1 Crónicas

1 Crónicas 1:1-54

Con base a su responsabilidad el hombre falló, pues, totalmente. Pero en estos libros de Crónicas vamos a ver al mismo Dios de gracia volver a ocuparse de todas las cosas desde el comienzo. Aquí, en cierto modo, la historia de la humanidad se narra a manera de repaso, enfatizando ya no sobre el mal producido por el hombre (libros de Samuel y de los Reyes), sino subrayando el bien pensado y cumplido por Dios en respuesta a ese mal. Tenemos, pues, recapitulada la historia de la humanidad, ¡comenzando desde Adán! Se ha hecho notar que el sentido de los diez primeros nombres mencionados permite leer una frase que es como un resumen de todo el Evangelio. Adán: el hombre — Set: que ha tomado el lugar de — Enós: mortal, incurable — Cainán: que llora — Mahalaleel: el Dios bienaventurado — Jared: descendió — Enoc: dedicado, instruido — Matusalén: su muerte proporciona — Lamec: (al) transgresor — Noé: consuelo (y) descanso.

¿No tenemos aquí primero una conclusión de todo lo precedente, es decir, la comprobación de la irremediable ruina del hombre? Y, al mismo tiempo, una admirable introducción al despliegue de los propósitos de Dios, que seguiremos como un hilo de oro a lo largo de estos dos libros.

1 Crónicas 2:1-55

No busquemos en estas listas el orden y rigor exigidos, por ejemplo, en un registro civil. Aquí, como siempre, la Palabra de Dios no responde a la curiosidad ni las investigaciones de la inteligencia humana. Omisiones, substituciones e inversiones vuelven a encontrarse varias veces en estos capítulos para responder a las intenciones del Espíritu de Dios. ¿Y cuáles son estas intenciones? ¿Por qué estas largas genealogías difíciles de leer? En primer lugar, se trata de comprobar los derechos de las familias de Israel a las promesas hechas a Abraham. Cada israelita podía, refiriéndose a ellas, hacer prevalecer sus orígenes y sus derechos a la herencia. ¡Ay!, sabemos que los judíos del tiempo del Señor se vanagloriaban de tener a Abraham como padre, pero rehusaban reconocer en medio de ellos a Aquel que es antes que Abraham (Juan 8:58).

En cuanto al cristiano, al recibir la vida divina en el momento de su nuevo nacimiento, forma parte de la familia de Dios. Su ascendencia terrenal no tiene importancia: Dios ha llegado a ser su Padre por medio de Jesús. Así, el creyente puede exclamar: “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios” (1 Juan 3:1).

1 Crónicas 3:1-24; 1 Crónicas 4:1-20

Estas genealogías tienen otra razón de ser: la filiación del Mesías debía ser establecida de manera indiscutible. En el curso de los siglos, vemos a Dios poner aparte sucesivamente la familia de Abraham; de entre ésta, la tribu de Judá, y aún de en medio de esta tribu, la dinastía real de David. De ella trata el capítulo 3. Y vemos con qué atención Dios seguía, de generación en generación, el linaje que debía terminar con “Jesús, llamado el Cristo” (Mateo 1:16).

En la lista de los hijos de Judá, se halla incluida la corta historia de Jabes, más ilustre que sus hermanos (4:9-10). Al sentir el peso del dolor, que es la consecuencia del pecado, ese hombre pide a Jehová que aparte el mal de su camino. Y, es oído. Imitémosle formulando sin temor, como él, estos cuatro pedidos:

  1. El gozo de abundantes bendiciones espirituales.

  2. Límites más amplios para nuestra inteligencia y nuestro corazón.

  3. La mano de Dios con nosotros en todo lo que emprendemos (Salmo 119:173).

  4. Estar a cubierto del pecado y de la tentación (Mateo 6:13).

1 Crónicas 4:21-43

Entre los hijos de Judá todavía, después de los reyes y las personas ricas y honradas como Jabes, vemos a modestos artesanos (v. 14, 21-23). Trabajaban el lino, eran tejedores, alfareros y jardineros. Aunque su condición era humilde, tenían un gran privilegio, porque “moraban allá con el rey, ocupados en su servicio”.

Guardémonos de buscar una posición elevada en el mundo, si el Señor no nos llamó expresamente para ella. El pueblo de Dios no cuenta con “muchos poderosos, ni muchos nobles” (1 Corintios 1:26; léase también Jeremías 45:5). Todo puesto importante inevitablemente acarrea absorbentes responsabilidades, las que generalmente dejan poco tiempo para ocuparse en la Palabra y la obra del Señor. No escojamos, pues, una profesión que impida que moremos con el Rey y que cumplamos Sus trabajos.

La tribu de Simeón había sido objeto de un severo juicio a causa de la violencia de su jefe de raza (Génesis 49:5-7) y de la idolatría de Baal-peor (Números 25:14). Pero aquí, según el propósito del libro, sólo se trata del bien que la gracia produjo: esta tribu extendió sus límites y logró brillantes victorias.

