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Redimidos para la eternidad

¿Puede el creyente perder la salvación?


person Autor: Jacob G. FIJNVANDRAAT 1

flag Tema: Certeza y gozo


Derivado de la obra en holandés «Kunnen gelovigen nog verloren gaan?» de Jacob G. Fijnvandraat; el texto en francés ha sido considerablemente modificado y completado.

1 - Prefacio

Escuchemos las declaraciones de Dios:

«Yo, yo Jehová, y fuera de mí no hay quien salve… Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados» (Isaías 43:11, 25).

«Dios justo y Salvador; ningún otro fuera de mí. Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más» (Isaías 45:21, 22).

«El Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido» (Lucas 19:10).

«Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios» (Efesios 2:8).

Salvar lo que estaba perdido, es la salvación. Los pasajes citados muestran claramente que la salvación es la obra de Dios, y que el hombre la recibe mediante la fe. Por eso hablamos de la salvación de los que creen, la salvación de los creyentes.

Esta obra fue hecha por Dios a través de su único Hijo que «habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen» (Hebreos 5:9). Esta salvación eterna, llamada en Hebreos 2:3 «una salvación tan grande», es por lo tanto una obra divina que el hombre recibe gratuitamente como un don. «Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro» (Romanos 6:23).

La salvación va de par con el nuevo nacimiento, la comunicación de la vida divina, la vida eterna y la participación en la nueva creación. «Si alguno está en Cristo, nueva creación es» (2 Corintios 5:17, VM); «somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas» (Efesios 2:10).

El nuevo nacimiento no anula la responsabilidad del creyente, sino que por el contrario la afirma. Como hijo de Dios, es responsable de caminar como tal: «andad como hijos de luz» (Efesios 5:10). Si no camina así, tendrá que tratar con la disciplina de Dios, «mas siendo juzgados, somos castigados por el Señor, para que no seamos condenados con el mundo» (1 Corintios 11:32).

Para el creyente, el juicio ha pasado porque fue llevado en su lugar por Cristo, una vez por todas en la cruz. «De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida» (Juan 5:24).

Por un lado, ser consciente de que su salvación es la obra de Dios llena el corazón del creyente de certidumbre. «Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios» (1 Juan 5:13). Por otra parte, el creyente no puede de ninguna manera presumir del carácter definitivo de lo que Dios ha hecho por él, para actuar como él lo considere bien y despreciar los mandatos de la Palabra de Dios de la misma manera que los incrédulos cuyo camino conduce a la perdición. Actuar como ellos voluntariamente y persistir en sus pecados, sería demostrar que no conocemos a Dios.

Nuestros corazones son también reacios a aceptar «la verdadera gracia de Dios» (1 Pedro 5:12) como estando dispuestos a transformarla «en libertinaje» (Judas 4). Por lo tanto, la Biblia abunda en pasajes que establecen la salvación de Dios, y otros que enfatizan la responsabilidad del hombre. El espíritu del hombre que no acepta plenamente estas palabras (o afirmaciones), encuentra contradicciones donde Dios quiere enseñarnos derrotando nuestros razonamientos.

En este tratado, traducido y adaptado del holandés, el autor, plenamente convencido de que la obra divina de salvación no puede ser destruida, ha tratado de responder a las preguntas planteadas sobre los pasajes que insisten precisamente en la responsabilidad del hombre, sea quien sea, incrédulo o creyente. Podrá ser útil para aquellos que están ejercitados por uno u otro pasaje, así como para los que están comprometidos a ayudarlos. Nuestro deseo, como nuestra oración, es que sean conducidos a comprender al mismo tiempo:

  • «la feliz libertad de un hijo ante su Padre,
  • y el santo temblor de un mortal delante de Dios» (*)

(*) Según Adolphe Monod, «Himnos y Cantos» N° 90.

¡Bienaventurado aquel que acepta la verdadera gracia del Dios Salvador y la responsabilidad del creyente de caminar en consecuencia, sin pretender oponerlas! Él escucha la voz del Buen Pastor y se apoya en su palabra: «Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano» (Juan 10:27, 28).

2 - Introducción

Antes de intentar responder a la pregunta planteada en el título de lo que estamos exponiendo, trataremos de aclarar con la Biblia, la Palabra de Dios, lo que es un creyente, un cristiano y un profesante, y luego veremos la dificultad que representa esta pregunta.

2.1 - Creyentes o simples profesos

El término «creyente», en su sentido bíblico, se refiere a todos aquellos que han creído en Dios, en cualquier momento que hayan vivido. Abraham es un creyente (Gálatas 3:9), porque «Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia» (Gálatas 3:6).

Hoy, desde la venida del Hijo de Dios a la tierra, los creyentes siguen siendo los que creen en Dios cuando habla, es decir, los que creen en las palabras de Jesús (Juan 5:24), en la palabra del Evangelio (Hechos 15:7), la palabra que anuncia al Señor (Hechos 11:20, 21; 16:30-34), y confían plenamente en Su obra de salvación, volviéndose a Él y uniéndose a Él (Hechos 5:14; 9:35; 11:21, 24; 18:5, 8; véase también Romanos 10:4). Estos creyentes son cristianos porque llevan su nombre, por así decirlo (Hechos 11:21, 24, 26). Han recibido, por pura gracia y por medio de la fe (Efesios 2:8), la vida divina, la vida eterna, como está escrito: «Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida» (1 Juan 5:11, 12).

Un verdadero creyente es alguien que ha nacido de nuevo (Juan 3:3, 7, 14-16). No es una cuestión de nacimiento natural o de filiación. Tener padres creyentes, haber recibido una educación cristiana o estar vinculado a una reunión cristiana no da nueva vida. Alguien que admite la existencia del cielo y del infierno(*), que incluso reconoce que hay un Dios que un día nos pedirá cuentas de todas nuestras acciones, no es necesariamente salvo o nacido de nuevo. De hecho, los demonios también creen que Dios existe y que habrá un lugar de tormento, pero eso no es lo que los salva (Santiago 2:19).

(*) El término «infierno» no se encuentra en la Biblia. Este término reemplaza aquel de «gehenna».

Un «creyente», un «cristiano nacido de nuevo», es alguien que, en arrepentimiento sincero, se ha reconocido como pecador ante Dios y ha aceptado por la fe que Jesucristo murió en la cruz para llevar sus pecados y que Dios lo resucitó (Lucas 24:47; Juan 3:3, 16; 5:24; Hechos 2:38; 17:30; 20:21; 1 Juan 1:9).

Muchos, sin embargo, al menos en Occidente, se proclaman cristianos sin ser realmente creyentes en el sentido bíblico de la palabra. Según la expresión de Tito 1:16, muchos «profesan conocer a Dios, pero con los hechos lo niegan». Y también están aquellos cuyas obras son engañosas. Todo hombre que declara estar apegado a Cristo, es decir ser cristiano, es un «profeso» del cristianismo. Pero para ser salvos, esta declaración debe estar acompañada por la fe en el corazón (Romanos 10:9).

Así pues, utilizaremos la expresión «simples profesos» para designar a aquellos que se dicen cristianos, pero que solo tienen la apariencia de vida. Nos referiremos a ellos de esta manera para la claridad de la presentación, sabiendo que a menudo no nos es posible distinguirlos de los verdaderos creyentes, porque solo Dios conoce el verdadero estado de los corazones (2 Timoteo 2:19).

2.2 - El destino de los profesos ordinarios

El subtítulo de este tratado no significa: ¿Puede alguien que dice ser cristiano, o que se hace pasar por creyente, estar perdido? Desafortunadamente, esto es posible, porque todos los que son solo cristianos de nombre, pasarán la eternidad «en las tinieblas de afuera» (Mateo 8:12; 22:13; 25:30). La palabra pronunciada por el mismo Señor es decisiva: «No todos los que me dicen: Señor, Señor, Señor, entrarán en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: «Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad» (Mateo 7:21-23).

En este pasaje el Señor Jesús no habla ni de los incrédulos ni de los hombres que no saben nada de la fe, ya que ellos designan a Cristo como su Señor y hasta son muy celosos en la actividad cristiana. Sin embargo, les declara inequívocamente que están perdidos. Insistamos en que no dice: «Os he conocido bien, pero ahora ya no te conozco»; al contrario, su Palabra, una palabra de juicio (Juan 12:48), resuena para todos estos cristianos de nombre: «Nunca os conocí». ¡Entonces, estos hombres nunca han hecho parte de los suyos! Para la salvación, no basta con decir simplemente «Señor, Señor»: hay que hacer la voluntad de su Padre. Y esta no consiste en primer lugar en «profetizar», «expulsar demonios» y participar en actividades cristianas, sino en creer en el Señor Jesús. Los que preguntaban: «¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios?», recibieron como respuesta: «Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado» (Juan 6:28, 29).

2.3 - ¿Dónde está la dificultad?

Habiendo visto la diferencia en el futuro entre un simple profeso y un verdadero creyente, entendemos que el tema tratado no es: «¿Pueden perder los profesos o los cristianos activos su salvación?», sino más bien: «¿Pueden los creyentes, nacidos de nuevo, perder su salvación?»

Se podría simplemente responder a la pregunta basándose en un pasaje de la Biblia como: «El que cree en el Hijo tiene vida eterna» (Juan 3:36). Pero la pregunta que preocupa a algunas personas no es si el que cree tiene vida eterna, sino si el creyente puede perder esta fe y, en consecuencia, perder la vida eterna. Mostraremos que, si alguien cree, como lo entiende la Biblia, es salvo y permanece salvo, pase lo que pase. Para esto debemos someter nuestros sentimientos y nuestros razonamientos a las declaraciones de la Palabra de Dios; y la Biblia es la palabra de Dios.

Una dificultad se encuentra con frecuencia entre los jóvenes creyentes: «¿Cómo podemos estar seguros de que somos salvos?» En términos generales, la respuesta es que obtenemos esta seguridad simplemente confiando en las declaraciones de la Palabra de Dios y que luego el Espíritu Santo nos da la plena convicción de que somos hijos de Dios. Esta importante cuestión no se aborda en este tratado, que se limita a estudiar el caso de aquel que ya tiene la seguridad de la salvación, pero que teme perderla.

3 - Hijo de Dios para siempre

Antes de abordar los versículos que pueden inquietarnos acerca de la pérdida de la salvación, es apropiado que nos fortalezcamos buscando aquellos que presentan certidumbres sobre la eternidad de nuestra relación como hijos de Dios. Esto es lo que haremos en este capítulo.

3.1 - Nada puede separarnos del amor de Dios

«¿Quién acusará a los escogidos de Dios?... ¿Quién nos separará del amor de Cristo?... Estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro» (Romanos 8:33, 35, 38-39).

En estos versículos, el apóstol Pablo no deja ninguna duda en cuanto a la pregunta que estamos considerando. Nada, ni nadie puede separar del amor de Dios a quien él ha elegido, y a quien ha manifestado su amor en Jesucristo. La expresión «ni la muerte, ni la vida», ¿no abarca todo lo que puede ejercer una influencia? Ni la muerte ni la vida pueden separarnos del amor de Dios. Del mismo modo, en el mundo de los espíritus, no hay ningún poder capaz de hacerlo: «Ni ángeles ni principados» (se pueden ver en los principados los ángeles que cayeron con Satanás; véase Efesios 6:12). Pablo añade «ni lo presente ni lo por venir». ¿Podemos imaginar un acontecimiento o una experiencia que no forme parte de la expresión «ni lo presente, ni lo por venir»? Por lo tanto, tampoco estas pueden separarnos del amor de Dios. El apóstol continúa: «ni las potencias, ni la altura» –por lo tanto, nada en el cielo–, «ni la profundidad», ni nada en el dominio de Satanás, «ni ninguna otra criatura puede separarnos del amor de Dios». Estos versículos nos muestran que el creyente está para siempre a salvo en las manos de Dios.

