1 Corintios

1 Corintios 1:1-16

En Corinto había sido formada una numerosa iglesia por medio del ministerio del apóstol Pablo (véase Hechos 18:10). Este fiel pastor, como celoso evangelista, seguía velando sobre ella con solicitud (2 Corintios 11:28). Desde Éfeso escribió esta primera carta que se dirige también a “todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo” (v. 2). Igualmente fue escrita para usted, querido lector, si forma parte de aquellos “todos”.

Pablo había recibido noticias desagradables de Corinto. Varios desórdenes se habían producido en esta iglesia. Pero, antes de abordar esos penosos temas, recuerda a esos creyentes cuáles son sus riquezas espirituales y las atribuye a la gracia de Dios (v. 4-5). Para medir nuestra responsabilidad y tomar más en serio nuestra vida cristiana, tratemos, de vez en cuando, de hacer la cuenta de nuestros inestimables privilegios y demos gracias al Señor, como el apóstol lo hace aquí.

El primer reproche dirigido a la iglesia de Corinto concierne a sus disensiones. Allí seguían al hombre, a Pablo, a Apolos, a Cefas y a Cristo como a un maestro más excelente que los demás, (Juan 3:2) en vez de estar unidos en la comunión con “Jesucristo nuestro Señor”, el Hijo de Dios (v. 9). ¡Que sea siempre nuestra parte gozar de esta comunión! (1 Juan 1:3).

1 Corintios 1:17-31

Para “los que se salvan”, la palabra de la cruz es poder de Dios. Pero, para los que no tienen la vida divina, no es más que locura. Todo lo que significa la cruz (la muerte de un justo exigida por la justicia de Dios, el perdón gratuito para los pecadores, el hombre natural puesto a un lado) son verdades que se oponen a la razón humana. Pero si, por el contrario, se presentan milagros y obras espectaculares, un noble ideal que requiere esfuerzos… ¡enhorabuena!, ésta es la clase de religión que no choca a nadie. Pues bien, a todos los sabios, escribas, disputadores, en una palabra, a los espíritus fuertes de este siglo (y de todos los siglos) el versículo 18 los coloca bajo una común y espantosa designación: “los que se pierden”.

Es un hecho notorio que entre los redimidos del Señor hay pocos sabios, poderosos o nobles… (v. 26), pues a éstos les es más difícil que a los demás volverse como niños (Mateo 18:3; 11:25). Para glorificarse, Dios escoge lo que es débil, vil y menospreciado, y tales son los creyentes según la opinión del mundo. Pero qué importa su propio valor, ya que están en Cristo y él es, para ellos, poder, sabiduría, justificación, santificación y redención (v. 24 y 30).

1 Corintios 2:1-16

Sabemos que en el mundo un don de orador, un cierto brío y “palabras persuasivas de humana sabiduría” pueden ser suficientes para hacer triunfar cualquier causa. Pero para comunicar la fe, Dios no necesita esas capacidades humanas ni el arte de la propaganda (v. 4-5). Pese a su instrucción, Pablo no se destaca por su sabiduría, cultura o elocuencia en Corinto. Esto habría contradecido su enseñanza, pues la cruz de Cristo que él anunciaba significa justamente el fin de todo aquello de lo que el hombre se enorgullece. Pero lejos de perder por ello algo, el creyente ha recibido a la vez las cosas invisibles “que Dios nos ha concedido” y el medio para discernirlas y gozar de ellas: el Espíritu Santo, único agente que Dios emplea para transmitir su pensamiento (v. 12). ¿De qué serviría una pieza de música sin instrumentos para interpretarla o un disco sin el aparato que permite escucharlo? Pero también, ¿cuál sería el efecto del más hermoso concierto en un auditorio compuesto de personas sordas? Del mismo modo, el lenguaje del Espíritu no puede ser entendido por “el hombre natural”. En cambio, el que es “espiritual” puede percibir las cosas espirituales por medios espirituales, pues el Espíritu enseña “acomodando lo espiritual a lo espiritual” (v. 13-15).

1 Corintios 3:1-15

Absortos por sus divisiones, los corintios no habían hecho ningún progreso. Se parecían a algunos malos estudiantes que se disputan tontamente acerca de quién tiene el profesor más instruido o el aula más hermosa. El apóstol Pablo les declara que ocuparse del siervo en vez de su enseñanza es cosa de niños; es ser aún carnal (v. 3). ¡Cuántas veces confundimos la verdad con aquel que la presenta! Si, por ejemplo, escuchamos a un siervo de Dios con la idea preconcebida de que él no tiene nada que ofrecernos, recibiremos exactamente lo que esperamos.