1 Crónicas 5:1-26

El capítulo 5 se refiere a los hijos de Rubén, Gad y la media tribu de Manasés. Más preocupadas por su bienestar que por la posesión del país de la promesa, estas tribus se habían establecido del otro lado del Jordán. Su falta de fe, de perseverancia y su materialismo son puestos en evidencia en otro lugar. Pero aquí (aparte del v. 25, necesario para comprender el relato), cuán conmovedor es ver de nuevo que la Palabra hace resaltar sólo lo bueno que se puede decir de ellos. Su valentía y su confianza son subrayadas particularmente (Salmo 146:5). “Clamaron a Dios en la guerra, (esa guerra que era de Dios, según v. 22) y les fue favorable, porque esperaron en él” (v. 20; comp. con 2 Crónicas 32:8).

El corazón de Dios siempre es el mismo. De sus débiles discípulos, que iban a abandonarle instantes más tarde, el Señor Jesús podía decir a su Padre: “Han guardado tu palabra… han creído que tú me enviaste” (Juan 17:6-8). Allí donde sólo sabemos ver ruina y miseria, él descubre algo que le es agradable. ¡Qué ejemplo para nosotros! Antes de formular un juicio o una crítica, acordémonos de la manera en que el Señor habla de los suyos en su ausencia.

1 Crónicas 6:1-81; 1 Crónicas 7:1-40; 1 Crónicas 8:1-40; 1 Crónicas 9:1-16

Este capítulo 6, consagrado a los hijos de Leví y a los sacerdotes hijos de Aarón, está relacionado con el capítulo 3, en el cual hallamos a los reyes. ¡Se trata de familias privilegiadas en Israel! Pero, en el actual pueblo de Dios, esas funciones son la parte de cada creyente. El apóstol Pedro nos lo recuerda: “Vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio… para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó” (1 Pedro 2:9; véase también Apocalipsis 1:6). Expresar al Señor nuestra alabanza y anunciar sus virtudes es el doble servicio del creyente. Los levitas nos hacen pensar en ello. Unos estaban encargados del canto (v. 31-33). Otros servían en la casa de Dios bajo la dirección de Aarón y sus hijos (v. 48-49).

Luego, en los capítulos 7 y 8, encontramos las genealogías de Isacar, Benjamín, Neftalí, la otra mitad de la tribu de Manasés y, finalmente, Efraín y Aser. Notemos el descuido de Neftalí, tribu tan despreocupada por sus privilegios, que toda su historia sólo da tema para un breve versículo en el libro de Dios (cap. 7:13). Cómo no subrayar el interés que deberíamos tener por la historia de la Iglesia, al acordarnos de los que fueron fieles conductores. Porque, espiritualmente, en gran parte somos sus responsables herederos.

1 Crónicas 9:17-44

En este capítulo se mencionan otros levitas: los porteros. Sus funciones son muy importantes. Se resumen en una orden, breve y precisa, recordada por el Señor en una pequeña parábola: “Y al portero (el amo) mandó que velase” (Marcos 13:34).

Se debe velar sobre los vasos y los utensilios, sobre los sacrificios, el alimento y el acceso a la Casa. ¡Qué cuidado ponen esos levitas en los utensilios que están a su cargo! Los cuentan y los vuelven a contar (v. 28; léase 2 Corintios 8:20-21). A este servicio corresponde, en el Nuevo Testamento, el de los obispos, pastores o ancianos. Son ellos, sobre todo, quienes en las asambleas tenían y tienen el cuidado de las almas y de la sana doctrina. Es un puesto de confianza y honor del cual tendrán que responder en la venida de su Señor.

Estos porteros eran descendientes de Coré, el rebelde (Números 16). Pero preferían estar a la puerta de la casa de Dios antes que habitar “en las moradas de maldad” donde había vivido su padre. Conocemos el hermoso Salmo 84 compuesto por los hijos de Coré. ¿A quién confía Dios los cuidados de su casa, de su Asamblea (Iglesia)? A los que son apegados a ella y la aman (Juan 21:15-17).

1 Crónicas 10:1-14

A partir de aquí, las Crónicas van a retomar la historia de David y de sus sucesores después de la muerte de Saúl. Pero el relato contiene numerosas diferencias en comparación con el de los libros de Samuel y de los Reyes. Se agregan ciertos hechos, se hace caso omiso de otros. Cada uno de estos cambios corresponde a la meta que Dios se propuso al escribir dicha historia desde otro punto de vista: el de Su soberana gracia. Por el mismo motivo nos dio cuatro veces, en cuatro evangelios, la historia de su Hijo, a fin de permitirnos considerar en él diferentes glorias.

Por eso, no nos cansemos de volver a leer relatos conocidos, sino que procuremos destacar en ellos lo que el Espíritu agrega u omite voluntariamente. Tampoco nos desalentemos; por el contrario, regocijémonos cuando escuchamos repetir que Dios terminó con el hombre en la carne. Saúl y su raza son la imagen de ello. Cae por las manos de los filisteos, quienes lo despojan en el monte de Gilboa. Su ruina es consumada, su muerte comprobada antes que David aparezca en la escena. Este último es el hombre que responde a los consejos divinos, imagen del Señor Jesús.