Sí, pero…

A estas certidumbres, podemos objetar: Es verdad que nada podrá separarnos del amor de Dios, mientras creamos, pero la duda nos quita el gozo del amor de Dios.

Este no es el caso y lo demostraremos de tres maneras diferentes.

3.1.1 - La elección

En el versículo que estamos estudiando, los creyentes son llamados los elegidos de Dios. El apóstol ya ha demostrado (Romanos 8:28) que «sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados».

No hicimos el primer paso hacia Dios espontáneamente, no fuimos nosotros los que lo amamos primero. Dios se inclinó hacia nosotros y nos ha llamado de acuerdo a su propósito eterno. Así que la salvación viene de Dios. Este pensamiento se desarrolla aún más en los versículos siguientes: «Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a estos también llamó; y a los que llamó, a estos también justificó; y a los que justificó, a estos también glorificó» (Romanos 8:29-30).

Por naturaleza no amamos a Dios, y no lo buscamos. Es Dios quien, desde hace mucho tiempo, tenía pensamientos de gracia hacia nosotros. Es Dios quien nos ha llamado por el evangelio y nos ha justificado. Es Dios quien nos glorificará como Él lo ha cumplido en Cristo.

Toda nuestra condición, todo lo que somos como cristianos, descansa en lo que Dios ha hecho y en lo que Dios es para nosotros. El plan de Dios es como una cadena cuyos eslabones se hunden en la eternidad pasada (conocimiento anticipado y predestinación), para atravesar el tiempo (llamado y justificación) y terminar en la gloria de la eternidad futura. Es una cadena de oro que no se rompe.

Es importante notar que aquí no se trata de nosotros como creyentes, sino como elegidos. La elección da al hijo de Dios la certeza de que su salvación eterna no puede ser derrocada.

¿Cómo encaja la elección con la responsabilidad del pecador de arrepentirse? Solo Dios puede conciliar estos dos aspectos de la verdad. Por un lado, Dios es soberano en su plan de elección y no tiene que responder ante nadie (Job 33:13; Romanos 9:20), y por otro lado el hombre es responsable de convertirse porque Dios «ahora ordena a los hombres, que todos, en todas partes, se arrepientan» (Hechos 17:30, VM).

3.1.2 - La perfecta seguridad del creyente

En este pasaje de Romanos 8, nunca se trata de lo que sucede en nosotros, sino de lo que Dios es y de lo que ha hecho. Por supuesto, es por la fe que sabemos que somos los elegidos de Dios y que hemos sido justificados. Pero aquí encontramos lo que Dios ha hecho; y lo que hace es indestructible. Incluso la duda que Satanás puede insinuar en el alma no puede afectar a lo que Dios es, ni a lo que ha hecho. No está en el poder de Satanás separarnos del amor de Dios. Nuestra seguridad es perfecta.

Para demostrar esto, el apóstol hará tres preguntas importantes.

¿Quién estará contra nosotros?

Respuesta: Nadie, porque «Dios es por nosotros» (Romanos 8:31), y nos dará todo lo que necesitemos. ¿Cuál es la prueba de ello? Él entregó a su propio Hijo por todos nosotros (Romanos 8:32).

¿Quién acusará a los elegidos de Dios?

Respuesta: Nadie puede acusar o condenar a aquellos a quienes Dios, poseedor de la autoridad suprema, declara justos, porque Jesús fue condenado en nuestro lugar en la cruz y resucitó para nuestra justificación (Romanos 8:33-34; 4:25). Glorificado en el cielo, él es nuestro garante en la presencia del Dios justo.

¿Quién nos separará del amor de Cristo?

Respuesta: Nada, ni nadie. Puesto que Cristo murió y resucitó de entre los muertos, puesto que está a la diestra de Dios como nuestro intercesor permanente, ¿qué dificultad o qué poder sería capaz de romper este vínculo de amor que nos une a Cristo y, a través de él, a Dios?

Ante Dios, nadie puede oponerse a un creyente, nadie puede acusarlo, nadie puede condenarlo, y nada puede separarlo del amor de Dios, que está en Cristo Jesús. Este pasaje establece de la manera más fuerte posible la seguridad perfecta del hijo de Dios.

3.1.3 - Hijo de Dios

En lo que precede, hemos utilizado varias veces la expresión «hijo de Dios» sin dar su origen. Busquemos la enseñanza de la Palabra de Dios sobre esta expresión porque ilumina el tema de manera muy útil. El primero de los pasajes que usan esta expresión muestra que es el privilegio general de todos los creyentes actuales ser hijos de Dios: «A todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios» (Juan 1:12).

Cuando el creyente está en un estado normal, el Espíritu de Dios teniendo su acción libre en él, es consciente de su relación como hijo de Dios y se goza vivirla ahora (Romanos 8:16; 1 Juan 3:2). Esta nueva relación es un don de Dios (1 Juan 3:1). Esto da al creyente plena certeza para el futuro en la medida en que este don, esta relación, depende de Dios y no de él. Fue Dios quien actuó en cuanto a los privilegios ya considerados en relación con los pasajes de Romanos 8.

Después de haber hablado de los privilegios y de las responsabilidades del creyente como hijo de Dios, el apóstol Juan dice: «Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios» (1 Juan 5:13). ¿Qué podría afectar socavar a estas certezas? Un hijo puede ser desobediente, pero su condición de hijo no cesa. Así, los que han creído en el Señor Jesús son hijos de Dios y se benefician de las consecuencias eternas de esta condición que depende de Dios y no del hombre.

¿Cómo se llega a ser hijo de Dios? Por el nuevo nacimiento producido en nosotros por la Palabra de Dios y por el Espíritu. Este nuevo nacimiento nos introduce de una vez por todas en la esfera de la nueva creación. En el plano físico, un hombre pasa por el nacimiento solo una vez; lo mismo es cierto en el plano espiritual, el creyente pasa por el nuevo nacimiento solo una vez y los efectos son para la eternidad.

¿Cómo muestra Dios que recibe al que cree como su hijo? Lo sella con su Espíritu: «Habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa» (Efesios 1:13). Este sello del Espíritu no es algo temporal, el creyente es sellado «para el día de la redención» (Efesios 4:30), es decir, para la salvación final y completa del creyente, aunque entristezca a este Espíritu con faltas durante su vida. Dios no se equivoca, marca con su Espíritu al que le pertenece para siempre. Ciertamente, somos hijos de Dios por la eternidad, y somos parte del cuerpo de Cristo por siempre. Dios nos ha dado su vida, su naturaleza, su Espíritu, y nos ha unido a su Hijo. Ahora bien, «irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios» (Romanos 11:29).

Así, lo que dice la Palabra de Dios, tanto sobre la elección del creyente, como sobre su seguridad y su condición de hijo de Dios, le permite apoyarse, plenamente y sin restricciones, en la certeza de que nada puede o podrá separarlo del amor de Dios. Ninguna objeción válida puede socavar esta certeza.

3.2 - Nadie los quitará de mi mano

He aquí un segundo pasaje que establece la seguridad del creyente: «Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre. Yo y el Padre uno somos» (Juan 10:27-30).

Estas palabras del Señor son muy fuertes en su simplicidad, y muy suficientes para establecer la perfecta seguridad del creyente. ¿Qué más necesitamos? ¿Cómo se le puede restar algo, si no es por incredulidad?

En el día del juicio, Jesucristo responderá «Nunca os conocí» (Mateo 7:23) a los que le llamaron «Señor, Señor», sin pertenecer a Él. Pero, como dice de sus ovejas: «Yo las conozco» (Juan 10:27), no puede decir más tarde a una de ellas que nunca la conoció.

Jesucristo dijo: «No perecerán jamás». Si algunos añaden: Esto solo es válido, por supuesto, mientras sigan siendo sus ovejas, nosotros respondemos: Jesucristo dice por un lado «Nadie las arrebatará de mi mano»; y por otro lado «Nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre».

Algunos todavía pueden objetar: «Pero pueden apartarse de esta mano abandonando la fe»; este pensamiento es infundado en la Escritura. La mano que los sostiene es una mano divina y no está en su poder dejar esa mano.

3.3 - Hecho perfecto a perpetuidad

Veamos sobre qué fundamento descansa la salvación eterna del creyente. El autor de la Epístola a los Hebreos opone el sacrificio de Jesucristo, hecho de una vez para siempre, a los sacrificios siempre renovados en el tiempo de la Ley. Un israelita no podía afirmar que, a través de un solo sacrificio, la cuestión del pecado y el libre acceso a Dios había sido resuelto para él para siempre (Hebreos 10:2). Ni siquiera los sacerdotes podían encontrar descanso a este respecto. No estaban sentados, sino de pie, siempre activos (Hebreos 10:11). Pero para el creyente en el tiempo de la Iglesia, está escrito: «En esa voluntad (es decir, por la voluntad de Dios) somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre» (Hebreos 10:10).

Jesucristo se ha sentado a la diestra de Dios. Sobre la base de este único y perfecto sacrificio, los creyentes son santificados y hechos perfectos para siempre (Hebreos 10:14). ¿Durante cuánto tiempo son hechos perfectos? ¿Mientras crean? No, ¡son hechos perfectos para siempre! Si alguien enseña que los redimidos pueden perder la salvación –con la consecuencia de que deben «convertirse» de nuevo de su estado de pecador para convertirse en hijos de Dios– reduce así el valor del sacrificio de Jesucristo al de un sacrificio del Antiguo Testamento.

3.3.1 - ¿Qué pasa con nuestros pecados futuros?

Hagamos una pausa por un momento en el razonamiento de aquellos que retienen la doctrina de la posible pérdida de la salvación para un pecador redimido.

Escuchemos a un hombre que ha retenido esta enseñanza durante algún tiempo. Se trata del evangelista americano Ironside. Dijo: «Cuando me convertí, pensé que todos mis pecados cometidos desde el momento en que Dios me hizo responsable hasta que puse mi confianza en el Señor Jesús habían sido quitados. Dios me permitía comenzar una nueva vida, y si, a partir de entonces, yo mantenía mi vida pura hasta el final, podría ir al cielo. Pero si no la mantenía pura, entonces dejaría de ser cristiano y tendría que convertirme de nuevo. Cada vez que me convertía de nuevo, podía confiar en la sangre de Jesús para mi pasado, pero para el futuro, era mi responsabilidad mantener puro el curso de mi vida».

Luego agrega esto: «Más tarde, ¡me di cuenta de cuán deshonrosa es esta doctrina para Dios! Si solo los pecados cometidos antes de la conversión son expiados por la sangre de Cristo, ¿cómo pueden ser expiados los pecados cometidos después de mi conversión, los cuales he confesado ante Dios (1 Juan 1:9)? El único fundamento para que Dios perdone los pecados, es la sangre de Cristo que fue derramada de una vez por todas. Esta es la sangre que «limpia de todo pecado» (1 Juan 1:7); su valor es permanente».