Luego el apóstol evoca la responsabilidad del que edifica. En la obra de Dios, vista como una labranza o como un edificio, cada obrero tiene su propia actividad. Puede traer materiales –es decir, distintos aspectos de la verdad– y edificar a las almas presentándoles la justicia de Dios (el oro), la redención (la plata) y las glorias de Cristo (las piedras preciosas). Pero con la apariencia de mucho volumen también puede edificar con madera, heno y hojarasca; materiales que no resistirán el fuego. Sí, que “cada uno mire cómo –no cuánto– sobreedifica” sobre el único e imperecedero fundamento: Jesucristo.

1 Corintios 3:16-23; 1 Corintios 4:1-5

Al lado de auténticos obreros que pueden hacer un deficiente trabajo (v. 15), existen falsos siervos que corrompen el templo de Dios, este templo que es santo al igual que El que mora en él (v. 17). Que nadie se engañe acerca de lo que es ni acerca de lo que hace (v. 18).

Desconfiemos de los criterios y razonamientos humanos, engañosos instrumentos de medida. La sabiduría del mundo es locura para Dios y la sabiduría de Dios es locura para el mundo (v. 19). Una y otra se aprecian en función del fin perseguido. “El hombre natural” (o animal) mira con lástima al cristiano que sacrifica las ventajas y los placeres del momento actual por un porvenir vago e incierto. ¡Ojalá que todos pudiésemos ser atacados por ese tipo de locura! Por otra parte, ¿qué son las miserables vanidades de las que podríamos hacer alarde, en comparación con lo que poseemos? Todas las cosas son nuestras, afirma el apóstol Pablo, y son nuestras porque nosotros somos de Cristo, a quien todo pertenece. Bajo su dependencia podemos disponer de todo para su servicio. Pero lo que importa primeramente es ser “hallado fiel” (4:2), pues cada uno es un administrador, pequeño o grande, y cada uno como tal recibirá la alabanza no por parte de su hermano, sino por parte de Aquel que lee en los corazones (v. 5; léase también 2 Timoteo 2:15).

1 Corintios 4:6-21

¿Cuál era la raíz de las disensiones en Corinto? El orgullo (Proverbios 13:10). Cada uno se valía de sus dones espirituales y sus conocimientos (1 Corintios 1:5), pero olvidando que todo esto lo habían recibido por pura gracia. Para permanecer humildes, acordémonos siempre de la pregunta del versículo 7: “¿Qué tienes que no hayas recibido?”

Además, inflarse así con el viento de su propia importancia era desear otra cosa que “Jesucristo crucificado” (2:2), era reinar desde aquel momento (v. 8), mientras está escrito: “Si sufrimos (es el presente), también reinaremos con él” (2 Timoteo 2:12). Por su parte, el apóstol Pablo no había invertido las cosas. Aceptaba gustoso tomar su lugar con “la escoria del mundo, el desecho de todos”, porción con la que muy pocos cristianos saben contentarse. Pero, sabiendo que se trataba de la verdadera dicha de sus queridos corintios, les suplicaba que le siguieran en esa senda. Él era su padre espiritual (v. 15) y quería que ellos se le parecieran como hijos se parecen a su padre. Si no escuchaban sus advertencias, estaba dispuesto, cuando fuera a verlos, a usar “la vara” (v. 21), es decir, a castigarlos severamente, cumpliendo con ese deber paternal para provecho de sus amados hijos (v. 14).

1 Corintios 5:1-13

Ahora el apóstol aborda un tema muy penoso. Además de las lamentables divisiones, en la iglesia de Corinto había un grave pecado moral, el cual, aunque había sido cometido por un solo individuo, mancillaba a la iglesia entera (compárese con Josué 7:13). Esa “levadura” de maldad, que habría tenido que sumergir a los corintios en el dolor y la humillación, no impedía su “jactancia”. Es como si un hombre afectado por la lepra fingiese ignorar su enfermedad y ocultase sus llagas debajo de suntuosas vestimentas. El apóstol reclama de parte del Señor la sinceridad y la verdad (v. 8). No vacila en poner al descubierto ese mal, sin miramientos. Previamente a cualquier servicio y profesión cristiana, es menester que la conciencia esté en orden. Y la santidad exige que los creyentes se abstengan del mal, no sólo en su propio andar, sino también que se mantengan separados de personas que viven en el pecado, aunque luzcan el título de hijos de Dios (v. 11). ¿Cuál es el gran motivo por el que, tanto individual como colectivamente, debemos guardarnos de toda comunión y liviandad con respecto al mal? No es nuestra superioridad sobre los demás, sino el infinito valor del sacrificio de Aquel que expió nuestros pecados (v. 7).