1 Crónicas 11:1-14

Los largos años de sufrimientos y de exilio terminaron para David. Todo Israel reconoce sus derechos al trono. Se apodera de la fortaleza de Sion, celebrada en muchos salmos (por ejemplo Salmo 87:1-3) y que nos habla de la gracia real. Pero, en ella no habitará solo. Los hombres de fe que con él erraron en los desiertos y los montes, morando en las cavernas y cuevas de la tierra (de los cuales el mundo no era digno), ahora podrán habitar con él en esa ciudad para siempre (Nehemías 3:16, fin; Hebreos 11:16 y 38). Hijos de Dios, ¿vemos emerger del horizonte la maravillosa ciudad de oro adonde Jesús conduce nuestros pasos? ¡Ojalá esta perspectiva nos fortifique para el andar y el combate cristiano!

El valiente Eleazar, junto con otros, pelea contra los filisteos para defender una parcela llena de cebada. Nos hace pensar en los siervos del Señor que debieron luchar para garantizar el alimento del pueblo de Dios. Muchos de ellos sostuvieron duras controversias con los enemigos de la verdad. Debemos estarles agradecidos y a la vez dispuestos a defender la sana doctrina que nos transmitieron (Judas 3).

1 Crónicas 11:15-47

El día que accedió al poder, David no olvidó a sus compañeros de Adulam. ¿Se olvidaría el Señor de los que procuran seguirle y servirle? Bien sabemos que no lo hará. En el momento mismo en que iba a dar su vida por los pecadores, y mientras los discípulos estaban preocupados por saber cuál de ellos sería estimado como el más grande, ¿qué les declara el Maestro? “Vosotros sois los que habéis permanecido conmigo en mis pruebas. Yo, pues, os asigno un reino, como mi Padre me lo asignó a mí” (Lucas 22:28-29).

Entre estos hombres fuertes hay una jerarquía. Pero ella no está basada en la fuerza, porque todos son hombres fuertes, sino en su abnegación, trátese de servicio, como para los tres valientes que sacaron agua, o de combate, como para Benaía. Hoy en día ocurre lo mismo con los creyentes. En todos los círculos cristianos algunos superan a otros por su celo y su apego al Señor. Algún día, en el cielo, conoceremos sus actos de valentía. ¿No desea usted encontrarse entre ellos? “Os será otorgada amplia y generosa entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 Pedro 1:11).

1 Crónicas 12:1-18

Los flecheros filisteos habían provocado la derrota de Saúl, quien no había estado en condiciones de vencerlos (cap. 10:3). Sin embargo, aquí descubrimos que pudo haber hallado hábiles hombres de guerra entre sus propios hermanos de la tribu de Benjamín, que manejaban admirablemente el arco y la fronda. Desgraciadamente para Saúl, a diferencia de los hombres del capítulo 12, versículo 29, éstos lo dejan para juntarse con David en Siclag. Van a poner su capacidad a disposición de aquel a quien reconocen por la fe como su verdadero señor. ¿Qué hacemos con los talentos que Dios nos confía? ¿Al servicio de qué amo los empleamos? ¿Para Cristo o para el príncipe de este mundo?

Igualmente de entre los gaditas, once guerreros poco comunes se adhieren a David, quien les confía responsabilidades.

Llegan a él todavía hombres de Judá y de Benjamín. El rey sondea su disposición (v. 17). ¿No es magnífica la respuesta que Amasai, jefe de los principales capitanes, da por medio del Espíritu? “Por ti, oh David, y contigo, oh hijo de Isaí” (v. 18).

¡Ojalá cada uno de nosotros pueda confesar, mediante el mismo Espíritu: Soy tuyo, Jesús!… ¡Tuyo soy y contigo estoy! Cosa triste de decir, cierto número de redimidos pertenecen en verdad al Señor, pero su compañía no parece complacerles.

1 Crónicas 12:19-40

David, como centro de atracción, ve acercarse a él de todas las tribus, hombres fieles, que le reconocen como jefe. De aquí y de allá llegan las tropas, unas más apresuradas que otras, hasta que un inmenso campamento se halla reunido. Sadoc, joven valiente y esforzado, es nombrado especialmente. Hoy en día, ¿a quién podría designar así el Señor en medio de su pueblo?

Cada soldado que se alista posee una característica particular: algunos tienen más fuerza y valentía, otros más discernimiento y sabiduría, otros más orden o más rectitud… Así ocurre con los hijos de Dios. Diferentes unos de otros, cada uno brillará especialmente por algún rasgo de su carácter: energía, sabiduría, paciencia, fe, amor o perseverancia… Y cada una de estas virtudes es conocida y resaltada por el Señor, el único que las manifestó todas.

La escena final de este capítulo nos hace pensar en Lucas 12:37. Pero el incomparable Señor no dejará a nadie más el cuidado de sus fieles siervos y de sus cansados combatientes. Él se ceñirá y “hará que se sienten a la mesa, y vendrá a servirles”.

1 Crónicas 13:1-14

En el corazón del nuevo rey nace un venturoso deseo: volver a dar al arca su lugar de honor y asociar todo el pueblo a este acontecimiento. Todo parece desarrollarse lo mejor posible. La alegría es general. Desgraciadamente un detalle (muy importante) es olvidado, y esto basta para provocar la muerte de Uza, al mismo tiempo que el más grande desconcierto. En seguida, en el corazón del rey, el gozo da lugar al espanto y la irritación reemplaza la alabanza.