Cristo murió no solo por los pecados que cometimos antes de nuestra conversión, sino también por los que todavía podemos cometer después. Cuando Cristo llevó «nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero (la cruz)» (1 Pedro 2:24), eran pecados futuros en relación con el tiempo en el que los expió.

3.3.2 - ¿Una autorización para pecar?

¿No es esta una declaración peligrosa, que nos daría permiso para pecar? ¡De ninguna manera! Si bien es cierto que el que recibió a Jesucristo como su Salvador no tendrá que responder en el día del juicio por ninguno de sus pecados, porque Cristo los llevó todos en su lugar bajo el juicio de Dios, también es cierto que el creyente adquiere, al convertirse, una nueva responsabilidad, la de hijo de Dios delante de su Padre. Si un hijo de Dios peca, el Señor Jesús se ocupará de él en su gobierno a propósito de ese pecado, no como juez, sino como Abogado (Hebreos 4:15; 1 Juna 2:1). Sin detenernos demasiado en este tema, podemos mostrar cuáles son las consecuencias de un caminar en pecado para el hijo de Dios.

Pierde el gozo de la salvación y tal vez ya no estará seguro de su salvación, aunque permanezca salvo.

Pierde la comunión con el Padre y está bajo su disciplina, con el fin de sacar a su hijo de un camino de error. También pierde la comunión con el Señor Jesús.

Pierde la comunión con los otros creyentes y cae bajo la disciplina de la asamblea.

Durante todo el tiempo que vive en pecado, pierde la recompensa futura relacionada con la fidelidad. Ser salvo es una cosa, recibir la recompensa es otra; esto está muy claro en la Palabra (1 Corintios 3:14-15; 2 Corintios 5:10).

Solo el que es verdaderamente un hijo de Dios, siente la seriedad de estas cosas, y entiende que pecar resulta caro. En cualquier caso, la actividad del Señor como abogado (1 Juan 2:1; Juan 21:15-17) no le permitirá seguir un camino de pecado con la conciencia tranquila, sino que trabajará para su restauración y el restablecimiento de las relaciones de comunión con Él, el Señor, con su Dios y Padre, y con sus hermanos.

3.4 - La salvación es la obra de Dios

Ya el Antiguo Testamento declaraba que todo lo que Dios hace será perpetuo (Eclesiastés 3:14). Cuánto más podemos estar convencidos que la salvación llevada a cabo por Dios en el don de su Hijo tenga consecuencias eternas para nosotros.

3.4.1 - Dios completará su obra

Estoy «estando convencido de esto, que el que comenzó en vosotros una buena obra, la llevará a cabo hasta el día de Cristo Jesús» (Filipenses 1:6, VM).

Y de nuevo: «Jesucristo; quien os guardará hasta el fin, irreprensibles en el día de nuestro Señor Jesucristo» (1 Corintios 1:7-8, VM; véase también 2 Tesalonicenses 3:3).

Estos dos versículos muestran claramente que Dios continúa su obra en nosotros hasta que alcancemos la gloria. Sin embargo, quien piense que el creyente puede perder la salvación, citará inmediatamente el pasaje (Mateo 24:13): «El que persevere hasta el fin, será salvo». Con esto deja entender que hay creyentes que no perseveran y que se perderán. Esta deducción es falsa, pero volveremos a ella más adelante (véase el apartado 4.2.1).

En los dos versículos citados, no se trata de nuestra perseverancia, sino de la perseverancia de Dios y la del Señor Jesús. El trabajo de conversión y la fe en nuestros corazones no es visto aquí como nuestro trabajo, sino como la obra de Dios, y así llegamos a la raíz del problema.

A través de la predicación del Evangelio, Dios pone al hombre ante su responsabilidad de recibir la buena nueva de la salvación: «El que quiera, que tome agua de la vida gratis» (Apocalipsis 22:17). Un evangelista debe presentar siempre la salvación de tal manera que quede claro que la responsabilidad recae en el pecador, sin olvidar el otro lado: la salvación del pecador es la obra de Dios.

No podemos reconciliar estas dos cosas con nuestra limitada inteligencia. Debemos recibirlos por fe para no caer en conceptos opuestos, inspirados sólo por uno de los dos aspectos de la verdad. De hecho, algunos insisten solo en la responsabilidad del pecador de convertirse, y así hacen de la salvación un asunto humano, manteniendo que Cristo tuvo que dar su vida en la cruz para que esta salvación sea posible. Otros excluyen la responsabilidad del hombre y dicen: «Esto solo se te puede dar; Dios debe hacerlo».

En cualquier caso, Dios completará la obra que ha comenzado y Jesucristo nos fortalecerá hasta el final. La pregunta no es si perseveramos, sino si Dios persevera. Y como él persevera, nosotros perseveramos a través de él hasta el final.

Dios terminará su obra en nosotros, a pesar de nuestros fracasos, porque Cristo es el mediador de nuestra salvación. Él intercede continuamente en el cielo por cada uno de nosotros y su intercesión es siempre eficaz porque se basa en el valor eterno de su sangre ante Dios. Así, pues, somos continuamente «salvos por su vida» (Romanos 5:10), porque él está «viviendo siempre para interceder» (Hebreos 7:25; véase también 1 Juan 2:1) por nosotros.

3.4.2 - Una nueva creación

«Si alguno está en Cristo, nueva creación es; las cosas viejas pasaron, he aquí que todas las cosas han sido hechas nuevas» (2 Corintios 5:17). Esta es una prueba más de la eternidad de la salvación.

Adán es el líder de la raza de todos los hombres. Debido a que se hizo independiente de Dios en el huerto en Edén, se convirtió en un pecador en su naturaleza y en estos actos. También, todos sus descendientes han nacido pecadores y sobre todos descansa la sentencia de muerte (Romanos 5:12 y 2 Corintios 5:14).

Ningún hombre ha nacido sin ser de la raza de Adán, excepto el Señor Jesucristo. Fue concebido milagrosamente por el Espíritu Santo (Mateo 1:20; Lucas 1:35). Tres versículos atestiguan claramente su pureza absoluta: «No hizo pecado» (1 Pedro 2:22), testificó Pedro. Él «no conoció pecado» (2 Corintios 5:21) (como un poder seductor) escribe Pablo. «En él no hay pecado» (1 Juan 3:5) dice Juan. Jesucristo descendió hacia nosotros, tomó nuestros pecados sobre sí mismo, fue hecho pecado, y voluntariamente entró en la muerte. Descendió al abismo, en el que nos encontramos espiritualmente respecto a Dios. Pero también ha resucitado. No permaneció en la muerte, sino que salió de ella con poder y majestad a través de la resurrección. Sin embargo, no es solo por él que hizo esto. La Escritura dice: «Pero Dios… nos vivificó con Cristo… y nos resucitó con él, y nos sentó con él en los lugares celestiales en Cristo Jesús» (Efesios 2:4-6).

Esto significa que Dios no nos puso de nuevo en la condición en que estaba Adán antes de su caída, sino que creó algo completamente nuevo para nosotros: ahora pertenecemos, en Cristo, a una nueva creación, sobre la base de su resurrección.

Y porque pertenecemos a la nueva creación, nunca más podemos estar perdidos.

Otra vez: Sí, pero…

Algunos se preguntarán: «¿No es esto válido solo mientras mantengamos la fe?»

No somos nosotros quienes hemos decidido nacer, en la primera creación, como descendientes de Adán. De la misma manera, la nueva creación no es obra nuestra, sino de Dios: «Porque por gracia sois salvos mediante la fe; y esto no procede de vosotros, es el don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó antes para que anduviésemos en ellas» (Efesios 2:8-10, VM).

Este pasaje, y otros con él (2 Corintios 5:15-18; 2 Timoteo 1:9-10; Romanos 3:28), muestra muy claramente que la salvación es la obra de Dios. ¿Por qué es así? Porque Dios quiere quitar cualquier motivo que pudiera llevar al pecador salvado a glorificarse y elevarse. Si fuéramos salvos por el principio de nuestras propias obras, entonces podríamos jactarnos de algo. No, dice la Escritura, solo se puede ser salvo por el principio de la fe en la obra hecha por Jesucristo.

Si esta fe fuera el resultado de nuestra propia capacidad, entonces tendríamos algo de que jactarnos. Pero la Palabra muestra que la fe misma es parte del don de Dios (Efesios 2:8; Filipenses 1:29). Si la perseverancia en la fe dependiera de mí, entonces todavía podría glorificarme a mí mismo. Pero esta razón para glorificarnos también nos es quitada. Es la obra de Dios desde el principio hasta el final. Él ha completado en nosotros lo que ha comenzado. Somos una nueva creación en virtud de lo que él hizo. Nunca podremos destruir la obra de la nueva creación de Dios en nosotros.

El creyente pertenece a esta nueva creación. Estábamos perdidos siguiendo al líder de la primera creación que fracasó y cayó. Somos salvos porque el líder de la nueva creación nunca será sacudido y nunca fallará.

3.5 - El que cree tiene la vida eterna

Hemos visto que a la pregunta «¿Puede el creyente perder la salvación?», las almas preocupadas no se conforman con la respuesta que consiste simplemente en aferrarse al versículo: «El que cree en el Hijo tiene vida eterna» (Juan 3:36). También se podría haber contestado: «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna» (Juan 3:16) y: «De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida» (Juan 5:24).

Estos tres pasajes son convincentes en sí mismos, pero algunas personas están preocupadas y no pueden confiar en estas verdades para poder gozar de la paz de corazón (o del alma). También para explicar su rico alcance, debemos examinar lo que significa «vida eterna». De hecho, hay varios conceptos insuficientes acerca de este tema. Para algunas personas, sólo implica una existencia eterna. Para otros, significa que un creyente, si persevera en la fe, vivirá para siempre en un estado de perfección con el Señor Jesús. Finalmente, algunos consideran la vida eterna como un regalo que recibimos aquí en la tierra, y que debemos guardar hasta el día de nuestra muerte, para experimentar toda su gloria. Examinemos estos tres conceptos en detalle.

3.5.1 - La vida eterna y la existencia eterna

Desde la caída del hombre, la vida natural ha estado marcada por la muerte (Romanos 5:12; Génesis 2:17). Esto concierne no solo a nuestra condición espiritual, sino también a nuestro cuerpo (Romanos 5:14; Hebreos 9:27). Ningún hombre puede existir eternamente, como pecador, en esta tierra. Así pues, estamos sujetos a la muerte del cuerpo. Entonces el hombre no convertido debe comparecer ante Dios para ser, después de su juicio, arrojado al lago de fuego que es la muerte segunda, la muerte eterna (Apocalipsis 20:11-15). Sin embargo, él continuará existiendo eternamente (Mateo 10:28; Lucas 16:23) aunque esté eternamente muerto. La vida eterna no es por tanto lo mismo que una «existencia eterna», es mucho más que eso.

3.5.2 - La vida eterna, nuestra parte actual

La vida eterna es también más que una vida futura en perfección con el Señor Jesús, aunque también incluye este significado. En este sentido, la Escritura habla de «la esperanza de la vida eterna» (Tito 1:2) y esto concierne al pleno cumplimiento de todo lo que Jesucristo ha hecho por el creyente. Nuestra alma ya es salvada por la fe, pero la salvación de nuestro cuerpo está por venir (Romanos 8:22-25). En cuanto a él, es «salvo en la esperanza» y todavía estamos esperando la redención. Cuando Jesucristo regrese, Él transformará nuestros cuerpos de humillación para conformarlos a Su cuerpo glorioso (Filipenses 3:21). Entonces recibiremos la vida eterna en su plenitud, porque aun nuestro cuerpo será parte de ella. Muchos otros pasajes, principalmente en los escritos del apóstol Pablo, presentan la vida eterna como una posesión futura (Romanos 2:7; Gálatas 6:8; 1 Timoteo 1:16; 6:12, 19; Tito 1:2; 3:7).

