Los dones y los cargos

En la Iglesia


person Autor: John Nelson DARBY 26

flag Temas: Iglesia Servicio

(Fuente: biblecentre.org)


Es mucho más agradable considerar las riquezas de la gracia de Dios y del amor de Cristo, que discutir las cuestiones de los cargos (diácono, supervisor u obispo) y de los dones (apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros). Sin embargo, a veces es necesario hablarlo, cuando se hacen estas preguntas para turbar el reposo de los cristianos y para excitar su espíritu, como si el cristianismo fuera defectuoso, o caminaran desordenadamente y les faltara alguna cosa ante Dios.

Es pues para aclarar estos puntos discutidos y para tranquilizar los espíritus de los cristianos, que escribiremos algunas líneas sobre los cargos y los dones. Pero deseamos de todo nuestro corazón que cada uno, después que esté realmente claro sobre esto, se aparte de estas preguntas y las deje enteramente de lado, para ocuparse de Cristo, de su inmensurable amor y de su inmensa gracia. Es esto lo que nos alimenta y edifica, mientras que tales preguntas resecan el alma.

Existe una gran diferencia entre los dones y los cargos. Los dones emanan de la Cabeza, que es Cristo, en los miembros con el fin de reunirlos, por su medio, en la Iglesia fuera del mundo y de edificarla mientras que las reúne.

A quienes se le confiaron cargos eran, como tales, diáconos o servidores que habían sido establecidos, en cada localidad, por lo apóstoles, y lo habían recibido de aquellos por su posición y autoridad. Podían tener dones –y esto era deseable; pero a menudo ellos no los tenían. En todo caso, cuando eran fieles y devotos en su servicio, eran bendecidos por Dios.

Vamos ahora a examinar la enseñanza de la Escritura sobre los dones. Todo lo que es bueno es un don y viene de Dios. Pero, aquí, hablamos de dones en un sentido un poco más restringido y más limitado, a saber: los dones que Dios ha dado para congregar a su Iglesia y para edificarla, según está escrito: «Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, dio dones a los hombres». Es decir, los dones de los cuales hablamos según la Escritura y que son los que Cristo ha recibido del Padre después de haber subido a lo alto, para ser la Cabeza de la Iglesia, sobre todas las cosas.

El hombre ha puesto fin a una multitud de cosas por el pecado. Sin ley, estaba perdido en la disolución, en la independencia, al colmo de la violencia y de la corrupción. Bajo la Ley, ha venido ha ser transgresor y despreciativo de la voluntad de Dios. Dios le ha visitado en misericordia, donde estaba sumido en la miseria, la deshonra y la desobediencia; y el hombre ha rechazado a Dios.

Era pecador, expulsado de un paraíso terrenal. Dios ha descendido a este mundo de miseria del hombre; pero, mientras estuvo en él, el hombre ha alejado a Dios del mundo. Toda esperanza para el primer hombre, como tal, está perdida. Pero Dios ha glorificado al segundo hombre, aquel que fue obediente (el Señor que es del cielo) y lo ha elevado en su posición celestial y determinada de antemano. Él actúa, sin embargo, según su gracia en los corazones de los hijos de los hombres, para darles una nueva vida, y reunir fuera del mundo a los objetos de esta gracia uniéndolos al Cristo glorificado, con el fin de que ellos gocen con él de todos los privilegios y, lo que es más hermoso de todo, con el fin que se regocijen con él en el amor del Padre. Así, los nacidos de nuevo son también miembros de Cristo, de Aquel que es la Cabeza del cuerpo.

Pero hay aún una verdad que se menciona al principio de nuestras notas, a saber, que Cristo ha adquirido esta posición, por el cumplimiento de la obra de redención. Éramos esclavos del Diablo y del pecado. Ahora somos libres; Cristo ha llevado cautiva la cautividad, y ha llenado a aquellos que ha rescatado, del poder del Espíritu Santo, con el fin que le sirvan. Habiendo vencido a Satanás y cumplido la redención, ha subido a lo alto y, como Cabeza de la Iglesia, ha recibido del Padre el Espíritu Santo de la promesa, para los miembros.