La Palabra prescribía que los levitas llevaran el arca sobre el hombro, pero esto no se había cumplido, ¡probablemente por pura ignorancia! Por no saber nada más, se había obrado lo mejor posible. Pero tanto el rey, que debía copiar el libro de la ley, como los levitas, que debían enseñarla, habrían tenido que conocer la ordenanza al respecto (Deuteronomio 17:18; 31:12). Por lo tanto, eran inexcusables. Nosotros en cuyas manos está la Biblia, somos responsables de andar y servir al Señor según las enseñanzas que ella contiene.

El arca es llevada a la casa de Obed-edom y se queda tres meses “con la familia” de ese hombre (v. 14). Le trae bendición, como siempre lo hace la presencia del Señor Jesús en nuestras casas y en nuestros corazones.

1 Crónicas 14:1-17

La gloria y la prosperidad de David repercutieron en sus vecinos. Unos, como Hiram y su pueblo, buscan el favor y la amistad del rey de Israel; otros, como los filisteos, no se desarman. Notemos que, conforme al carácter de «las Crónicas», aquí no se trata de la culpable colaboración de David con Akis (1 Samuel 27-29), salvo la discreta alusión de 1 Crónicas 12:19.

El vencedor de Goliat sube, pues, dos veces contra los filisteos, no sin primeramente consultar a Dios en cada ocasión. Una vez más insistimos en esa actitud de humildad. David no tiene confianza en su capacidad de jefe, no se fía en su experiencia militar para decidir la táctica que conviene adoptar. Cuando el enemigo sube contra nosotros para buscarnos (v. 8), nuestro primer reflejo ¿es interrogar a Dios acerca de la manera en que podremos vencer? No tengamos confianza en nuestra propia sabiduría, y antes de enfrentar al adversario o de tomar cualquier decisión, pidámosle al Señor sus directivas y socorro. La mayoría de nuestras derrotas ante el gran enemigo no tiene otra explicación que ésta: olvidamos buscar el pensamiento del Señor.

1 Crónicas 15:1-24

Tengamos el coraje de reconocer nuestras faltas ante el Señor y ante los hombres (Proverbios 28:13). No buscamos a Dios “según su ordenanza” (v. 13), declara David a los levitas encargados de llevar el arca. Y esta vez se toman todas las disposiciones para llevar el arca “conforme a la palabra de Jehová” (v. 15). ¡Sigue una escena de gozo y de alabanza! Notemos el lugar que ocupa Obed-edom. Podría haberse quejado egoístamente al ver que el arca se alejaba de su casa. ¿No perdía con ella una fuente de bendición? (cap. 13:14). Pero este pensamiento no le viene a la mente. La bendición va a ser la parte de todo Israel, y él, siendo levita de entre los hijos de Coré, simultáneamente cumplirá las funciones de músico, maestro de canto y portero del arca. Así, pues, no la abandona. Fiel en lo pequeño, recibe lo que es grande (Lucas 16:10); porque veló por el bien de su propia casa, ahora Dios le confía un cargo en la Suya (1 Timoteo 3:4-5).

Quenanías, principal de los levitas, es elegido para dirigir el canto, porque es entendido en ello (v. 22). Esto nos recuerda las palabras del apóstol Pablo: “Cantaré con el espíritu, pero cantaré también con el entendimiento” (1 Corintios 14:15).

1 Crónicas 15:25-29; 1 Crónicas 16:1-6

Los versículos 24 y 25 del Salmo 68 aluden a la fiesta que tenemos a la vista: “Vieron tus caminos, oh Dios (el andar del Hijo de Dios, representado por el arca)… Los cantores iban delante, los músicos detrás”. Pero, ante todo, el Salmo 132 es el que nos permite conocer los pensamientos de David en esa solemne ocasión. La entrada del arca en su reposo respondía a su más ardiente deseo (Salmo 132:3-5 y 8).

¡Es de desear que nuestros corazones también vibren al pensar en el reposo celestial, en el cual Jesús nos precedió! Las promesas del hermoso Salmo 132, van mucho más allá de la escena de nuestro capítulo: “Vestiré de salvación a sus sacerdotes, y sus santos darán voces de júbilo” (comp. v. 27-28 y Salmo 132:16).

“Bendeciré abundantemente su provisión; a sus pobres saciaré de pan” (comp. cap. 16:3 y Salmo 132:15).

Los redimidos del Señor son llamados a expresar su gozo y su alabanza desde antes de llegar al reposo celestial. Ya en la tierra poseen un centro de reunión: Cristo. Son establecidos para servir, recordar, celebrar y alabar (cap. 16:4) al Padre y al Hijo.

1 Crónicas 16:7-22

Los cantores y los músicos fueron designados. En nuestros días, el canto no es un privilegio reservado sólo para algunos. ¿No es cierto que a todos nos agrada cantar nuestro agradecimiento y, particularmente en el culto, unir nuestras voces a los cánticos de adoración? (Efesios 5:19; Colosenses 3:16). Ahora David, por mano de Asaf entrega este salmo, el primero, para celebrar a Jehová. Su nombre, sus obras, su gloria, su relación con los santos… ¡cuántos motivos tenía el israelita para bendecirle! (v. 7). Para los que conocemos a Jesús y su obra en la cruz, ¡cuán numerosos son los temas de adoración! Sí, cantemos con entendimiento: meditemos las palabras que pronunciamos. Nuestros himnos, compuestos según la Biblia, desarrollan múltiples aspectos de las glorias del Padre y del Hijo. Es importante y edificante distinguirlos.