Sin embargo, la vida eterna es también nuestra parte presente. El apóstol Juan nos lo muestra en su evangelio y en sus epístolas. El Espíritu testifica por medio de él que el creyente ya tiene vida eterna. Los tres pasajes de su evangelio citados anteriormente lo demuestran claramente.

3.5.3 - El que tiene al Hijo tiene la vida

No es justo comparar la vida eterna con un don precioso, que llevamos con nosotros y sobre el que debemos vigilar atentamente, para no perderlo. La vida eterna no es algo que se añade a la vida natural, sino que es de una naturaleza completamente nueva en relación con ella. La Escritura presenta al creyente como un hombre que está en una condición completamente nueva: «hemos pasado de muerte a vida» (1 Juan 3:14). El creyente no posee la vida de manera independiente: está «en Cristo», ligado a Él, participando de su vida (Romanos 6:23; 1 Juan 5:11; 2 Corintios 5:17).

La vida natural de un hombre comienza al nacer y se manifiesta a lo largo de su vida. De la misma manera, la vida eterna comienza en el nuevo nacimiento del creyente y se manifiesta a lo largo de su nueva existencia como hijo de Dios. No llevamos nuestra vida natural con nosotros como un paquete. De la misma manera, no tenemos la vida eterna como un regalo que podríamos perder.

Además, esta vida eterna no puede tener fin. Sería una contradicción en sí misma si la vida eterna tuviera un fin. Ya no sería la vida eterna. Sería similar a la vida natural que está sujeta a la muerte.

3.5.4 - La vida eterna es la vida divina

Supongamos que haya un hombre en la tierra que pudiera vivir para siempre. Este hombre a pesar de eso no poseería la vida eterna. Él solo tendría la vida natural que recibió de Adán al nacer. La vida natural de este hombre simplemente no tendría fin.

La vida eterna no es solo una vida sin fin, sino también una vida de carácter divino: «Este es el verdadero Dios, y la vida eterna» (1 Juan 5:20). El Señor Jesús también dijo: «Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado» (Juan 17:3).

La vida eterna consiste en conocer a Dios y a Jesucristo, en estar en relación viva con el Padre y con el Hijo. Esto significa tener la vida de Cristo. La vida eterna es vida divina. El que tiene vida eterna, como escribe el apóstol Pedro (2 Pedro 1:4), participa de la naturaleza divina. ¿Puede esta vida tener un final? ¿Puede morir en nosotros, esta vida que venció a la muerte mediante la resurrección de Cristo? Imposible. Por lo tanto, todos los pasajes que dicen que el creyente tiene vida eterna son pruebas seguras de que ningún creyente puede perderse.

3.6 - Otras pruebas

En conclusión, traeremos tres pruebas más de la eternidad de la salvación.

Si existiera la posibilidad de que un creyente perdiera su salvación, entonces nadie podía decir con certeza que iría al cielo, nadie podría saber si realmente es salvo. Sin embargo, la Biblia muestra que podemos estar seguros.

Considerando la muerte y resurrección del Señor Jesús, podemos afirmar con Job: «Sé que mi redentor vive… en mi carne he de ver a Dios» (Job 19:25, 26).

Considerando nuestra vida terrena, en la que nos encontramos con tantas circunstancias adversas, podemos decir: «Sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados» (Romanos 8:28).

Considerando el futuro, podemos decir con el apóstol Pablo: «Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos» (2 Corintios 5:1).

Este es el lenguaje de la fe basado en la Palabra de Dios.

4 - ¿Se puede perder la salvación?

Bien, alguien podría decir, que ahora hemos citado muchos pasajes que demuestran la seguridad de la salvación del creyente, pero hay otros tantos, si no más, que hablan del abandono, del rechazo o del hundimiento de la fe.

Eso es cierto, así que ahora examinaremos cuidadosamente estos pasajes, a menudo difíciles. Haremos esto teniendo en cuenta los versículos bíblicos examinados anteriormente que muestran que un hijo de Dios ya no se puede perder. Mediante los nuevos pasajes que estudiaremos, veremos si realmente conciernen a los creyentes, o solo a los hombres que se llaman a sí mismos cristianos, pero que no han nacido de nuevo.

En tal investigación, nunca debemos referirnos a pasajes que no entendemos completamente, para rechazar otro pasaje que no permite la vacilación. Por eso solo podemos recomendar encarecidamente que examinemos seriamente, con la Biblia en la mano, lo que se ha presentado anteriormente.

Muchas dificultades vienen del hecho de que la salvación tiene un alcance muy amplio. Para cada pasaje, por lo tanto, será necesario averiguar cuál es el verdadero significado de las palabras «salvación» o «salvar». La Palabra considera tres aspectos (1*) de la salvación:

a) la salvación inicial del alma (2*), salvación eterna obtenida mediante el nuevo nacimiento,

b) la salvación diaria (3*), es decir, las liberaciones divinas diarias en medio de las dificultades del camino hacia la meta celestial,

c) la salvación final en gloria (4*), es decir, la entrada en la gloria en = por/mediante la venida de Cristo.

El creyente tiene la seguridad, desde el momento de su nuevo nacimiento, que ya está salvado para la eternidad, y que estará salvado «enteramente», «perpetuamente», según la expresión de la Epístola a los Hebreos (5*), es decir, hasta su entrada en la gloria con Jesús. Lo que le da esta seguridad es que está constantemente sostenido por la intervención todopoderosa de Cristo ejerciendo el sacerdocio por nosotros ante Dios. De esta manera, recibimos cada día la ayuda que nuestra debilidad necesita.

(1*) Aparte de estos tres aspectos presentados a continuación, la mayoría de los pasajes de la Escritura presentan la salvación como la obra de Dios, en liberación, ya sea para Israel en la mayoría de los versículos del Antiguo Testamento o para todos los hombres, a través de la obra de Cristo en la cruz, ya en el Antiguo Testamento (Isaías 49:6 citado en Hechos 13:47), pero también en la mayoría de los pasajes del Nuevo Testamento. Por ejemplo, los pasajes de Romanos 1:16 y 11:11 y Hebreos 2:3 y 10 abarcan los tres aspectos que se dan = mencionan a continuación.

(5*) Hebreos 7:25 (ver nota de traducción = del traductor).

4.1 - ¿No es el hombre libre?

Se afirma erróneamente que la voluntad del hombre es libre. Él solo sería salvo mientras se dedicara a las cosas de Dios. Con esta afirmación errónea se admitiría que un creyente podría decidir, por un acto de su voluntad, negar a Jesucristo, lo que haría inoperante la elección. Entonces, ¿no se perdería de nuevo?

Antes de la caída, el hombre tenía libre albedrío, es decir, tenía la posibilidad –no el derecho– de oponerse (o rechazar) a Dios. Pero desde la caída, un hombre natural es esclavo (Juan 8:34; Romanos 6:17) del pecado y así esclavizado al poder de Satanás (Hechos 10:38; Hebreos 2:15). Es por eso que él debe ser liberado del poder de Satanás y volver a Dios (Hechos 26:18). De hecho, es Dios, el Padre, quien nos ha liberado del poder de las tinieblas (Colosenses 1:13).

Nadie es salvo por una vida de abnegación, sino solo porque ha nacido de nuevo, por lo tanto, guardado por el poder de Dios (1 Pedro 1:5). De la misma manera, un creyente no escoge seguir en el camino de la fe, sino que Dios lo predestinó para adoptarlo como hijo por la eternidad, de acuerdo al buen placer de su voluntad (Efesios 1:4-6). Quienquiera que enseñe que un creyente pudiera perder la salvación, ¿querría ignorar o menospreciar la voluntad de Dios? La voluntad del hombre no es libre: es tan enteramente pecaminosa y malvada, que nadie podría ser salvo si Dios no hubiera escogido y llamado a los hombres (Juan 6:44). Esto no quita al pecador la responsabilidad de convertirse (*).

(*) Véanse los apartados 3.1.1 y 3.4.1

4.2 - ¿Salvado bajo condición?

Veamos primero los pasajes que parecen dar una condición para mantener la salvación.

4.2.1 - ¿Y si alguien no persevera?

«El que persevere hasta el fin, este será salvo» (Mateo 24:13),

«Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos» (Juan 8:31).

De estos pasajes, se concluye que si alguien no persevera, o no permanece en la palabra del Señor, irá a la perdición. Esta conclusión es correcta, pero veremos que estos versículos no se refieren a la perdición eterna del alma.

En el primer pasaje, se trata de los creyentes del período posterior al arrebatamiento de la Iglesia, justo antes de que el Señor establezca su reino de justicia y de paz. Habrán entonces terribles persecuciones que debilitarán a muchos de los fieles. Solo aquellos que perseverarán hasta el final serán salvos en el sentido de que recibirán al Señor y entrarán en Su reino. El siguiente versículo confirma esta explicación porque se trata del «evangelio del reino» y no del evangelio de la gracia que nos concierne hoy. Por lo tanto, este pasaje no se aplica directamente al creyente en el tiempo de la Iglesia, aunque sí incluye una exhortación a la perseverancia válida para todos los tiempos.

En el segundo pasaje, se trata de ser un discípulo del Señor. La palabra discípulo significa simplemente «alumno, el que escucha la enseñanza». Un verdadero discípulo es aquel que pone en práctica la enseñanza perseverando en ella. Escuchar una enseñanza o ponerla en práctica son dos cosas muy diferentes (Santiago 1:22). No se trata aquí de la salvación, que consiste en ser justificados ante Dios por la simple fe en la obra de Cristo.

Este pasaje debe compararse con el versículo: «Ninguno que poniendo su mano en el arado mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios» (Lucas 9:62). Poner la mano en el arado es un buen comienzo. Sin embargo, el que se vuelve y pone al padre y a la madre por encima del Señor muestra que su corazón no está con el Señor. En el libro de Rut, Orpa había hecho un buen comienzo. Sin embargo, cuando se enfrentó a la elección decisiva, dejó a Israel y al Dios de Israel y eligió a Moab y a sus dioses (Rut 1:14-15). De la misma manera, la esposa de Lot salió de Sodoma, pero se volvió para mirar y se quedó atrás; su corazón aún permaneció en Sodoma, aunque sus pies ya habían salido. Finalmente desobedeció el mensaje de salvación y se perdió (Génesis 19:26). Ambas perdieron sus vidas terrestres. No podemos saber si obtuvieron o no la salvación eterna de sus almas, aunque el hecho de no perseverar en la fe sugiere que no poseían la vida de Dios.

4.2.2 ¿Y si alguien no es fiel?

En relación con lo anterior, se cita a menudo: «Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida» (Apocalipsis 2:10).