1 Corintios 6:1-20

En Corinto existía otro desorden. Algunos hermanos habían llegado a llevar sus litigios ante los tribunales de este mundo. ¡Qué triste testimonio! El apóstol Pablo reprende tanto al que no soportó la injusticia como al que la cometió. Luego examina los principales vicios corrientes entre los paganos y declara solemnemente que no es posible ser salvo y seguir viviendo en la iniquidad.

“Y esto erais algunos”, concluye. Pero, he aquí lo que Dios ha hecho: “Habéis sido lavados… santificados… justificados” (v. 11). Y esto, ¿para que os mancilléis de nuevo?

Excepto el pecado, nada me está prohibido… pero si me descuido, todo puede dominarme (v. 12). «El mal no está en las cosas en sí mismas, sino en el amor del corazón por las cosas» escribió alguien.

Los versículos 13 a 20 tienen que ver con la pureza. Que sean grabados especialmente en el corazón del joven creyente, quien sin duda está más expuesto a las tentaciones carnales. Su propio cuerpo no le pertenece más. Dios lo ha rescatado –¡y a qué precio, no lo olvidemos!– a fin de hacer de él, para Cristo, un miembro de Su cuerpo (v. 15) y, para el Santo Espíritu, un templo que debe ser santo como lo es su divino Huésped (v. 19).

1 Corintios 7:1-31

Después de haber puesto al creyente en guardia contra la impureza (6:13-20), el apóstol habla, en el capítulo 7, del camino que puede emprender con la aprobación del Señor: el del matrimonio. El joven creyente que ha cuidado su andar según la Palabra (Salmo 119:9) tendrá que seguir, más que nunca, contando con el Señor para esa decisión capital.

Luego leemos algunas instrucciones, ya sean dadas mediante la inspiración divina o por el apóstol como fruto de su experiencia, para ayudar a aquellos cuya situación matrimonial sea difícil, especialmente a un hermano o hermana que tenga su cónyuge incrédulo. Nótese bien que la exhortación del versículo 16 se dirige a un creyente ya casado en el momento de su conversión, y no a alguien que desobedecería a 2 Corintios 6:14. “Por precio fuisteis comprados”, repite el versículo 23 (6:20). Los sufrimientos que le hemos costado al Señor Jesús para rescatarnos del poder de Satanás y del mundo es el gran motivo para no volvernos a colocar bajo su dominio. Para servirle, el Señor quiere a hombres y mujeres libres, pero es Él quien escoge las condiciones en las que quiere que cada uno le sirva, es decir, país, medio ambiente, relaciones laborales, etc. Antes de decidir cualquier cambio, ¡estemos seguros de que es según Su voluntad!

1 Corintios 7:32-40; 1 Corintios 8:1-13

Estar sin congoja o sin inquietud en cuanto a las cosas de la tierra, tener el corazón exclusivamente ocupado en los intereses del Señor buscando cómo agradarle, dedicarse a su servicio sin distracción, sí, ahí está la ventaja del siervo de Dios que no está casado en comparación con el que lo está. Pero, al igual que Pablo, hay que haber recibido eso como una gracia.

En el capítulo 8 el apóstol Pablo se ocupa de las viandas (carne) que a menudo eran ofrecidas sobre los altares paganos antes de ser vendidas en el mercado. Esto era un problema de conciencia para varias personas (compárese con Romanos 14). En nuestros países, esta cuestión ha dejado de tener vigencia, pero las correspondientes exhortaciones tienen su aplicación en todos los casos en que corremos el riesgo de “ser tropezadero” (v. 9) para otro creyente: un hermano para quien Cristo murió.

¡Cuántas cosas conocían los corintios! “¿No sabéis…?”, les repite continuamente el apóstol (6:2, 3, 9, 15, 19…). Pero, ¿de qué les servían estos conocimientos? Sólo para envanecerse. Nosotros corremos el mismo peligro, pues a menudo conocemos las verdades más con la inteligencia que con el corazón. Para que uno sepa “cómo debe saberlo”, es menester que ame a Dios (v. 3). Y amarle es poner en práctica lo que tenemos el privilegio de conocer tocante a él (Juan 14:21-23).