¿Qué son los hijos de Dios en comparación con el mundo que los rodea? “Pocos en número, pocos y forasteros” (v. 19). ¿Son miserables? Muy por el contrario: “Gloriaos en su santo nombre”, responde el versículo 10. El nombre de Jesús, así como nuestra relación por medio de él con su Padre, ¡éstos son nuestra gloria, nuestra riqueza, nuestro gozo y también nuestra seguridad! (1 Corintios 1:30-31).

1 Crónicas 16:23-43

Del mismo modo que la primera «estrofa» de este cántico (v. 7-22) corresponde a una parte del Salmo 105 (v. 1-15), la que sigue reúne una fracción del Salmo 96 (v. 2-12) con tres versículos del Salmo 106 (v. 1, 47-48). Pero hay un hecho muy notable: todo lo que en estos tres salmos no corresponde al carácter de la gracia, fue dejado a un lado. Aquí no se mencionan las faltas cometidas ni el juicio merecido.

Cuando los redimidos rodeen el trono del Cordero y resuene el nuevo cántico, ¿podrá éste encerrar un abrumador recuerdo de sus pecados (como el Salmo 106:6-7 y 13-43 para Israel)? Es imposible, porque Dios prometió: “Nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades” (Hebreos 8:12). Sólo se hablará de ellos para decir: “Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre… a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén” (Apocalipsis 1:5-6).

Esta escena termina con el definitivo establecimiento del servicio delante del arca. De ahí en adelante, cada uno en su puesto se dedicará a sus santas funciones, figura de aquellas que pertenecen, desde ahora, a los verdaderos adoradores.

1 Crónicas 17:1-15

Este capítulo reproduce casi textualmente 2 Samuel 7. Pero es conveniente volver a leer esta maravillosa «conversación» entre Dios y un hombre, objeto de su gracia. Por medio de Natán, Dios habla al rey amado; después, este último le contesta (v. 3-15). ¿Conocemos por experiencia esas conversaciones con Dios (y con el Señor Jesús)? Antes que todo, él se comunica con nosotros por medio de su Palabra. Y tenemos plena libertad para contestarle por medio de la oración.

Una vez más de acuerdo con el carácter del libro, algunas palabras fueron omitidas respecto del hijo de David. La expresión: “Si él hiciere mal, yo le castigaré” (2 Samuel 7:14), no se encuentra en nuestro capítulo, prueba de que aquí la Palabra tiene a la vista uno más grande que Salomón.

“Yo le seré por padre, y él me será por hijo”, declara Jehová (v. 13). La cita de este versículo en Hebreos 1:5 también confirma que este hijo es Jesús, en quien nos fue revelada la gracia. Así, el precioso tema de las conversaciones que tenemos con Dios es Jesús, su amado Hijo. “Nuestra comunión es verdaderamente con el Padre”, dicho de otro modo, podemos tener un mismo pensamiento con él, y este pensamiento concierne a su Hijo Jesucristo (1 Juan 1:3).

1 Crónicas 17:16-27

David se da cuenta de que no merece nada. Confundido, recuerda la bondad de Dios para con él, le rinde homenaje y le agradece.

¡Decir gracias! Cuando alguien no nos agradece un favor prestado, llamamos esto descortesía o ingratitud. No creamos que Dios es insensible cuando sus hijos olvidan hacerlo. Sin embargo, cuando reflexionamos en ello, ¡al lado de cuántos beneficios pasamos cada día sin pensar en agradecerle o sin haberlos notado siquiera! Como el salmista, alentemos nuestra alma a no olvidar ninguno de sus beneficios (Salmo 103:2). ¡Cuántas de sus gracias nos parecen muy naturales, por lo menos mientras las poseemos! A la hora de las comidas, las familias cristianas tienen la costumbre (y el deber) de dar gracias. Pero es necesario que nuestro corazón se asocie verdaderamente a las palabras pronunciadas por el jefe de familia. Más que por sus cuidados materiales, bendigamos a Dios por nuestros privilegios cristianos: la Palabra, la reunión de los creyentes, la educación conforme al Señor (Efesios 5:20) y, por encima de todo, no nos cansemos de darle gracias por su gran salvación, por el gran Salvador que nos dio. Repitamos con el apóstol: “¡Gracias a Dios por su don inefable!” (2 Corintios 9:15).

1 Crónicas 18:1-17; 1 Crónicas 19:1-19; 1 Crónicas 20:1-8

Los capítulos 18, 19 y 20 se refieren a las guerras de David. Agrupan hechos que en el segundo libro de Samuel se hallan dispersos en diversos momentos de la historia del rey. Ya los consideramos y no hay apreciables diferencias entre los dos textos. Con excepción de una cosa: el total silencio, en el principio del capítulo 20, acerca del terrible pecado de David y sus trágicas consecuencias. Ni el escandaloso asunto de Urías, ni el pecado de Amnón, seguido de su asesinato, ni la conspiración de Absalón, ni el papel criminal de Joab, hallan lugar en el libro de las Crónicas. Así obra la gracia. Dios tiende un misericordioso velo sobre ese sombrío período de la vida de su pobre siervo. “Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado”, dirá David mismo en el Salmo 32. ¿Forma usted parte de esos bienaventurados?