Si alguien no es fiel hasta la muerte, entonces se concluye que tampoco obtendrá la vida eterna. En este pasaje, sin embargo, no es una cuestión de salvación, sino de recompensa. No se dice que el que es fiel obtendrá la vida eterna, sino la corona de la vida. Se trata de recompensa y no de salvación, como en Colosenses 2:18: «Nadie os prive de vuestro premio». La Escritura habla de cinco coronas en relación con los redimidos:

  • La corona incorruptible, recompensa por una carrera perseverante en el combate cristiano (1 Corintios 9:25-26).
  • La corona del siervo, recompensa por el servicio fiel al Señor (1 Tesalonicenses 2:19; Filipenses 4:1).
  • La corona de justicia, recompensa por un caminar en justicia práctica que el Señor aprobará públicamente el día de su aparición (2 Timoteo 4:8).
  • La corona de vida, recompensa por la fidelidad en la prueba y el sufrimiento por Cristo, incluso hasta la muerte (Santiago 1:12; Apocalipsis 2:10).
  • La corona incorruptible de gloria, recompensa por la devoción de aquellos que pastorean el rebaño de Dios (1 Pedro 5:2-4).

Puede que uno no reciba ninguna de estas coronas prometidas a los vencedores, y sin embargo uno es salvo. La Escritura dice: «Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque así como por fuego» (1 Corintios 3:15). Por supuesto, ningún hijo de Dios querría ser salvo de esta manera. Nadie querría ser liberado con las manos vacías como Lot huyendo de Sodoma.

4.2.3 - ¿Y si alguien se retira?

«Muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él» (Juan 6:66).

Un gran número de discípulos seguían al Señor. Sin embargo, cuando habla de sus sufrimientos y de su muerte y les dice que tendrían vida eterna y que solo permanecerían en comunión con él si comían su carne y bebían su sangre, imágenes de fe en el Salvador que murió por ellos, entonces se retiran. Esta enseñanza era demasiado dura para ellos. No querían recibir esta palabra. Este episodio muestra que la idea de participar en la muerte del Señor como una necesidad para tener vida es insoportable para el hombre natural, aunque inicialmente estuviera animado por buenos sentimientos.

Esta es una solemne advertencia para todos, incluyendo para aquellos que son verdaderos creyentes y discípulos del Señor. No podemos seguir al Señor y caminar según nuestras propias preferencias o ideas, rechazando así un evangelio que ofrece salvación mediante la muerte del Salvador, y la participación del creyente en esa muerte. Sin embargo, la Palabra no nos permite decir más sobre los que se han retirado. Algunos, como José de Arimatea (1*), sin embargo, eran discípulos en su corazón pero sin testimonio público, otros eran discípulos solo externamente. El apóstol Juan dijo al respecto: «Salieron de entre nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubieran sido de nosotros, se habrían quedado con nosotros» (2*).

(1*) Parece que José de Arimatea había creído realmente, aunque era un discípulo solo en secreto (Juan 19:38; 12:42)

(2*) 1 Juan 2:19, vea también Juan 2:23-25

4.2.4 ¿Y si alguien se va?

Cuando varios discípulos se retiraron, el Señor Jesús pregunta a los doce: «¿Queréis acaso iros también vosotros? (Juan 6:67). ¿Qué significa esta pregunta si, en el fondo, los discípulos no podían abandonar al Señor?

Primero, no todos los doce eran verdaderos discípulos. Judas estaba con ellos, y esta pregunta era ciertamente una llamada a su conciencia. Luego, los discípulos, creyendo en su corazón, se arriesgaban a abandonar temporalmente el difícil camino del testimonio público.

Sin embargo, esta pregunta tiene un alcance diferente. El Señor la hace para tocar el corazón de los doce. Y Simón Pedro da la respuesta que debe brotar del corazón de todo creyente: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna» (Juan 6:68).

4.3 - ¿Y si alguien abandona la fe?

Toda una serie de otras objeciones se basan en pasajes que hablan de apostatar de la fe, de negar la fe, de naufragar de la fe, de la fe vana, etc… Las citaremos con un breve comentario.

4.3.1 Apostasía colectiva

Este día «no vendrá sin que antes venga la apostasía, y se manifieste el hombre de pecado, el hijo de perdición, el cual se opone y se levanta contra todo lo que se llama Dios» (2 Tesalonicenses 2:3, 4).

Este pasaje habla de apostasía colectiva, que es un tema diferente del abandono de la fe personal. La apostasía se refiere al tiempo futuro, cuando todas las verdades de la fe cristiana serán abandonadas bajo la influencia del Anticristo. Este hijo de perdición se levantará contra toda forma de honra dada a Dios y se hará adorar como Dios. Ya estamos viviendo hoy el germen de lo que estallará más tarde en pleno día. En muchos sentidos, los fundamentos de la fe cristiana se ven sacudidos. Muchos han tirado por la borda lo que alguna vez reconocieron. Desde hace un siglo, parte del cristianismo ha negado la divinidad de Jesucristo. Hoy, la autoridad divina de la Palabra escrita está siendo desafiada y la resurrección de Jesucristo está siendo cuestionada. Pronto, el cristianismo de nombre rechazará completamente el contenido de la fe cristiana y seguirá al Anticristo. Es aquí donde la apostasía debe llegar, antes de que venga el día del Señor (2 Tesalonicenses 2:2-3).

Encontramos los mismos pensamientos en la Epístola a los Romanos. Las ramas del olivo «por su incredulidad fueron desgajadas, pero tú por la fe estás en pie. No te ensoberbezcas, sino teme. Porque si Dios no perdonó a las ramas naturales, a ti tampoco te perdonará. Mira, pues, la bondad y la severidad de Dios; la severidad ciertamente para con los que cayeron, pero la bondad para contigo, si permaneces en esa bondad; pues de otra manera tú también serás cortado» (Romanos 11:20-22).

No se trata del abandono de la fe personal, como lo muestra el contexto de los capítulos 9 y 10. El apóstol habla de los judíos y los llama ramas de olivo. Israel era el portador del testimonio de Dios en la tierra. Las promesas le eran destinadas y él era el objeto de la misericordia de Dios. Pero debido a su incredulidad, fue cortado y en su lugar fueron injertadas las otras naciones. La misericordia de Dios se dirige ahora a los no judíos y da lugar a un testimonio en medio de ellos. Pero si las naciones desprecian la bondad de Dios, el testimonio divino también les será quitado como lo fue el testimonio judío, e Israel será injertado de nuevo. ¿Aprecia el cristianismo la bondad de Dios? Lo que vemos a nuestro alrededor demuestra que no. Por lo tanto, estamos avanzando hacia el momento en que Dios dejará de lado el testimonio de la cristiandad. El Señor le dice a la asamblea de Laodicea, que representa parcialmente a la Iglesia del fin: «Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca» (Apocalipsis 3:15-16).

4.3.2 Himeneo y Alejandro

De lo anterior, en cuanto a la apostasía global del cristianismo como testimonio colectivo en la tierra, no podemos deducir que la Escritura no habla de la apostasía individual de ciertos individuos. Ciertamente:

  • Himeneo y Alejandro naufragaron en cuanto a la fe (1 Timoteo 1:19-20).
  • Algunos se arriesgaban a negar la fe (1 Timoteo 5:8).
  • Otros se han desviado de la fe (1 Timoteo 6:21).
  • Himeneo y Fileto habían trastornado la fe de algunos (2 Timoteo 2:17-18).
  • Algunos apostatarán de la fe en los postreros tiempos (1 Timoteo 4:1).
  • Pablo había enviado a Timoteo a los Tesalonicenses para averiguar acerca de su fe, temiendo que el tentador los hubiera tentado y que su trabajo hubiera sido en vano (1 Tesalonicenses 3:5-6).
  • Algunas viudas se habían apartado siguiendo a Satanás (1 Timoteo 5:15).

Antes de estudiar estos pasajes, debemos entender los tres significados diferentes de la palabra «fe».

1° La palabra «fe» puede expresar la fe personal en Jesucristo, que está ligada a la salvación del alma. Es una energía producida por la gracia en el alma que se empodera de las promesas de Dios y la salvación en Cristo. Es la aceptación de lo que Dios dice acerca de su Hijo y la recepción del Salvador. Por esta fe, somos justificados delante de Dios, que purifica nuestro corazón por medio de ella (Romanos 5:1 y Hechos 15:9). Esta fe está vinculada al nuevo nacimiento y a la posesión de la vida eterna. Este lado de la fe ¿es esencialmente interior?, y está reservado solo a Dios tener conocimiento de su realidad.

2° La palabra «fe» puede expresar la plena confianza en el Señor y en su Palabra (1 Timoteo 1:5; 1 Corintios 12:9; Mateo 21:21; 2 Corintios 5:7). Este lado de la fe es más exterior, y los hombres pueden darse cuenta de ella. Es incluso la única manera, accesible a otros hombres, incluso a los creyentes, que les permite reconocer en alguien la existencia de la fe, en el primer sentido. Bajo este aspecto, la fe es una fuerza que cambia el comportamiento y hace actuar. Produce obras. Los testigos de la fe de Hebreos capítulo 11 actuaron todos «por fe», ya que ella era para ellos un motivo de acción.

3° La palabra «fe» puede expresar su contenido, lo que se cree, es decir, todas las verdades del cristianismo, la doctrina cristiana. Así, pues, Judas nos exhorta a contender «ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos» (Judas 3), y Pablo advierte a los colosenses: «si en verdad permanecéis fundados y firmes en la fe» (Colosenses 1:23). La enseñanza de la fe puede ser transmitida, mientras que la fe personal en Jesucristo, así como la confianza práctica de la fe, no puede ser comunicada a otros.

En los pasajes citados al principio de este párrafo sobre apostasías individuales, se trata principalmente del tercer aspecto de la fe, aunque también se puede incluir el segundo aspecto. Se trata de abandonar el contenido de la fe, adhiriéndose a falsas doctrinas, por ejemplo, la doctrina de que la resurrección ya había tenido lugar (2 Timoteo 2:18). Se trata de hacer profesión de la ciencia falsamente nombrada (1 Timoteo 6:20) o de apegarse a espíritus seductores y a enseñanzas demoníacas (1 Timoteo 4:1). Pablo habla, en el mismo sentido, de los que se han apartado de la verdad (2 Timoteo 2:17). Este estado suele ir acompañado de una pérdida de confianza práctica (segundo aspecto de la fe). Pero la cuestión de la fe personal en el Señor Jesús (el primer aspecto de la fe) no se aborda en estos pasajes, y solo Dios conoce el estado de cada uno (2 Timoteo 2:19 y 1 Corintios 8:3). Puede no haber existido, en cuyo caso la persona se aleja sin haber tenido nunca la vida de Dios ni ninguna relación efectiva con Dios. Puede existir y haber producido el nuevo nacimiento (*). El creyente entonces posee la vida divina que permanece para siempre (Juan 10:28-29). Pero estos pasajes de las epístolas a Timoteo no abordan este punto de vista.

(*) Se puede citar el caso de Salomón que, siendo un verdadero creyente, se apartó mucho de su Dios al final de su vida y practicó la idolatría. El final de Lot también es muy triste. Sería fácil deducir que no fue salvo si la Palabra no afirmara lo contrario al calificarlo como justo, es decir, justificado (2 Pedro 2:7).

4.3.3 ¿Y si nuestra fe es vana?

El apóstol habla de la posibilidad de una fe vana: «Si no creísteis en vano», «vana es también vuestra fe» (1 Corintios 15:2, 14, 17). En estos versículos, se trata verdaderamente de la fe que conduce a la salvación. Pero, ¿cuándo sería vana esta fe? ¡Si no hubiera resurrección de los muertos!