El cristiano rescatado recibe el Espíritu Santo de dos maneras. Es sellado del Espíritu, las arras de nuestra herencia y, así, uno con el Señor y unido a él; después, ha recibido el Espíritu Santo para cumplir su servicio hacia Cristo. He aquí cómo los dones se relacionan con estas verdades. La obra de la redención está cumplida y los creyentes están perfectamente purificados de sus pecados, de manera que, en virtud de la sangre de Cristo que ha sido vertida, el Espíritu Santo puede habitar en ellos. Cristo habiendo glorificado a Dios, su Padre, en la tierra, se ha sentado como hombre a la diestra de Dios, como Cabeza de la Iglesia de donde es la justicia eterna. Como tal, él ha recibido el Espíritu Santo para sus miembros, es decir para los creyentes (Hec. 2:33; Ef. 4:8). «Somos justicia de Dios en él» (2 Cor. 5:21).

Ahora, el Espíritu Santo –enviado por el Padre en nombre del Hijo– ha descendido del Hijo como Espíritu de liberación y de adopción, habitando en los creyentes por parte del Padre y viniendo del Padre, para comunicar a aquellos la seguridad de la salvación y también para acabar en la tierra, con poder y sabiduría, la obra del Señor, en los miembros del Cuerpo. Aunque importante y precioso sea el primer punto, lo dejaremos de lado, por el momento, para ocuparnos de los dones. El Espíritu Santo está, en la tierra, en virtud de la obra cumplida de la redención y de la entrada de Cristo a la diestra de Dios. Allí, él obra por medio del evangelio, para anunciar el amor de Dios, para congregar a los elegidos y para formar un solo Cuerpo, el Cuerpo de Cristo. Cada alma convertida, que ha recibido la vida de Cristo y que ha sido sellada por el Espíritu Santo, es un miembro de Cristo, de la Cabeza celestial. Se puede entonces considerar los dones, sea como dones de Cristo, sea como la operación del Espíritu Santo, actualmente en la tierra. La Escritura Santa hace estas dos cosas. En la Epístola a los Efesios, capítulo 4, ella habla de los dones de Cristo. En la primera a los Corintios, capítulos 12 y 14, ella habla de la unidad del Cuerpo y de los dones producidos por el Espíritu en los diferentes miembros. En todo caso, los done están en relación con la unidad del Cuerpo, se puede fácilmente convencer, leyendo el cuarto capítulo a los Efesios.

Yendo un poco más lejos, notemos que los dones son de dos maneras: los que sirven para despertar a las almas o para congregar a la Iglesia, en la persona del Espíritu. La Epístola a los Efesios habla solo de los primeros dones; la primera Epístola a los Corintios habla de los dos. La misma Palabra de Dios hace la diferencia, cuando nos dice que las lenguas son una señal para los incrédulos, y la profecía para los creyentes (1 Cor. 14:22). Esta distinción es importante, porque es imposible que falte alguna cosa de lo que es necesaria para la conversión de las almas y para la edificación de la Iglesia; mientras que es muy fácil concebir que Dios retira lo que era un ornamento de la Iglesia y un testimonio de aceptación, cuando la Iglesia es infiel y que, en lugar de honrar a Dios, ha contristado al Espíritu. Sin embargo, este testimonio exterior ha permanecido, según la sabiduría de Dios, en la Iglesia; era necesario que permaneciera por mucho tiempo para confirmar la predicación de las verdades cristianas.

Todos los dones proceden de Cristo, la Cabeza, y tienen su existencia en los creyentes por la energía del Espíritu Santo. Efesios 4 y 1 Corintios 12, nos presentan estas dos importantes verdades muy claramente y muy explícitamente, exponiendo su principio y desarrollo. Efesios 4 nos habla exclusivamente de los dones que sirven para la reunión y para la edificación de la Iglesia. Cristo ha subido a lo alto y ha constituido hombres con dones. Aquellos que, gozando por la fe de la obra redentora de Cristo, por la cual son perfectamente librados del poder de Satanás, por la cual estaban en otro tiempo sumidos; después, siendo hechos vasos de gracia y de poder que emana de lo alto, de Cristo que es la Cabeza, vienen a ser instrumentos de un Cristo ausente, por medio de los dones que les son comunicados.