David triunfa sucesivamente sobre filisteos, moabitas, sirios, edomitas y, de nuevo, sobre los hijos de Amón (cap. 19 y 20). Todos los tradicionales enemigos de Israel son subyugados, figura del momento en que Dios sujetará todas las cosas a Cristo y pondrá a sus enemigos por estrado de sus pies (Hebreos 1:13 y 2:8).

1 Crónicas 21:1-13

Uno puede preguntarse por qué Dios, quien cubrió las precedentes faltas de David, recuerda aquí la del censo. Primeramente, este pecado muestra la distancia que separa a ese rey de Aquel cuya débil figura fue. Era preciso que Israel no confundiera a su Mesías siquiera con el más grande de sus reyes. El Hijo de David era, al mismo tiempo, su Señor (Mateo 22:41-45). Por otra parte, era necesario explicar el castigo divino y la gracia que le pondría fin, sin la cual el relato sería incomprensible. David aparece aquí como un culpable, ni más ni menos, como usted y yo. Pero él conoce el corazón de Dios. Su respuesta a Gad lo prueba: “Que yo caiga en la mano de Jehová, porque sus misericordias son muchas” (v. 13). Cada uno de nosotros, ¿ha experimentado personalmente la riqueza y la variedad de las misericordias del Señor? (léase Lamentaciones de Jeremías 3:22-23 y 32).

Por la expiación de nuestros pecados, ni hablar de escoger entre tres años de hambre, tres meses de guerra o tres días de enfermedad. Pero Cristo, en nuestro lugar, conoció en las tres horas sombrías de la cruz la plena medida de la ira de Dios; él llevó la eternidad de nuestro castigo.

1 Crónicas 21:14-30

Sobre ese mismo monte de Moriah, en otros tiempos, Abraham ofreció a su hijo Isaac (Génesis 22:2; 2 Crónicas 3:1). Pero Dios detuvo su mano, como lo hace ahora con la del ángel. El juicio divino, apartado de esa manera, caerá en forma de fuego sobre el holocausto que ofrece David (v. 26). Abraham, después de haber presentado, él también, un sacrificio de sustitución en lugar de Isaac, llamó ese lugar “Jehová-Jireh”, es decir, “en el monte de Jehová será provisto” (Génesis 22:14).

En lo que nos concierne, sabemos de qué solemne manera debía ser provisto allí, y quién debía recibir en nuestro lugar los golpes del juicio de Dios. La voz que dice al ángel: “Basta ya”, y luego le ordena que vuelva a poner su espada en la vaina, es la misma que un día debió decir: “Levántate, oh espada, contra el pastor, y contra el hombre compañero mío… Hiere al pastor” (Zacarías 13:7). ¡Qué insondable y maravilloso misterio! El castigo que merecíamos fue apartado para siempre, porque cayó sobre Aquel que fue herido en nuestro lugar: Jesús, el pastor establecido por Dios, nuestro buen Pastor, el “compañero” de Jehová.

1 Crónicas 22:1-19

La casa que David tiene en mente y que Salomón construirá, es imagen de la futura morada de Dios en medio de Israel. No obstante, muchos detalles relativos a su preparación y a su construcción nos ayudarán a comprender mejor, por comparación, las grandes verdades del Nuevo Testamento respecto de la Iglesia. Al igual que la era de Ornán —en la que se ofreció el sacrificio— fue la base de la casa, la obra de Cristo en la cruz es el fundamento de la Asamblea (Iglesia). La misma verdad aparece bajo otra forma si consideramos a David y Salomón juntos, como una sola figura del Señor Jesús. David nos habla de un Cristo doliente y rechazado, quien preparó, en su aflicción, todo lo necesario para la edificación de la casa de Dios. Salomón representa a Cristo glorificado, edificando su Asamblea y dispuesto a aparecer con ella para reinar sobre el universo. Los materiales, particularmente las “piedras vivas” (1 Pedro 2:5), o sea los creyentes, no podían ser reunidos sin los sufrimientos y la muerte del Señor Jesús. Pero era necesaria su exaltación para que la Iglesia pudiera ser construida. Hasta hoy, este edificio todavía no se ha terminado. Quizá falte sólo una piedra. ¿Será usted esa piedra?

1 Crónicas 23:1-32

David hace sentar a Salomón en su propio trono. Aquí no se hace ninguna mención de la conspiración de Adonías, ni de las circunstancias del coronamiento del nuevo rey. Por este hecho, nos podemos elevar más alto que en el primer libro de los Reyes y considerar al Hijo sentado con el Padre en su trono (véase Apocalipsis 3:21). Efesios 4:8-12 nombra una de las actividades de Jesús en la gloria: “Subiendo a lo alto… dio dones a los hombres… constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo”.