Pablo no afirma de ninguna manera que alguien pueda creer en el Señor Jesús en vano porque pueda abandonar esta fe. Lo que él está diciendo aquí es solo la conclusión lógica de una falsa suposición. Se habían introducido doctrinas falsas entre los corintios. Algunos decían que no hubo resurrección de los muertos. Si esto fuera verdad, la fe en Cristo sería en vano, es decir, sin ningún valor, y todavía estaríamos en nuestros pecados, y así perdidos. Pero Cristo ha resucitado, y la fe no es algo vano.

En otros lugares, el apóstol habla de recibir la gracia en vano: «Exhortamos también a que no recibáis en vano la gracia de Dios» (2 Corintios 6:1). Colectivamente los corintios habían recibido la gracia de Dios que había producido efectos poderosos entre ellos. Sin embargo, esta recepción era inútil si no era seguida por una fe individual y de corazón. Por eso el apóstol los exhorta inmediatamente después, recordándoles que hoy es el día de la salvación. Veremos una enseñanza similar dada a los creyentes hebreos (ver capítulo 4).

4.4 - ¿Y si alguien niega al Señor?

Varios pasajes nos advierten de las graves consecuencias de la negación del Señor. Analicémoslos para ver si muestran que un creyente puede perder la salvación de su alma.

4.4.1 - ¡Él también nos negará!

«Cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos» (Mateo 10:33).

«El que me negare delante de los hombres, será negado delante de los ángeles de Dios» (Lucas 12:9).

«Si lo negáremos, él también nos negará» (2 Timoteo 2:12).

Uno puede negar al Señor en palabra, declarar no conocerlo, pero también actuar en este sentido (Tito 1:16; 2 Pedro 2:1; Judas 4). Estos versículos son las advertencias más solemnes dirigidas a todos los cristianos sin distinción, para insistir en la seriedad de hacer profesión cristiana. No se trata de debilitar su valor en nuestras conciencias.

El «si lo negamos», en 2 Timoteo 2:12, fue dado a los creyentes en un tiempo en que el mal ya estaba tan presente en la Iglesia que era imposible distinguir a aquellos que realmente tenían vida divina o no. La Iglesia era como una gran casa en la que hay todo tipo de jarras representando todo tipo de personas confesando al Señor.

En el original, la expresión «si lo negamos» está en futuro. Su fuerza parece corresponder a una negación definitiva y no a un acto temporal. Así, Pedro negó haber conocido al Señor ante varios testigos (Mateo 26:69-75; Lucas 22:56-62). Pero esta negación de la boca fue momentánea. Él era un creyente, por lo tanto, tenía la vida divina. Amaba al Señor en lo más profundo de su corazón y se arrepintió y lloró amargamente inmediatamente después de su debilidad. Jesús lo perdonó y lo restauró (Juan 21:15-17). Su gracia siempre trabaja en el corazón de los suyos para que así sea.

Por otro lado, como lo vemos a menudo en este estudio, el que no tiene la vida puede caer en una negación permanente y sin arrepentimiento. Este es el que el Señor negará en el día del juicio final.

Tal vez haya también una negación más exterior que no toca la salvación del alma, sino solo la presentación pública del siervo. El versículo de 2 Timoteo puede referirse a tal negación, porque esta epístola habla de servicio y evoca el día de la aparición del Señor, es decir, un día de recompensas públicas (2 Timoteo 4:8). Una palabra del Señor refuerza este punto de vista: «El que se avergonzare de mí y de mis palabras, de éste se avergonzará el Hijo del Hombre cuando venga en su gloria, y en la del Padre, y de los santos ángeles» (Lucas 9:26).

4.4.2 - Negar al maestro que los compró

Algunas objeciones también son tomadas de las epístolas de Pedro. Así, pues, Pedro habla de personas que niegan al amo que los compró, provocando una rápida destrucción sobre sí mismos (2 Pedro 2:1). ¿Cuál es la explicación de este versículo?

El apóstol señala así a falsos maestros y los compara con los falsos profetas de Israel. ¿Eran los falsos profetas realmente siervos de Dios? ¡No! Entonces, aquellos de quienes habla Pedro ya no eran discípulos del Señor.

Pero estos falsos doctores fueron sin embargo comprados por el Señor como un amo (la palabra griega usada aquí significa «amo de un esclavo», el que posee un esclavo, habiéndolo comprado). De hecho, Jesucristo pagó el precio por todos los hombres como se ve en la parábola de Mateo 13:44. El hombre, que representa al Señor Jesús, no solo compra el tesoro en el campo, sino que compra todo el campo, es decir, a todos (Mateo 13:37), y en particular a todos los profesos, tengan o no la vida de Dios. Si alguien dice ser cristiano, reconoce con esto que Dios es su amo y que tiene el deber de servirlo (Romanos 6:13). Si este hombre más tarde resulta ser un falso maestro, que quiere entrenar a la manada tras él, niega con eso al amo que lo compró.

4.4.3 - ¿Y si alguien vuelve al lodazal?

En el mismo capítulo, el apóstol Pedro habla de los que se apartan para caminar en la inmoralidad e insultar a las dignidades. Para ellos hubiera sido mejor no conocer el camino de la justicia, en vez de apartarse, después de haberlo conocido, del santo mandamiento que les había sido dado. Pedro compara a esta gente con un perro que regresa a lo que él mismo había vomitado, y una cerda lavada que se revuelca en el pantano (2 Pedro 2:22).

Por esta comparación, muestra que no son hijos de Dios. En efecto, no dice que la oveja vuelve a lo que ha vomitado, sino que el perro vuelve. Una cerda puede ser bien lavada, pero aún así regresará a la suciedad. Un perro limpio y una cerda lavada no cambian de naturaleza. No se convirtieron en ovejas. Solo están purificados durante un tiempo determinado. Así, pues, algunas personas, que se llaman a sí mismas cristianas, escapan por un momento de la contaminación del mundo a través del conocimiento de Jesucristo (2 Pedro 2:20), pero, como estos animales impuros, vuelven de nuevo. Para ellos hubiera sido mejor no conocer el camino de la justicia, porque ahora son más culpables que un borracho o un depravado cuyos oídos nunca habrían oído el evangelio. Estas personas se impusieron durante algún tiempo una purificación externa de sus vidas, pero nunca tuvieron una purificación interior de acuerdo con la Palabra. Por eso el apóstol también se refiere a ellos como «injustos» (2 Pedro 2:9). En ningún momento fueron justificados por la fe; en ningún momento nacieron de nuevo.

4.4.4 - ¿Y si alguien cae de su propia firmeza?

La segunda carta de Pedro contiene también un versículo citado como objeción: «Guardaos, no sea que arrastrados por el error de los inicuos, caigáis de vuestra firmeza» (2 Pedro 3:17).

Un verdadero creyente puede tener una caída. Por lo tanto, tenemos necesidad de ser constantemente advertidos y exhortados. Siempre es posible, incluso después de haber tenido un excelente testimonio, caer en una vida de pecado si uno no vigila en oración. En tal caso, ¿significa que estamos perdidos? No, esto no es posible para el que realmente ha nacido de nuevo. Jesucristo es su abogado ante el Padre (1 Juan 2:1), y el Espíritu de Dios hace un trabajo de restauración en él (Salmo 23:3). David cayó terriblemente, pero con el corazón quebrantado, reconoció su culpabilidad ante Dios, y pidió: «Vuélveme el gozo de tu salvación» (Salmo 51:12) y fue restaurado. Durante su caída, había perdido la alegría de saber que era salvo pero no la salvación.

4.5 - ¿Puede el Señor rechazarnos?

Veamos ahora algunos versículos que muestran que el Señor juzga a los creyentes y por lo tanto parece poder quitarles la salvación.

4.5.1 - ¿Qué pasa si alguien no es vencedor?

Las cartas dirigidas a las siete iglesias de Apocalipsis 2 y 3 contienen las siguientes expresiones: «Al que vence…» seguidas de la promesa de una bendición. Entonces se hace la siguiente pregunta: «El que no es un vencedor, ¿se salva?»

En estos capítulos, el Espíritu se ocupa de la responsabilidad de las iglesias en medio de las cuales hay vencedores y otros que no lo son. Cada uno está invitado a comportarse de tal manera que sea un vencedor y reciba la recompensa anunciada. Es el lado humano que es puesto delante y que es conveniente retener. Para comprender estas exhortaciones, hay que dejarse penetrar por la fuerza del pasaje y no oscurecerlo con otras partes de la Palabra. No se trata de evocar, por ejemplo, la elección o la gracia soberana de Dios sabiendo que nuestras mentes limitadas no pueden reconciliarlas con la responsabilidad de los hombres.

Cuando un hombre frecuenta una iglesia, se supone que está convertido y tiene la vida. Ya no se trata para él de ser victorioso llegando al conocimiento del Salvador para ser justificado ante Dios. Este es un paso que ya ha dado. Al contrario, debe librar una batalla como cristiano allí donde se encuentra. En todo caso, debe mantenerse firme en la fidelidad al Señor. Es en este sentido que puede o no ser un vencedor y que el Señor lo anime con la promesa de recompensas.

Entre las recompensas, muchas de ellas parecen ser la parte de todos los redimidos del Señor en el tiempo de la gracia. Por ejemplo, todos comerán del árbol de la vida (Apocalipsis 2:7), no tendrán que sufrir la segunda muerte (Apocalipsis 2:11) y no serán borrados del libro de la vida. Solo el Espíritu hace brillar para cada uno la parte de las bendiciones futuras más relacionadas con las luchas que se deben librar individualmente y como asociado a un testimonio local.

Así, para los cristianos de Esmirna, se menciona la segunda muerte, porque muchos tendrían que sufrir la primera muerte como mártires. Pero eso no significa que solo ellos no tendrían que experimentar la muerte segunda. De hecho, estos capítulos presentan la parte de los vencedores sin mencionar siempre el destino de los demás.

4.5.2 - ¿Qué pasa si un nombre es borrado del libro de la vida?

Entre las recompensas prometidas en estos capítulos 2 y 3 del Apocalipsis, hay una que se relaciona directamente a nuestro tema y presenta algunas dificultades. En efecto, el Señor dice al vencedor de la iglesia de Sardis: «No borraré su nombre del libro de la vida» (Apocalipsis 3:5). ¿Significa esto que los nombres de otros creyentes serán borrados?

En Sardis, se trata de una iglesia que solo tiene el nombre de vivir y en la que, desgraciadamente, muchos no tienen la vida de Dios. Pero estos últimos están, por así decirlo, en la lista de los vivos, ya que están en tal iglesia. Sin embargo, ante Dios, este nombre de vivir, esta etiqueta que no corresponde a la realidad, debe ser quitada por el mismo Señor. No será lo mismo para los vencedores: su nombre, escrito claramente en el libro de la vida, no será borrado cuando el Señor revelará todas las cosas y los confesará como su verdadera posesión.

Esta recompensa, que es adecuada para sostener la fe de los creyentes que sufren en medio de un grupo sin vida, no significa que los nombres de otros creyentes serán borrados del libro de la vida. Para interpretar la Palabra correctamente, hay que atenerse a lo que está claramente enunciado y no hacer deducciones sobre lo que no lo está, especialmente para oponerlo a otros versículos. Por ejemplo, si le digo a mi hijo: «Si eres bueno, iremos a dar un paseo», eso no prejuzga lo que haré si no es bueno. Quizá no vayamos a dar un paseo juntos, pero quizá vayamos después de que regañe a mi hijo.