El ejemplo del labrador se repite frecuentemente en la Palabra de Dios. Primero subraya el cansancio ligado al trabajo de la tierra (Génesis 3:17); luego, la esperanza y la fe que debe alentar al agricultor (v. 10; 2 Timoteo 2:6); por último, la paciencia con la cual debe aguardar “el precioso fruto de la tierra” (Santiago 5:7). Los corintios eran la “labranza de Dios” (3:9), y el fiel obrero del Señor proseguía en ella su labor al precio del renunciamiento a muchas cosas legítimas para no poner ninguna traba al Evangelio de Cristo. ¡Cuántas cosas menos legítimas obstaculizan a menudo nuestro servicio! En aquel entonces Pablo efectuaba un penoso trabajo, extirpando, por así decirlo, todas las malas hierbas que habían crecido en el campo de Corinto.

1 Corintios 9:1-27

Henchidos por sus dones y conocimientos, ciertos hombres se habían atribuido un lugar preponderante en la iglesia de Corinto. Así como el que se enaltece a sí mismo siempre es llevado a rebajar a los demás, ellos habían llegado a poner en duda la autoridad del apóstol, es decir, la de Dios. Por este hecho, Pablo se vio obligado a justificar su ministerio y su conducta. Su deber era evangelizar; esto le había sido encomendado por el Señor. “No fui rebelde a la visión celestial”, afirma Pablo en su defensa ante el rey Agripa (Hechos 26:17-19).

El apóstol Pablo se hacía el siervo de todos a fin de ganar el mayor número de almas para Cristo. ¿Debe entenderse, pues, que estaba dispuesto a aceptar todos los términos medios? ¡En absoluto! Si algunos consideraban a Pablo como engañador, a los ojos de Dios era veraz (2 Corintios 6:8). Pero, como Jesús mismo lo hizo con la samaritana junto al pozo de Sicar, Pablo sabía encontrar a cada alma sobre su propio terreno y hablarle el lenguaje que ésta podía entender. A los judíos les presentaba al Dios de Israel, la remisión de pecados y la responsabilidad que tenían por haber rechazado al Salvador, Hijo de David (Hechos 13:14-43). A los gentiles idólatras les anunciaba al Dios único, paciente para con su criatura y que manda a todos los hombres que se arrepientan (véase Hechos 17:22-31). El apóstol siempre tenía ante los ojos el premio de sus esfuerzos: todas las almas salvadas por su ministerio (véase 1 Tesalonicenses 2:19 y Filipenses 4:1). Esforzándose para alcanzar la meta, corría como el atleta en el estadio, disciplinando su cuerpo estrictamente y pensando sólo en la victoria. El campeón deportivo tiene ante sí una victoria efímera, laureles que se marchitan (v. 25), mientras que nuestra carrera cristiana tiene como premio una corona mucho más gloriosa, inmarchitable. Corramos de manera que la obtengamos (v. 24).

1 Corintios 10:1-13

Por medio del ejemplo de Israel, el apóstol Pablo nos hace medir la abrumadora responsabilidad de los cristianos profesantes. Exteriormente han participado de las más excelentes bendiciones espirituales: Cristo, su obra, su Espíritu, su Palabra… (v. 3-4). Pero Dios no puede agradarse de la mayor parte de ellos, pues les falta la fe (v. 5; Hebreos 10:38). Por la historia de este pueblo en el desierto, el Espíritu de Dios nos da un triste ejemplo de lo que nuestros corazones son capaces de producir, aun bajo el manto del cristianismo: codicias, idolatría, murmuraciones… Nos advierte solemnemente sobre lo que merecen esos frutos de la carne, aunque la gracia pueda obrar a favor del creyente. Con el fin de hacernos caer, el tentador procura hacer aparecer este mal que está en nosotros en toda su potencia, y esto precisamente cuando podríamos creer estar firmes por nuestras propias fuerzas (v. 12). Pero “fiel es Dios” (v. 13). ¡Qué aliento nos da pensar en ello! Si conocemos nuestra flaqueza, él no permitirá a Satanás tentarnos más de lo que cada uno pueda soportar (véase Job 1:12 y 2:6). De antemano Dios ha preparado una salida victoriosa (v. 13). Apoyémonos en esas promesas cada vez que el enemigo se presente. Sí, “fiel es Dios”.