Aquí, y en los siguientes capítulos, asistimos a la designación de cada obrero: administradores, capataces, gobernadores, jueces, porteros y músicos repartidos según las tres familias de los levitas. Se determinan sus funciones y especialmente lo que concierne el esencial servicio de la alabanza. Celebrar y alabar a Dios cada mañana y cada noche es un muy envidiable servicio… ¡y está a nuestro alcance! (v. 30; Salmo 92:1-3).

En el siguiente capítulo los sacerdotes, hijos de Aarón, son repartidos en veinticuatro grupos.

1 Crónicas 25:1-31; 1 Crónicas 26:1-19

Ayer recordamos que el Jefe de la Iglesia es quien reparte los dones, los cargos y los diferentes servicios. Pero el creyente está invitado a desear estos dones y a pedirlos al Señor. “Procurad los dones espirituales, pero sobre todo que profeticéis… el que profetiza habla a los hombres para edificación, exhortación y consolación” (1 Corintios 14:1 y 3). ¿Es nuestro deseo ser empleados así por el Señor? Entonces, pidámosle que nos otorgue uno de esos dones espirituales. No para dárnoslas de importante, sino con miras al bien de la Asamblea (Iglesia) y para la gloria del Señor Jesús. Después de los que profetizaban (cap. 25), se vuelven a nombrar a los porteros, o guardas (cap. 26). Es un servicio igualmente deseable, pues: “Si alguno anhela obispado, buena obra desea” (1 Timoteo 3:1).

Aquí volvemos a encontrar a Obed-edom con sus ocho hijos y sus sesenta y dos descendientes. Él había honrado el arca. Ahora Dios es quien le honra y le bendice (cap. 26:4-8 y 15). Le confía la casa de provisiones. De esta familia dependerá el alimento de los sacerdotes, figura de la enseñanza en la Asamblea, lo que es una importante responsabilidad (véase Mateo 24:45-46).

1 Crónicas 26:20-32

A algunos de los levitas se les confían los tesoros de la casa de Jehová y de las cosas santas. Uno de ellos, Sebuel, “jefe sobre los tesoros” (v. 24), era descendiente de Moisés. Nosotros también, ¿somos conscientes de que se nos confiaron muchos tesoros? El más grande es la Palabra de Dios. Sus riquezas son inagotables. ¿Qué importancia le damos a nuestra Biblia? ¿La consideramos verdaderamente como un tesoro?

“Guarda el buen depósito”, recomienda Pablo al joven Timoteo (2 Timoteo 1:14). Y en su primera epístola, después de haber puesto en contraste las vanas riquezas de este mundo con el tesoro que es un buen fundamento para el porvenir, el apóstol suplica a su joven discípulo: “Oh Timoteo, guarda lo que se te ha encomendado” (1 Timoteo 6:20). Leamos otra vez este versículo, poniendo nuestro nombre en lugar del de Timoteo.

En los versículos 29 a 32 se nombran otros levitas. Se convierten en gobernadores, jueces y administradores, establecidos “para todas las cosas de Dios” (v. 30 y 32; véase también 2 Crónicas 19:11). Nos hacen pensar en Aquel que desde su infancia se ocupaba ante todo en “los negocios” de su Padre (Lucas 2:49).

1 Crónicas 27:1-34

El capítulo 27 nos enseña que, al lado de los administradores, también son necesarios los soldados. Para conservar nuestros tesoros, quizá sea necesario combatir, y debemos ser capaces de hacerlo.

En los versículos 25 a 31 vemos que existían otros tesoros. Pese a que eran menos nobles que los del santuario, asimismo debían ser cuidadosamente guardados, porque esos bienes pertenecían al rey (v. 31). Hagamos la cuenta de todo lo que el Señor nos confió. Como ese amo que, al irse lejos, entregó talentos a sus siervos, el Señor dio a cada uno de nosotros cierta cantidad de bienes o de aptitudes, los que debemos utilizar para Su servicio (Mateo 25:14-30).

Aquí se trata especialmente de trabajos agrícolas. Aquellos de nuestros lectores que viven en el campo no deben subestimar la parte que el Señor les dio. Éstos también son tesoros, “talentos” confiados por el Señor. No se trata de compararlos con lo que otros recibieron, sino de administrarlos con fidelidad. Allí donde se nos colocó, obremos de manera que algún día el Señor pueda dirigirnos esta palabra de gracia: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor”.

1 Crónicas 28:1-10

En el capítulo 22:17, David ya había reunido a los jefes del pueblo. Ahora junta con ellos a todos los que tienen un cargo o una responsabilidad en Israel. Sin duda, todos los hombres mencionados en los capítulos 23 a 27 se encuentran allí para escuchar a su señor. Ninguno habrá faltado a esta cita.

El Señor también nos invita a reuniones en las cuales quiere instruirnos. ¿No somos culpables si nos abstenemos de ir por una trivialidad? (Hebreos 10:25).

A todos estos hombres reunidos alrededor de él, les comunica sus más íntimos y preciosos pensamientos; los exhorta a buscar y guardar los mandamientos de Jehová. Les habla de la gloriosa casa que debe ser construida. Y sobre todo, les habla de su hijo, en quien y por quien se cumplirá su propósito. Son los temas en los que el Espíritu nos ocupa en las reuniones de edificación.