Este es el sentido general de la carta a la iglesia en Sardis. Pero si queremos dar el sentido preciso de la expresión «el libro de la vida», debemos tener cuidado y tener en cuenta dos significados que no se contradicen entre sí.

El libro de la vida puede ser visto como el libro de la profesión cristiana en la tierra, así como hubo una vez una profesión dentro del judaísmo para el pueblo de Israel que era un pueblo de profesos (Salmo 69:28; Éxodo 32:32). Nombres, inscritos en este registro, podrían, desafortunadamente, ser borrados si aquellos que los llevan solo tienen «el nombre de vivir», pero están muertos a los ojos de Dios (Apocalipsis 3:1).

El libro de la vida también debe ser visto como el libro en el que están escritos los que heredan la vida eterna. Cuando los muertos estén un día delante del gran trono blanco, el libro de la vida estará allí como un testigo silencioso (Apocalipsis 20:12, 15). Entonces solo los nombres de aquellos que tienen la vida de Dios se encontrarán allí. Por supuesto, ellos ya son conocidos por Dios. Es por eso que leemos más adelante (Apocalipsis 13:8 y 17:8) que sus nombres están escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo. Este libro también lleva el nombre: «libro de la vida del Cordero inmolado». Los nombres de aquellos que figuran en él no pueden ser borrados.

4.5.3 - ¿Qué ocurre si se corta el sarmiento?

El Señor Jesús dijo: «Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto… Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer. El que en mí no permanece, será echado fuera como pámpano, y se secará; y los recogen, y los echan en el fuego, y arden» (Juan 15:1-2, 5-6). Así que hay personas que son como estos sarmientos cortados, tirados y quemados. ¿Significa eso que han perdido su salvación? Para responder a esta pregunta, primero debemos estudiar el contexto de estos versículos.

Israel era la vid que Dios había arrancado de Egipto para replantarla en Canaán (Salmo 80:8-16). Allí el pueblo debía dar fruto para Dios. Pero en vez de buenas uvas, la vid produjo solo uvas silvestres (Isaías 5:1-7). ¿Qué pasó entonces? Dios juzgó esta vid. El testimonio de este pueblo fue rechazado. Ahora el Señor Jesús se llama a sí mismo la verdadera cepa de vid y reemplaza a Israel. Además, Israel era el hijo a quien Dios había llamado de Egipto (Oseas 11:1), pero el pueblo habiéndose revelado ser un hijo desobediente, el Señor Jesús fue verdaderamente el Hijo. La profecía de Oseas 11:1 encontró cumplimiento en él cuando regresó de Egipto con sus padres (Mateo 2:15). En conclusión, Israel fue llamado siervo del Señor (Isaías 41:8; 44:1; 45:4), pero era un siervo infiel, mientras que el Señor Jesucristo fue el siervo fiel del Señor (Isaías 42:1; 52:13; 53:11).

Todo esto nos muestra que Dios quería un testimonio en la tierra que había confiado a Israel, que era su viña, su hijo y su siervo. Debido a su infidelidad, este pueblo ha debido ser dejadas de lado y Cristo tomó su lugar en perfección en los tres aspectos. Los discípulos de Jesucristo pertenecen a este testimonio que debe dar fruto para Dios. Son los sarmientos atados a la cepa. Sin embargo, hay dos tipos de sarmientos: algunos que dan fruto y otros que no. Los primeros se limpian, para que den más fruto, o incluso mucho fruto; los otros se cortan, se secan y se queman.

El Señor no habla aquí de la posesión de la vida eterna, como en la parábola de las ovejas (Juan 10), sino de dar fruto, es decir, de hacer buenas obras para la gloria de Dios. Quienquiera que se reclama de Jesucristo es un sarmiento y, por lo tanto, forma parte del testimonio cristiano en la tierra y tiene el deber de dar fruto. En cuanto a este deber, es conforme a la parábola de la vid: si alguien no produce ningún fruto, es una tierra que produce espinas y cardos y que merece el juicio como lo veremos en las explicaciones del capítulo 6 de la epístola a los Hebreos (ver párrafo 5.4). Puede ser quitado como testigo, pero esto no está directamente relacionado con el juicio eterno del alma.

4.5.4 - ¿Puede perecer un hijo de Dios?

«Por el conocimiento tuyo, se perderá el hermano débil por quien Cristo murió» (1 Corintios 8:11). El apóstol ha hablado, en lo que precede este versículo, de la responsabilidad de los «fuertes en la fe» hacia los «débiles». Supongamos que alguien, lleno de conocimiento, entrara en un templo de ídolos para alimentarse allí. Él no participa en los ritos concernientes a las deidades, porque solo viene allí a buscar alimento. Este «fuerte en conocimiento» tiene a la divinidad por nada. Para él, ese alimento no es más que alimento ordinario.

Otro cristiano lo ve entrar en este templo, pero este es más débil, su conciencia no le da la misma libertad para hacer lo mismo. Porque ve entrar al otro, y que a él también le gusta alimentarse, entra en el templo, actúa contra su conciencia y se encuentra en comunión con un ídolo. El resultado es que vuelve a caer en el paganismo. Es que el «fuerte en la fe», puede decir ahora: «¡Este débil en la fe no debía ser un verdadero cristiano, y no necesito hacerme reproches por ello!» No, el comportamiento sin amor de un creyente puede llevar a un hermano débil, cuya realidad de fe es conocida, a las garras del paganismo y prácticamente destruirlo en su comportamiento y testimonio cristiano. Si este hermano débil es un hijo de Dios, nacido de nuevo, el Señor seguramente lo traerá de vuelta, pero no se dice aquí, probablemente para no debilitar el sentimiento de nuestra responsabilidad cuando actuamos sin tener en cuenta a nuestros hermanos más débiles. El apóstol utiliza este argumento para exhortar a «los fuertes en la fe» a no vivir según el espíritu de Caín, que dijo: «¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?» (Génesis 4:9).

4.5.5 - ¿Paul… reprobado?

El apóstol Pablo escribe: «No sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado» (1 Corintios 9:27). Como siervo de Dios, el apóstol Pablo se compara con un atleta que corre y lucha. Mortificaba su cuerpo, lo esclavizaba, teniendo ante sí una corona incorruptible si era fiel y siempre temiendo que después de predicar a los demás él mismo fuera reprobado. Esta palabra es muy fuerte, significa «rechazado, descalificado», como un metal que se refina y que resulta inutilizable. Esta palabra «reprobado» se refiere en primer lugar a Pablo como siervo, pero también lo concierne como creyente (*). Desafortunadamente, es muy cierto que un hombre puede servir públicamente al Señor por un tiempo y no pertenecerle.

(*) En los otros pasajes donde se utiliza la palabra «reprobado», el rechazo de Dios se manifiesta no solo en las obras, sino también en cuanto a las mismas personas. Véase, en particular, Romanos 1:28; 2 Timoteo 3:8; Tito 1:16; Hebreos 6:8.

Así, Pablo podría haber proclamado el evangelio sin tener él mismo la vida de Dios. Fue a través de la perseverancia en la dedicación y la fidelidad que demostró que este no era el caso. Pablo sentía toda la responsabilidad de la profesión cristiana. No dice: «por temor que después de haber creído», sino «no sea que habiendo sido heraldo para otros», porque se trata de profesión y no de fe, se trata de responsabilidad y no de la gracia. Como siempre, el apóstol, cuando habla de responsabilidad, utiliza términos lo más absolutos posible. Esto no significa que el apóstol dudara de la perfección de la gracia, pero tomó en serio su carrera cristiana y consideraba toda su solemnidad. Por la fidelidad con que cumplió su servicio, mostraba que no era un mero profeso, sino un verdadero hijo de Dios.

Esta palabra «reprobado» también se usa para los Corintios. El apóstol les escribió: «¿O no os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en vosotros, a menos que estéis reprobados?» (2 Corintios 13:5). Los corintios buscaban una prueba de que Pablo era realmente un apóstol de Jesucristo. Entonces les pide que se examinen a sí mismos para ver si estaban en la fe. Si podían responder que sí, entonces ellos mismos eran una prueba concreta de su apostolado, porque era a través de él que habían escuchado el evangelio de Jesucristo. Para llevarlos a hacer esta respuesta, les pregunta si Jesucristo estaba en ellos, en otras palabras, si habían nacido de nuevo. Luego agrega: «A menos que estéis reprobados»! Es uno u otro, o uno tiene a Cristo en sí mismo o uno es réprobo. En esto no se dice nada sobre la pérdida de los hijos de Dios. Puesto que los corintios obviamente no se consideraban reprobados, el razonamiento del apóstol es llevarlos a una hipótesis absurda para que puedan deducir que tampoco era posible que Pablo no fuera realmente un apóstol de Jesucristo.

4.6 - ¿Prueba o condición?

La Escritura contiene «si» o «si al menos» que parecen mostrar que hay una condición para permanecer en el favor de Dios y por lo tanto es posible perder la salvación. Veamos si es así.

4.6.1 - Exhortaciones para un grupo de profesos

«Por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creísteis en vano» (1 Corintios 15:2).

«Si en verdad permanecéis fundados y firmes en la fe, y sin moveros de la esperanza del evangelio» (Colosenses 1:23).

«La cual casa somos nosotros, si retenemos firme hasta el fin la confianza y el gloriarnos en la esperanza» (Hebreos 3:6).

«Con tal que retengamos firme hasta el fin nuestra confianza del principio» (Hebreos 3:14).

En estos cuatro pasajes, la Palabra se dirige a un grupo de personas en las que puede haber cristianos de nombre que irán a la perdición. Si alguien declara estar convertido, se hace bautizar, llega a ser miembro de tal o cual iglesia, participa en la Cena del Señor, enseña a los niños o hace cualquier otra actividad cristiana, pero luego se aparta de Jesucristo despreciando completamente su autoridad, esto muestra que en su corazón nada había cambiado. Solo su comportamiento externo había cambiado. Alguien puede cambiar exteriormente por un tiempo, bajo la influencia de la doctrina cristiana, pero no haber nacido de nuevo.

Esta diferencia aparece más significativamente en el ejemplo de Pedro y de Judas. Pedro pecó gravemente, pero perseveró a pesar de todo, hasta el final, porque realmente creía en el Señor Jesús. El Señor le dijo: «Pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte» (Lucas 22:32). Por un momento, su vida no correspondía a su fe, negó a su maestro. Pero Jesucristo lo restauró. Judas, por el contrario, fue durante tres años y medio discípulo del Señor Jesús, pero al mismo tiempo era un ladrón (Juan 12:6) actuando solo por interés propio. Jesús lo llama diablo (Juan 6:70). Más tarde, su traición le causó remordimiento (Mateo 27:3, VM) pero sin ningún arrepentimiento real. Su fin fue un suicidio por ahorcamiento (Mateo 27:5). De esta manera, vemos la inmensa diferencia entre un verdadero creyente y un simple profeso. Pedro tuvo una caída, Judas cayó definitivamente. Solo el que guarda las palabras de Jesús es un verdadero hijo de Dios y nunca verá muerte (Juan 8:51).