1 Corintios 10:14-33; 1 Corintios 11:1

La comunión con Dios, bendita porción del creyente, rechaza toda participación en la idolatría, incluso en sus formas más refinadas. Esa comunión se expresa de modo especial en la Mesa del Señor. Todos los que participan de la copa y del pan son, en principio, redimidos del Señor; pero de lejos no son todos los redimidos del Señor. Sin embargo, por la fe los vemos a todos representados en un pan (un solo pan), señal visible de que existe un solo cuerpo. Simboliza esa unidad de la Iglesia que el mundo religioso pretende querer realizar… ¡mientras que ya existe!

Si no busco mi propio interés, ¡cuántos momentos tendré disponibles para los intereses de los demás, es decir, para los de Jesucristo! (v. 33; compárese con Filipenses 2:21: “Porque todos buscan lo suyo propio, no lo que es de Cristo Jesús”). Buscar el interés de mi hermano no es sólo cuidar de su bienestar, sino también pensar en su conciencia; es hacer ciertas cosas por él y abstenerse de hacer otras. Así seré llevado a hacerme siempre las mismas preguntas: «En esta ocasión, ¿tengo la libertad de dar gracias? Lo que hago en este momento, incluso simplemente comer y beber, ¿es o no para la gloria de Dios?» (compárese el v. 31 en contraste con el 7).

1 Corintios 11:2-16

Pocas porciones de la Biblia han sido objeto de tantas discusiones como las enseñanzas de estos versículos (v. 16). ¿Por qué se ocupa el apóstol –o más bien el Espíritu Santo– en cuestiones aparentemente tan mínimas como el hecho de que la mujer lleve el cabello largo o que se cubra la cabeza en ciertas ocasiones? Primeramente, recordemos que nuestro cristianismo no consiste en algunos actos destacables cumplidos de vez en cuando, sino que está compuesto por un conjunto de detalles que entretejen nuestra vida cotidiana (Lucas 16:10). Por otra parte, Dios es soberano y no está obligado a darnos razones de todo lo que nos pide en su Palabra. Obedecer sin discutir es la única verdadera obediencia. Así estas instrucciones son una clase de test para cada mujer o joven cristiana; es como si el Señor le preguntara: «¿Harás esto por mí? ¿Mostrarás tu dependencia y sumisión mediante esa señal exterior, o pondrás en primer lugar las exigencias de la moda o de la comodidad?».

Finalmente, no olvidemos este solemne hecho: los ángeles observan de qué manera los creyentes responden al pensamiento de Dios. El versículo 10 nos dice: “La mujer debe tener señal de autoridad sobre su cabeza, por causa de los ángeles”. ¿Qué espectáculo les ofrecemos?

1 Corintios 11:17-34

En Corinto se habían formado diferentes bandos y las reuniones se resentían por ello. Los ricos avergonzaban a los pobres y provocaban sus celos. Y lo que era más grave, la cena era tomada indignamente por muchos y confundida con el ágape (comida tomada en común).

El apóstol aprovechó esa oportunidad para señalar lo que el Señor le había revelado especialmente: la cena es el santo recuerdo de un Cristo que se entregó por nosotros. Este recuerdo por un lado habla al corazón de cada uno de los participantes, por otro lado, proclama universalmente el hecho trascendental de que el Señor tuvo que morir. Y, hasta su regreso, nos invita a anunciar su muerte mediante el lenguaje, tan grande y simple a la vez, que el mismo Señor nos ha enseñado.

Por último, ese memorial habla a la conciencia del creyente, pues la muerte de Cristo significa la condenación del pecado. Tomar la cena sin habernos juzgado a nosotros mismos, nos expone, pues, durante nuestra vida terrenal, a los efectos de esa condenación. Esto explicaba la debilidad de muchos en Corinto (y tal vez entre nosotros), la enfermedad e incluso la muerte que había alcanzado a muchos (v. 30). Sin embargo, el temor no debe mantenernos apartados (v. 28). Ese temor puede y debe concordar con una ferviente respuesta a Aquel que dijo: “Haced esto en memoria de mí” (v. 24-25).

1 Corintios 12:1-13

Al hablar de reunirse “como iglesia” en el capítulo precedente, el apóstol Pablo dio el primer lugar a la celebración de la cena (11:20-34). Sólo después habla de los dones y servicios con miras a la edificación. No olvidemos que la celebración de la cena es la más importante de todas las reuniones.