David se dirige luego a Salomón. ¡Escuchemos bien estas palabras de un padre a su hijo! También son para nosotros: “Hijo mío, reconoce al Dios de tu padre, y sírvele con corazón perfecto y con ánimo voluntario… Si tú le buscares, lo hallarás” (v. 9).

1 Crónicas 28:11-21

Solemnemente David entrega a su hijo Salomón todo lo que preparó para la casa de Dios. Pensamos en esta insondable declaración del evangelio: “El Padre ama al Hijo, y todas las cosas ha entregado en su mano” (Juan 3:35).

Desde el pórtico hasta la más pequeña copa, todo es objeto de precisas y detalladas instrucciones. La inteligencia de esas cosas fue dada a David por escrito, por la mano de Jehová puesta sobre él (v. 19).

Para comunicar sus pensamientos, Dios se valió de escritores inspirados. Los sesenta y seis libros de la Biblia fueron redactados por unos cuarenta autores muy diferentes, durante un período de alrededor de 1600 años. Pero un solo y mismo Espíritu dictó todas las páginas del Santo Libro. Por eso, cuando lo leemos, nunca olvidemos que en él Dios nos habla.

El capítulo termina con unas palabras más del padre al hijo. Salomón recibió todo lo que le era necesario. En adelante, debe obrar, contando con el socorro de Jehová. Para nosotros también, que hemos recibido mucho, ¡llega un momento en nuestra vida en que debemos obrar según lo que el Señor aguarda de cada uno! Tendremos que dar cuenta de lo que, por timidez o pereza, hayamos dejado de hacer.

1 Crónicas 29:1-9

David consagró toda su fuerza en preparar un palacio para Jehová.

Preguntémonos, de paso, si en realidad el palacio de nuestro corazón “no es para hombre” (generalmente el yo), mientras que debería ser para el Señor (v. 1).

El “afecto” del rey por esta casa (v. 3) lo condujo a dar para ella grandes riquezas de su propiedad. ¡Cuánto más grande es el amor de Jesús! El evangelio nos habla de un mercader que vendió todo lo que tenía para comprar una perla de gran precio (Mateo 13:45-46). Efesios 5:25 nos da la interpretación de esta parábola: “Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella” (véase también 2 Corintios 8:9). Sólo Jesús tuvo el poder para hacer esto. Pero, en cuanto al servicio de amor, él nos dice, como a sus discípulos: “Ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis” (Juan 13:15).

El ejemplo de David dio frutos. Todos los hombres que lo oyeron ofrecieron voluntariamente oro, plata y piedras preciosas para edificar la Casa de Dios (véase 1 Corintios 3:12). Fue un gran gozo para David… y lo es para el Señor, cuando nuestro corazón está al unísono con el suyo.

1 Crónicas 29:10-20

Después de dirigirse al pueblo, David se vuelve hacia Jehová. ¿Va a enaltecerse por lo que los jefes y él mismo donaron? ¡Al contrario! Da gloria a Dios, a quien todo pertenece, y se humilla ante él. Estos sentimientos siempre van juntos.

“De lo recibido de tu mano te damos”, declara el rey (v. 14). Al confiarnos bienes, el Señor nos otorga el gozo de ofrecerle algo de ellos. Y si bien no necesita nada (Salmo 50:10-12), lo que se le trae voluntariamente, con gozo, tiene un precio para su corazón. Dar por obligación o con un espíritu legalista no ejercita ni el amor ni la fe. Así es como lo hacían los fariseos pagando los diezmos (Mateo 23:23). Por el contrario, los macedonios, de los cuales habla Pablo, habían obrado espontáneamente, abundando “en riquezas de su generosidad” (2 Corintios 8:1-3).

¿No es magnífica la alabanza de David? (v. 10-13). Vale la pena leerla en voz alta, pensando a quien nos dirigimos. “Tuya es… la magnificencia y el poder, la gloria, la victoria y el honor; porque todas las cosas que están en los cielos y en la tierra son tuyas. Tuyo… es el reino, y tú eres excelso sobre todos”. Todas las cosas, ¡incluso el corazón de los que le pertenecen!

1 Crónicas 29:21-30

¡Día de fiesta e hito en la historia de Israel! Se ofrecen sacrificios; el pueblo come, bebe y se regocija en la presencia de Dios. Por segunda vez se establece a Salomón como rey y se le unge ante Jehová. Él se sienta en “el trono de Jehová” (v. 23). La majestad y el dominio conferidos al hijo de David prefiguran el período de mil años en que Cristo reinará para Dios sobre toda la tierra.

La muerte de David, “en buena vejez, lleno de días, de riquezas y de gloria” (v. 28), cierra el primer libro de Crónicas, al cual nos gustaría dar como título una expresión de Isaías 55:3: “Las misericordias firmes a David”. El hecho de que Pablo la cita en Hechos 13:34, muestra que se trata particularmente de la resurrección que este hombre de fe aguarda con la multitud de los santos dormidos. Pero, ¿no fue él en toda su vida un objeto de misericordias afirmadas por Dios mismo?

Queridos amigos creyentes, nosotros también gozamos, hoy y siempre, de las misericordias firmes en Cristo. “Porque de su plenitud tomamos todos (y no sólo David), y gracia sobre gracia” (Juan 1:16).

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