oímos las terribles palabras: “Venid, matémosle, y apoderémonos de su heredad” (Mateo 21:38). Y al final del mismo evangelio vemos que también dos testigos falsos comparecieron ante el concilio. Allí, Jesús fue acusado de blasfemia por los jefes del pueblo (Mateo 26:60 y 65-66), antes de sufrir y morir “fuera de la ciudad” (v. 13; Hebreos 13:12).

1 Reyes 21:15-29

Como Acab, que mediante un crimen se apropió de la heredad de Nabot, el hombre, habiéndose deshecho de Cristo, se conduce como si el mundo le perteneciera. De una manera general, Acab ilustra la tendencia a querer siempre lo que no se tiene. Colmado de riquezas, todo lo que le interesaba era la viña de su vecino. El corazón natural se halla perpetuamente insatisfecho.

La mentira y el homicidio han puesto al rey en posesión del objeto de su codicia. Ahora se levanta y desciende, con el corazón alegre, para tomar posesión de su nueva propiedad. ¡Pero toda su alegría se desvanece bruscamente! Alguien bien conocido le espera en la viña de Nabot. ¡Es Elías! Jehová le ha enviado para que anuncie al rey el terrible castigo que le aguarda.

Entonces, por primera vez, aparece en Acab una señal de humillación. Por el ejemplo de sus predecesores sabe que la palabra de Jehová siempre se cumple. ¿Se trata de “arrepentimiento para salvación”? (2 Corintios 7:10) No, como lo mostrará la continuación de su historia. Una verdadera conversión siempre se juzga por los frutos. Empero Dios, atento a toda señal de examen de conciencia, toma en cuenta esa actitud de Acab para aplazar su castigo (Ezequiel 33:11).

1 Reyes 22:1-18

Ben-adad no cumplió su palabra (cap. 20:34). No restituyó Ramot de Galaad. Acab se propone retomarla y hace participar de su proyecto a un ilustre visitante: Josafat, rey de Judá. Pero, ¿qué pensar de esta visita? ¿No puede uno regocijarse al ver que se establece una amistad entre los soberanos de esos dos reinos que han estado tanto tiempo en conflicto? Es un paso hacia la unión, que actualmente está a la orden del día en el mundo cristianizado. En realidad, ante Dios es una infidelidad de parte de Josafat. Era rey en Jerusalén, en donde se encontraba el templo de Jehová. Por el contrario, Acab era un idólatra. “¿Y qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos?” (2 Corintios 6:16). ¿Cómo puede el rey de Judá decir: “Yo soy como tú”? (v. 4).

Vemos el engranaje en que se deja atrapar el pobre Josafat. Sintiéndose incómodo, hace algunas tímidas observaciones a Acab, pero no tiene la energía necesaria para oponerse a su proyecto. Para esto le hacía falta más valentía que para hacer la guerra a los sirios. Y por cierto, cada uno de nosotros lo sabe por experiencia: la acción más difícil, la que exige más valentía, muchas veces será un simple rechazo, el rechazo de asociarse al mal (Salmo 1:1).

1 Reyes 22:19-40

En una sola voz, los cuatrocientos profetas anuncian al rey lo que él desea. ¿Qué riesgo corren? Si Acab gana la guerra, su predicción se cumplirá. Y si no vuelve, no podrá hacerles reproches. Al lado de estos profetas mentirosos, un único profeta de Jehová, el fiel Micaías, da a conocer valientemente la verdad y va a sufrir a causa de ello. Como el capítulo 18, éste nos pone en guardia contra un peligro: el de juzgar si una cosa es buena o mala según el número de personas que la practican. Hoy, como en los días de Acab, los hombres se amontonan “maestros conforme a sus propias concupiscencias” (2 Timoteo 4:3). En particular, no les gusta oír hablar de un juicio eterno, y hallan a predicadores que, para tranquilizarlos, les prometen que al final todo irá bien. Pero, tarde o temprano, Dios confundirá a todos los mentirosos. Su palabra es verdad (Juan 17:17).

La falta de valentía moral por poco le costó la vida a Josafat. Siguió a Acab, temiendo disgustarlo. Y éste, cobardemente, procuró atraer sobre el rey de Judá la atención y los esfuerzos del enemigo. Pero su ardid no podía engañar a Jehová, quien tenía puesta la mirada sobre uno de los reyes para salvarlo, y sobre el otro para cumplir su infalible juicio (véase Salmo 7:12-13).

1 Reyes 22:41-53

El reinado de Josafat está más detallado en el segundo libro de Crónicas. Sin embargo, detengámonos aquí en un hecho muy instructivo. Josafat había armado una flota para buscar oro en Ofir. Pero la mano de Dios lo detiene: sus naves son destruidas. ¿Va a obstinarse? Al contrario: se somete. A pesar de que el rey de Israel le propone socorrerlo con sus marinos, esta vez sabe decir ¡no!

¿No hemos hecho alguna vez hermosos proyectos que han sido aniquilados de golpe por una inesperada circunstancia? Así le sucedió a Job, quien debió exclamar: “Mis propósitos están desbaratados, los tesoros más preciosos de mi corazón” (Job 17:11, V.M.) Para hacer fracasar esos planes, Dios se vale de varios medios: ¡mal tiempo, enfermedad, falta de dinero, fracaso en un examen!… Todo esto siempre es penoso. Pero, en lugar de irritarnos o insistir en hacer, pese a todo, lo que nos habíamos propuesto, preguntémonos si nuestro proyecto tenía la aprobación del Señor. A sus ojos, un espíritu quebrantado tiene más valor que naves poderosas (véase Isaías 57:15; Salmo 51:17).

El último párrafo nos trae de vuelta a la corte de Israel. Allí vemos al nuevo rey, Ocozías, sirviendo a Baal y prosternándose ante él. Tal es la triste nota final del primer libro de los Reyes.

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