El Señor ha puesto los fundamentos por los apóstoles y profetas. Son (dice el apóstol, en Efe. 2) el fundamento, Jesucristo mismo siendo la piedra angular. Quedan aún los evangelistas, los pastores y maestros; ahora bien, por mucho tiempo Cristo ha amado a la Iglesia y él es la única fuente de la gracia; también desea alimentar a los miembros de su propio cuerpo, estos mismos dones quedaron para la edificación de la Iglesia por mucho tiempo. Pero mientras que estos dones actúan por la presencia y el poder del Espíritu Santo, los cristianos son a menudo desgraciadamente infieles y descuidan sus amonestaciones, sucede que el desarrollo de los dones y su eficacia pública son poco aparentes y que su actividad es mínima. Estas cosas son verdaderas en general y es también en cuanto a la vida cristiana individual que en cuanto al estado práctico de la Iglesia. Pero no es menos verdadero que Cristo cuida fielmente de su cuerpo. Podemos siempre contar con él, aunque en cuanto a los detalles, podemos ser humillados por nuestra propia infidelidad. También el Señor nos ha dicho que la mies es mucha, pero los obreros pocos; y que debemos rogar al Maestro de la mies que envíe obreros para su mies.

Cualquiera que ha sido enviado con un don, por lo mismo, llega a ser siervo de Aquel que lo ha enviado. Por esto mismo somos siervos de Cristo, del único Señor de nuestras almas; sin embargo, cada cristiano, en particular, es un siervo en razón del don que se le ha comunicado; y, porque se le ha comunicado, cada uno es responsable de emplearlo o de trabajarlo. Sin duda, cada cristiano está sujeto a la disciplina general de la Iglesia (o de la Asamblea), tanto como en toda su vida como en su servicio. Pero él sirve a Cristo no a los hombres. Él lleva fruto para la Iglesia, porque él sirve a Cristo. Él da un servicio a los cristianos, porque él es un siervo de Cristo, del Señor. También está obligado a servir, porque es un siervo de Cristo y le ha recibido, por esto, una parte del bien es de su Señor. Tal es la doctrina de la parábola de los tres siervos, donde el maestro sale fuera del país y le entrega sus bienes; a uno más, a otro menos. ¿Por qué? ¿Sería con el fin de que fueran perezosos e inactivos? ¡No! Deseaba confiarle los talentos con el fin de que ellos lo trabajaran. Uno no da materiales y herramientas a los hombres, con el fin de que no hagan nada. Esto no sería razonable, pero, si el amor por Cristo y su amor por las almas está activo en el corazón, la pereza y la inactividad son imposibles.

La presencia y la actividad de este amor son en efecto puestas a prueba así. Si el amor de Cristo obra en mi amor y yo puedo ser útil a una sola alma amada por él, ¿será posible que quede aún inactivo? Ciertamente que no. El poder para obrar así, la sabiduría necesaria para hacerlo de una manera que le sea agradable a él, viene siempre y sobre el terreno de sí mismo, cuando el amor de Cristo en el corazón está, hace de este un corazón activo. Para tener la valentía de obrar, es necesario que tenga confianza en Cristo, sino el corazón dirá: Puede ser que no acepte mi trabajo; puede ser que no esté contento conmigo; puede que sea muy osado, muy precipitado; puede ser que sea mi orgullo que pretende hacer esto. La pereza dice: Hay un león en el camino; mientras que el amor no es nada inactivo, pero inteligente, porque él se confía en Cristo. El amor comprende lo que desea el amor, obedece a la voluntad de Cristo y sigue el ejemplo de Cristo, su conductor. Es esta la acción misma del amor que es en Cristo y que emplea una sabiduría humilde y verdadera. Es obediente e inteligente, comprendiendo su deber por la gracia, y teniendo, en el amor de Cristo la valentía de cumplirlo. ¿De quién Cristo ha aprobado y conocido la conducta? ¿De aquel que, por una confianza amable, ha trabajado sin otro mandamiento –o de aquel que no se ha atrevido? Lo sabemos todos. La aprobación de Cristo es suficiente para el corazón del cristiano y es suficiente para su justificación en la obra. Hermanos, cuando tenemos su manifiesta aprobación, declarada, podemos dejar a un lado todo lo que queda. Es esto la justa fidelidad a Cristo. Tengamos paciencia. Él juzgará todo más adelante. Por ahora, caminemos por la fe. Su palabra nos es suficiente. A su tiempo, él nos justificará delante del mundo y honrará su palabra y la fe.