Pablo les recuerda a esos antiguos idólatras que otrora ellos habían sido extraviados por espíritus satánicos (v. 2). ¡Qué cambio! Ahora es el Espíritu de Dios quien los dirige, obrando en ellos “como él quiere” mediante los dones que les otorga (v. 11). El apóstol enumera esos dones precisando que son dados “para provecho” (v. 7). Y, para ilustrar a la vez la unidad de la Iglesia y la diversidad de los servicios, toma el ejemplo del cuerpo humano, el cual si bien está compuesto por muchos miembros y órganos –ninguno de los cuales puede funcionar sin los demás– constituye un único organismo conducido por una única voluntad: la que la cabeza comunica a cada miembro. Tal es el cuerpo de Cristo. Aunque está integrado por muchos miembros (tantos como creyentes), es animado por un solo Espíritu para acatar una sola voluntad: la del Señor, que es el Jefe, es decir, la cabeza (Efesios 4:15-16). No tenemos, pues, que escoger nuestra actividad (v. 11) ni el lugar en donde la debemos ejercer, ya que “Dios ha colocado los miembros cada uno de ellos en el cuerpo, como él quiso” (v. 18).

1 Corintios 12:14-31

Sin ir más lejos, ¡qué objeto de admiración constituye el cuerpo en el que moramos! “Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras”, exclama David en el Salmo 139:14, al hablar de la formación del cuerpo. Sí, ¡qué diversidad y, sin embargo, qué armonía hay en ese complejo conjunto de miembros y órganos de los cuales aun el más pequeño tiene su razón de ser y su propia función! El ojo y el meñique, por ejemplo, no pueden reemplazarse el uno al otro. Pero el segundo permite quitar el granito de polvo que irrita al primero. Basta que un solo órgano funcione deficientemente para que pronto todo el cuerpo esté enfermo.

Todo esto tiene su equivalente en la Iglesia, cuerpo de Cristo, el cual no es una organización, sino un organismo vivo. “Los miembros… que parecen más débiles, son los más necesarios” (v. 22), y cada uno debe cuidarse de no menospreciar su propia función (v. 15-16), ni la de los demás (v. 21). Una creyente de edad avanzada o minusválida podrá sostener, a través de sus oraciones, por una palabra oportuna o simplemente por un servicio práctico, el celo de un predicador o de un anciano. Así, pues, que cada uno, como un buen administrador “de la multiforme gracia de Dios” (1 Pedro 4:10), emplee para los demás lo que ha recibido.

1 Corintios 13:1-13

Después de los diferentes miembros del cuerpo de Cristo: pie, mano, oreja, ojo, mencionados en el capítulo 12, es como si halláramos al corazón en el capítulo 13. Su papel es animar y dar la energía necesaria a los demás órganos. Notemos que el amor no es un don, como los del capítulo 12, sino el móvil necesario para el ejercicio de aquellos dones. Es “un camino” abierto a todos y que conduce hacia todos (12:31). Así como un camino está hecho para que se ande por él, el amor sólo se conoce verdaderamente por la experiencia. Por esta razón, este maravilloso capítulo no nos da ninguna definición del amor. Hace una lista no completa, pero sí suficiente como para humillarnos profundamente, de lo que el amor hace y sobre todo de lo que no hace. Ese camino fue el de Cristo en este mundo; y notemos que su nombre puede sustituir la palabra amor en este capítulo sin cambiarle el sentido (véase 1 Juan 4:7-8).

Nuestro conocimiento de las cosas aún invisibles es parcial, indefinido y precario. Pero pronto veremos “cara a cara”. Entonces, nuestro Salvador –que nos conoce a la perfección– nos hará entrar en el completo conocimiento de sí mismo (v. 12; Salmo 139:1); así el imperecedero amor será perfecta y eternamente satisfecho en nuestro corazón y en el Suyo.

1 Corintios 14:1-19

Muchos se quejan de la debilidad actual debida a la ausencia de dones en las iglesias. Pero, ¿los anhelan como el versículo 1 los invita a hacerlo? El Señor tal vez se ha propuesto confiarle cierto don, y espera notar en usted ese anhelo para recibirlo. Pídaselo… junto con la humildad que le impida vanagloriarse de ese don que no es para uso propio, sino “para edificación de la iglesia” (v. 12). Los corintios empleaban sus dones para su propia gloria y ello originó un grandísimo desorden. El apóstol los induce a tener una justa apreciación de las cosas y les muestra que el don del cual más se vanagloriaban –el don de lenguas– era precisamente uno de los menos importantes (v. 5). En cambio, el don de la profecía era y sigue siendo particularmente deseable. No implica, como otrora, la revelación del porvenir, sino que “el que profetiza habla a los hombres para edificación, exhortación y consolación” (v. 3).

El versículo 15 nos recuerda que tanto para orar como para cantar es necesaria la participación de nuestra inteligencia. A menudo nos distraemos en la presencia del Señor, cuando es necesario que pensemos en lo que expresamos ante Dios. Apliquémonos a meditar en profundidad, encomendando nuestro espíritu a la guía del Espíritu Santo.

1 Corintios 14:20-40

El don de lenguas no fue otorgado para edificar a la Iglesia, ni para evangelizar, sino para convencer a los judíos incrédulos de que Dios ofrecía la gracia a las naciones (v. 21-22), hecho que hoy en día ya no es necesario demostrar. La palabra clave de este capítulo es la edificación; es la prueba a la cual debe someterse toda acción. Lo que me propongo decir o hacer, ¿es realmente para el bien de mis hermanos? (Efesios 4:29). Además, si tengo en cuenta su provecho, siempre hallaré una bendición para mí mismo. Por el contrario, si pienso en mi interés o mi gloria, finalmente resultará una pérdida para los demás y para mí (véase 1 Corintios 3:15).

Dos condiciones más rigen la vida de la Iglesia: la decencia y el orden (v. 40). Son los dos diques entre los cuales debe ser encauzada la corriente del Espíritu. Imponen reglas prácticas relativas al sentido común (v. 26-33) o al orden divino (v. 34-35). El apóstol no quería que los corintios fuesen ignorantes (12:1). Sin embargo, si alguien descuida su instrucción en lo tocante a la Iglesia, ¡que permanezca ignorante (v. 38)! Dios es un Dios de paz (v. 33) y quiere que la Iglesia, respondiendo a sus propios caracteres, sea el lugar al que pueda traer a los inconversos, quienes reconocerán allí Su presencia (v. 24-25).

1 Corintios 15:1-19

Una grave cuestión quedaba por resolver: algunas personas en Corinto negaban la resurrección. Pablo demuestra que esta doctrina no se puede tocar sin derrumbar todo el edificio de la fe cristiana. Si la resurrección no existe, Cristo mismo no ha resucitado; su obra no ha recibido la aprobación de Dios; la muerte queda invicta y nosotros estamos aún en nuestros pecados. En consecuencia, el Evangelio no tiene sentido y nuestra fe pierde todo su sustento. La vida de renunciamiento y de separación del creyente se vuelve entonces absurda y, de todos los hombres, el cristiano es el más digno de conmiseración.

¡Bendito sea Dios! No es así, sino que: “Ha resucitado el Señor verdaderamente” (Lucas 24:34). Pero, ante la importancia de esa verdad, comprendemos por qué Dios tuvo tanto cuidado para establecerla. Primeramente a través de las Escrituras (v. 3-4); luego por los testigos irrecusables en razón de su calidad: Cefas (Simón Pedro), Jacobo y Pablo mismo (aunque se declara indigno de ello); o por su número: unos quinientos hermanos a quienes se podía preguntar al respecto. Seguramente muchos de nuestros lectores, sin haber visto con sus propios ojos al Señor Jesús, habrán experimentado por sí mismos que su Salvador vive (Job 19:25).

1 Corintios 15:20-34

Cristo resucitado no hizo más que preceder a los creyentes que “durmieron” y que resucitarán cuando él venga. En cuanto a los demás muertos, sólo más tarde se les restituirá la vida, cuando tengan que comparecer ante el trono del juicio (véase Apocalipsis 20:12). Sólo entonces “todas las cosas” serán definitivamente sujetas a Cristo. Después de esto, el pensamiento se pierde en las profundidades de la bienaventurada eternidad en que Dios será finalmente todo en todos (v. 28).

Una vez cerrado el glorioso paréntesis de los versículos 20 a 28, el apóstol muestra cómo el hecho de creer o no creer en la existencia de la vida futura determina el comportamiento de todos los hombres, empezando por el suyo (v. 30-32). ¡Cuántos desdichados hay cuya religión se resume en estas palabras: “Comamos y bebamos, porque mañana moriremos”! (v. 32). Se persuaden a sí mismos de que no existe nada más allá de la tumba, para así animarse a gozar sin trabas de su breve existencia “como animales irracionales” (2 Pedro 2:12). En cuanto al creyente, su fe tendría que mantenerle despierto (v. 34), preservarle de asociarse a peligrosas compañías, impedirle comer y beber con los borrachos de este mundo (v. 33; Mateo 24:49). ¡Que la compañía del Señor y de los suyos nos basten hasta que él venga!