El Señor Jesús pues ha recibido estos dones en su humanidad y los ha dado a los hombres para terminar la obra del Evangelio y de la Iglesia; así, aquellos que han recibido estos dones están obligados a hacerlos valer conforme a Dios, de ganar almas, de edificar a los cristianos, de glorificar a su Señor y Maestro celestial. En el capítulo 4 de la Epístola a los Efesios, hemos encontrado los dones de edificación representados como siendo confiados aquí abajo, por Cristo mismo subido a lo alto, mientras que su Cuerpo, en la tierra, está reunido y que, por su actividad recíproca, este Cuerpo crece y permanece, y al mismo tiempo, guardado de todo viento de doctrina, para que crezca hasta la estatura de Cristo.

En el capítulo 12 de 1 de Corintios, los dones son primeramente considerados como la actividad del Espíritu Santo en la tierra, que los distribuye a cada uno como él quiere. Es por esto que encontramos aquí, no solamente los dones de edificación, sino todos los que tienen un poder del Espíritu y las señales de su presencia. Este capítulo examina todo lo que puede ser considerado como manifestación espiritual y, hablando de la acción de los poderes de los demonios, muestra los medios para distinguirlos de los dones divinos. Expone de una manera muy clara la doctrina del Cuerpo y de los miembros de Cristo, llamando nuestra atención sobre esto: Que hay un solo Señor, por lo cual la autoridad de aquellos que tienen dones, trabajan (en el mundo, o en la Iglesia) para cumplir la obra de Dios por la eficacia del Espíritu Santo. Cada miembro es dependiente de la acción del otro, porque todos han sido bautizados por un solo y mismo Espíritu.

En Romanos 12 y 1 Pedro 4:10, los dones son enumerados brevemente. En Romanos 12, como miembros del Cuerpo de Cristo y, en general, con el motivo de exhortar a aquellos que poseen los dones a no sobrepasar lo que les ha sido dado, sino a concentrarse en los límites de su don. En 1 Pedro 4, el Espíritu Santo exhorta a los cristianos a usar los dones que les han sido dados, como administradores inmediatos y fieles del mismo Dios; hablar como oráculos de Dios; servir como por una facultad que se tiene de Dios. En toda esta doctrina, no encontramos nada sobre los cargos, pero es únicamente una cuestión de los miembros del Cuerpo de Cristo que toman toda su parte para la edificación del Cuerpo y que tienen que hacerlo. Todos no hablan; todos no predican el Evangelio; todos no enseñan, porque no todos tienen estos dones; pero todos están obligados, según la Escritura, de hacer (según el orden escritural de la Casa de Dios) lo que Dios les ha confiado. Ahora que se ha comprendido que todos los cristianos son miembros del Cuerpo de Cristo, y que cada miembro tiene su propio trabajo, su propio deber en el Cuerpo, llega a ser todo muy simple y claro.

Tenemos un deber que cumplir, y esto por la fortaleza de Dios; y los menos aparentes pueden ser los más preciosos, todos ejerciéndolos ante Dios y no delante de los hombres. Luego, todos tienen algo que cumplir. Decir que algunos tienen todos los cargos, es negar todos lo cargos. Todo es más claro, si sondeamos la historia y la enseñanza de la Escritura sobre este punto. Vemos que, en lo que concierne la predicación del Evangelio en el mundo, la edificación de los cristianos en las iglesias, no es de ningún modo una cuestión de cargos, sino que todo depende de los dones.

Citemos algunos pasajes para proveer esta aseveración. Hemos puesto ya la atención en nuestros lectores sobre Mateo 25. En la parábola de los talentos confiados a tres esclavos, el Señor muestra este principio, que dos de ellos son dignos de alabanza porque habían trabajado, por el hecho mismo de que su Señor les había confiado su dinero. Mientras que el tercero es censurado y castigado, por haber esperado una autorización, porque no tenía confianza en su Señor y no se había atrevido a trabajar sin una autorización posterior.

Esto significa que los dones en sí mismos son, para el obrero, una autorización plenamente suficiente para trabajar con el don que tiene, si el amor de Cristo obra en su corazón; pero si este amor no está allí, él es responsable; y la prueba que el amor de Cristo no ha actuado en él es que no está activo en él, es que él no ha servido por medio de su don; es un esclavo malo y perezoso. Cristo da siempre los dones, con el fin de que lo aprovechemos. Él los da siempre, con el fin de que lo empleemos activamente.

También encontramos que, de hecho, esto tenía lugar entre los primeros cristianos. Cuando llegó la persecución con la muerte de Esteban, los cristianos fueron dispersados, fueron a todo lugar predicando el Evangelio. Leemos, en Hechos 8:4 y 11:21, que la mano del Señor estaba con ellos. Pero es posible que yo conozca el medio por el cual un alma puede ser salva y que no lo haga por este medio, aunque Dios me haya dado la capacidad de hacerlo. Cada uno puede hacerlo en secreto; pero la facultad de predicar públicamente, es precisamente un don de Dios.

Muchos hermanos al ver que Pablo se encontraba en prisión en Roma, tomando confianza al ver sus cadenas, se atrevieron a anunciar la Palabra sin temor (Fil. 1:13, 14).

Cuando los falsos maestros han salido para seducir a los cristianos, o ser recibidos, esto no depende en ningún modo de un cargo o de la ausencia de un cargo, puesto que esta advertencia se le dice a una mujer (2 Juan). No pasa ni por un instante por la mente del apóstol emplear tal medio para prevenir a una mujer sobre la ocasión de un tiempo difícil; él le escribe simplemente de juzgar a cada cual según su doctrina. Él no le escribe con la idea de aconsejar a esta mujer para pedirle ver si aquel que se presenta como predicador, tiene un cargo o está consagrado u ordenado. Al contrario, él alaba al muy amado Gayo, porque este había recibido a los hermanos que habían partido por el nombre de Cristo, y le exhorta a encaminarlos más lejos de una manera digna de Dios; haciendo esto, Gayo venía a ser un cooperador para la verdad (3 Juan 8).

En cuanto a lo que concierne a la predicación del Evangelio, la Palabra de Dios confirma esta doctrina, que cada uno, según su capacidad y las ocasiones que Dios le provee en su gracia, está obligado a anunciar las buenas nuevas.

La Escritura es muy clara en cuanto a la edificación de los creyentes. No solamente nos presenta esta verdad general, que Cristo, a dado los dones y que el Espíritu Santo obra por ellos, con el fin de que se cumpla la obra de Dios de todas maneras (Ef. 4; 1 Cor. 12); incluso ella habla exactamente y claramente del deber de aquellos que poseen estos dones. El Espíritu Santo dice, por boca de Pedro: «Cada cual ponga al servicio de los demás el don que ha recibido, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios; si alguno habla, sea como oráculo de Dios» (1 Pe. 4:10, 11). Después, en 1 Corintios 14, encontramos el orden según la cual el ejercicio de los dones debiera tener lugar: «En cuanto a los profetas, que dos o tres hablen, y los otros juzguen… Porque todos podéis profetizar uno a uno, para que todos aprendan, y todos sean exhortados» (v. 29, 31). Santiago nos muestra claramente los verdaderos límites de este servicio, sin mirar a los cargos, cuando dice a los creyentes que muchos no se hicieran maestros, porque la responsabilidad es mayor (porque tropezamos todos en diversas maneras) y sufrirán un juicio mucho mayor.

Es perfectamente verdadero que los dones y el servicio de los creyentes mediante los dones, son completamente independientes de los cargos, y que aquellos a los cuales Dios ha entregado estos dones, están obligados a emplearlos para la edificación de los santos. La Escritura da las reglas según las cuales el ejercicio de estos dones debe tener lugar; desea que los espíritus de los profetas estén sujetos a los profetas y que todo sea hecho para la edificación espiritual, de tal manera que no haya ningún desorden en la Iglesia. En cuanto a los cargos, la Escritura no dice ni una sola palabra a este respecto [1].

[1] Aquí, el don y la capacidad son presentados como una sola y misma cosa, porque el don, como tal, puede ser considerado únicamente bajo el punto de vista de su conexión con el Cuerpo de Cristo. (Observación del editor).


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