1 Corintios 15:35-50

¿Cómo será el nuevo cuerpo del creyente en la gloria? (v. 35). La Biblia jamás satisface nuestra curiosidad. “Necio…”, contesta ella a los esfuerzos de nuestra imaginación. Si presento al lector una semilla desconocida, no me podrá decir qué clase de planta saldrá de ella. Igualmente sucede con una oruga repugnante y apagada: nada deja prever la radiante mariposa que se desarrollará bajo todos los efectos de la luz.

Pero, para poder asistir a los pequeños milagros de la germinación o de la metamorfosis, es necesaria la muerte de la semilla (Juan 12:24) y el sueño de la crisálida. Del mismo modo, el redimido que se “durmió” aparecerá vestido de un cuerpo de resurrección. ¡Qué porvenir más prodigioso está reservado a ese cuerpo hecho con el polvo de la tierra, simple envoltura del alma! Resucitará “en incorrupción”: la muerte no tendrá más poder sobre él; “en gloria” y “en poder”: sin debilidad ni flaqueza; “cuerpo espiritual”: definitivamente librado del viejo hombre y sus deseos, instrumento perfecto del Espíritu Santo. Finalmente será semejante al de Cristo resucitado. Con esto ya tenemos bastantes y preciosas informaciones acerca de nuestro futuro estado… y motivos para glorificar a Dios desde ahora en nuestro cuerpo. “Glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu” (1 Corintios 6:20).

1 Corintios 15:51-58; 1 Corintios 16:1-9

Esta magistral exposición de la doctrina de la resurrección no estaría completa sin una última revelación: no todos los creyentes pasarán por el sueño de la muerte. Los vivos no serán olvidados cuando Jesús venga. “En un abrir y cerrar de ojos” tendrá lugar la extraordinaria transformación que hará apto a cada uno para la presencia de Dios. Así como los invitados a la boda real de la parábola debían cambiar sus harapos por el glorioso vestido (Mateo 22:1-14), muertos y vivos vestirán un cuerpo incorruptible e inmortal. Entonces la victoria de Cristo sobre la muerte, de la que dio una prueba con su propia resurrección, tendrá su grandioso cumplimiento en los suyos.

Como toda verdad bíblica, este “misterio” debe tener una consecuencia práctica en la vida de cada redimido. Tenemos una esperanza “firme” (Hebreos 6:19); seamos firmes nosotros también, “constantes, creciendo en la obra del Señor siempre”. Nuestro trabajo nunca será en vano si lo hacemos “en el Señor” (v. 58). Aunque en la tierra ningún fruto haya sido visible, habrá una valoración en la resurrección.

El capítulo 16 ofrece un ejemplo de servicio cristiano: las ofrendas recogidas el primer día de la semana. Este servicio tiene mucha importancia para el corazón del apóstol y para el del Señor.

1 Corintios 16:10-24

Estos versículos contienen las últimas recomendaciones del apóstol Pablo, algunas noticias y finalmente los saludos que dirigió a sus queridos corintios. De entre ellos se complace en distinguir a hermanos abnegados y dignos de respeto: Estéfanas, Fortunato, Acaico, y los cita como ejemplo, pues “los que ejerzan bien el diaconado, ganan para sí un grado honroso, y mucha confianza en la fe que es en Cristo Jesús” (1 Timoteo 3:13).

A los creyentes de Corinto que sólo se ocupaban en los efectos exteriores y espectaculares del cristianismo, Pablo subraya cuáles eran los motivos que debían hacerlos obrar: “Hacedlo todo para la gloria de Dios” (1 Corintios 10:31). “Hágase todo para edificación” (14:26). “Hágase todo decentemente y con orden” (14:40), y finalmente: “Todas vuestras cosas sean hechas con amor” (16:14). Y con esta palabra amor, Pablo termina, sin embargo, una epístola muy severa (compárese con 2 Corintios 7:8). Sin tener en cuenta los partidos que existían en Corinto, él afirma: “Mi amor en Cristo Jesús esté con todos vosotros”. No obstante, dada esta condición (“en Cristo Jesús”), si algunos no amaban al Señor se excluían por sí mismos de esta salutación, y para ellos Su venida tomaba un solemne aspecto. ¡Maranata! (“el Señor viene”). ¡Que podamos esperarle con gozo!

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