Supongamos que un predicador habla en una sala, frente a una audiencia cristiana. Él pregunta: «¡Que se levanten los cristianos! Tal vez se levanten todos juntos, pero eso no probará que todos son verdaderos cristianos. Solo podemos decir que todos ellos profesan ser cristianos. ¿Cuál será ahora la prueba de que todos son creyentes? El hecho de que permanezcan firmes en la fe, es decir, en la doctrina cristiana. Si alguien abandona lo que ha profesado, podemos dudar que sea un verdadero creyente, que haya una fe verdadera en él. Es relativamente fácil decir que uno es salvo; mostrar su fe (Santiago 2:18) por su conducta es otra cosa.

Así, en estos pasajes, el «si» no es una condición para obtener la salvación eterna del alma, sino una demostración práctica de que esta salvación está realmente poseída. Es una evidencia y no una condición. Cuando el creyente es considerado «en Cristo» (véase por ejemplo 2 Corintios 5:17), no hay ningún «si»: todo viene de Dios. Cuando se le considera un peregrino aquí en la tierra, está en camino hacia la gloria, y debe esforzarse hacia esta meta. Luego vienen los «si» y los peligros y la necesidad de ser protegidos. El alma salvada se mantiene así en la dependencia de Dios y en la confianza en su fidelidad.

4.6.2 - La salvación bajo la Ley

«Si el justo se apartare de su justicia…, ¿vivirá él?» (Ezequiel 18:24)

En este capítulo de Ezequiel, Dios declara que un hombre pecador vivirá, si se aparta del mal, hace el bien a los pobres, no ha prestado con interés, etc.… ¿Podríamos presentar esto, como un evangelio, a la gente de nuestro tiempo? No, eso sería claramente anunciarles la ley. Supongamos que, como evangelista, le digo a un alcohólico: «Deja de beber y sé un buen padre de familia, y entonces vivirás». ¿Sería yo entonces realmente un servidor del evangelio? No, desde luego. En ese caso, habría alimentado a este hombre con vanas promesas. Tampoco debo decir: «Tú que eres justo, si caes en pecado, morirás según la enseñanza de Ezequiel». Yo daría entonces a las expresiones «justo», «vivir» y «morir» el significado que tienen en el Nuevo Testamento, pero que no es el de Ezequiel, donde no es ni la justicia en Jesucristo, ni la vida eterna, ni la muerte eterna, sino el disfrute práctico de la vida en la tierra.

4.6.3 - Salvados… a pesar de la disciplina y las pruebas

«Si el justo con dificultad se salva, ¿en dónde aparecerá el impío y el pecador?» (1 Pedro 4:18).

Este versículo no ofrece la más mínima prueba a favor del pensamiento de que los justos pueden perder la salvación. Dios expresa claramente en ella que el justo es salvo para la eternidad, aunque su camino pase por todo tipo de ejercicios difíciles, como lo muestra el contexto. Dios usa estos ejercicios para purificar su casa, porque no tolera el mal en sus hijos. Tenemos aquí el mismo principio que cuando Dios dijo a Israel: «A vosotros solamente he conocido de todas las familias de la tierra; por tanto, os castigaré por todas vuestras maldades» (Amós 3:2).

Si todos los cristianos de la tierra alcanzaran ya la perfección práctica, ya no habría necesidad de santificación. Pero esto no es así, Dios debe hacer recaer el juicio sobre lo que es inapropiado porque no puede bajar el nivel de Su santidad. Si los hombres justificados por la sangre de Jesucristo han de ser salvos con dificultad, es decir, alcanzar la gloria a través de muchas dificultades, ¿dónde aparecerá el pecador cuyos pecados no han sido lavados por la sangre de Jesucristo? El juicio eterno le espera. Pero el justo será salvo, aunque solo lo sea superando obstáculos dolorosos por la fe y con la ayuda del Señor.

5 - La Epístola a los Hebreos

La doctrina de que los verdaderos creyentes pueden perderse de nuevo se basa a menudo en una serie de expresiones de la epístola a los Hebreos, pero sin que el carácter particular de esta epístola sea realmente comprendido o profundizado. También, antes de considerar estos versículos, vale la pena recordar por qué fue escrita esta epístola.

5.1 - Propósito de la Epístola a los Hebreos

Las primeras iglesias en Judea estaban compuestas casi exclusivamente de judíos que estaban convencidos de que todavía tenían que cumplir con las ordenanzas de la ley de Moisés. Por ejemplo, Pedro no había querido de ninguna manera comer un animal inmundo o entrar en la casa de un pagano (Hechos 10:14, 28).

Estos judíos todavía consideraban el templo como un lugar santo, hacían votos, se sometían a ritos de purificación (Hechos 21:26), y todavía practicaban la circuncisión. Cuando el apóstol Pablo, con Bernabé, llevó el Evangelio a Asia, se formaron allí iglesias en las que los paganos convertidos representaban una mayoría. Con la predicación del Evangelio, no se les ordenó nada concerniente a la observancia de las ordenanzas de la Ley, el respeto por el templo, o la práctica de la circuncisión. ¿Qué tenían que ver con estas cosas como conversos de las naciones?

Así, había dos tipos de cristianos con diferentes maneras de vivir, a pesar de la misma fe en Jesucristo. El modo de vida de los conversos de las naciones estaba más de acuerdo con el Evangelio que el de los judíos conversos. Pero Dios, en su misericordia, siempre ha mostrado gran paciencia hacia su pueblo. Por lo tanto, permitió una fase de transición, durante la cual los judíos convertidos rompieron lentamente sus vínculos con el sistema judío. El propósito de la epístola a los Hebreos era mostrar que la transición estaba llegando a su fin, o, para expresarlo con el lenguaje del autor: «Lo que se da por viejo y se envejece, está próximo a desaparecer» (Hebreos 8:13).

Más específicamente, las razones para escribir esta epístola fueron las siguientes. Los judíos convertidos eran perseguidos por sus compatriotas, sus propiedades confiscadas y sus vidas amenazadas (Hebreos 10:32-34). Un regreso al judaísmo habría significado el fin de las persecuciones. ¡Qué tentador fue esto para todos aquellos que todavía estaban vinculados a la tradición judía en términos de su forma de vida! El autor explica que esto equivalía a una negación del Señor Jesús, por la cual no habría retorno. Les describió la inmensa diferencia entre el período de la Ley, con el servicio en el tabernáculo, y la obra redentora del Señor Jesús, la base de la fe cristiana. Hace pasar delante de ellos la excelencia de la persona de Cristo, la nube de testigos del tiempo pasado (Hebreos 11; 12:1), que no miraban a las cosas visibles para adherirse a ellas, sino que más bien captaban las realidades de la fe. Pone estos ejemplos ante los ojos de los hebreos, los llama a recobrarse y los advierte solemnemente de las consecuencias eternas de un abandono la fe cristiana y de un regreso al judaísmo.

La Epístola a los Hebreos atestigua fuertemente el valor de la obra de Cristo y de su servicio actual. Habla de «eterna redención» (Hebreos 9:12), «eterna salvación» (Hebreos 5:9), muestra que los redimidos son «hechos perfectos para siempre» (Hebreos 10:14) y se benefician del cuidado del Señor para «salvarlos perpetuamente» (Hebreos 7:25), es decir, hasta que sean completados. Así pues, esta epístola establece positivamente la salvación definitiva de los creyentes. Sin embargo, contiene otros versículos que pueden molestar a algunas personas sobre este tema y que estudiaremos ahora.

5.2 - Apartarse

«Por tanto, es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído, no sea que nos deslicemos» (Hebreos 2:1; ver también Hebreos 12:25).

El Señor Jesús proclamó la salvación; los apóstoles que la escucharon de Su boca la confirmaron, Dios testificando con ellos mediante señales y prodigios (Hebreos 2:1-4). Si aun bajo la Ley, cualquier transgresión y desobediencia recibían una justa retribución, qué terrible consecuencia debía conllevar el rechazo de la salvación proclamada por Jesucristo para aquellos que la habían escuchado.

En su primer sentido, este pasaje no considera la posibilidad, para un hijo de Dios, de caer en pecados. ¿Quién de nosotros podría decir que no ha pecado desde su conversión? Para Pedro, que había negado a su amo, hubo un camino de retorno, y afortunadamente, también hay uno para nosotros. Pero aquí, como en las epístolas a Timoteo (ver párrafo 4.3.2), se trata más bien de un abandono total de las verdades de la fe cristiana por parte de aquellos que se habían unido a ella externamente. Más adelante en la Epístola a los Hebreos, es cuestión de un abandono del Dios vivo, de un endurecimiento por el engaño del pecado (Hebreos 3:12-13) y del rechazo a escuchar al que habla desde el cielo (Hebreos 12:25). Cada vez son actos muy graves por los que es imposible escapar a Dios y que conciernen fundamentalmente a los simples profesos.

Sin embargo, estos versículos están dirigidos a todos los creyentes, tanto a los que tienen la vida de Dios como a los que no la tienen. Los primeros están sujetos a la disciplina del Señor, mientras que los otros caerán bajo el juicio de Dios. Todos debemos prestar la máxima atención a esto. Dios nos dirige estas severas exhortaciones precisamente para que nos guardemos de ellas, manteniéndonos apoyados en Él. Así, podemos «retener la gracia por la cual servimos a Dios de una manera que le agrada, con reverencia y temor. Porque también «nuestro Dios es fuego consumidor» (Hebreos 12:28, 29).

5.3 - Caer

«Procuremos, pues, entrar en aquel reposo, para que ninguno caiga en semejante ejemplo de desobediencia» (Hebreos 4:11).

«Temamos, pues, no sea que permaneciendo aún la promesa de entrar en su reposo, alguno de vosotros parezca no haberlo alcanzado» (Hebreos 4:1).

Estos versículos muestran que, puesto que todos los israelitas no alcanzaron el descanso en la tierra de Canaán, de la misma manera no todos los que profesan ser cristianos entrarán en el descanso celestial. Solo aquellos que realmente tienen la vida de Dios entrarán. ¿Por qué los israelitas no entraron en el reposo? Vemos que no pudieron entrar debido a su incredulidad (Hebreos 3:19).

A ellos también, como a nosotros, se les había anunciado una Buena Nueva, pero «no les aprovechó el oír la palabra, por no ir acompañada de fe en los que la oyeron» (Hebreos 4:2). De la misma manera, muchos se perderán, que habrán declarado ser cristianos, habiendo escuchado la predicación del Evangelio pero sin haber creído realmente lo que fue anunciado, ni recibido por fe al Señor Jesús como su Salvador.

Sin embargo, debemos notar, como en el párrafo anterior, que estos versículos están dirigidos a todos para que todos permanezcan en un temor beneficioso. La carta a los Corintios también nos exhorta a estar atentos recordando la historia del pueblo de Israel: «Pero de los más de ellos… quedaron postrados en el desierto. Mas estas cosas sucedieron como ejemplos para nosotros» (1 Corintios 10:5-6). Pongamos, pues, mucho cuidado en comportarnos como verdaderos hijos de Dios.

5.4 - La imposibilidad de ser renovado en el arrepentimiento

«Porque es imposible que los que una vez fueron iluminados y gustaron del don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, y asimismo gustaron de la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero, y recayeron, sean otra vez renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a vituperio» (Hebreos 6:4-6). Este pasaje ha preocupado a mucha gente. Sin embargo, demostraremos que esto no significa que un hijo de Dios pueda finalmente perderse.

5.4.1 - Bendiciones que no involucran la vida de Dios

En primer lugar, mostremos que este pasaje se opone a cualquier idea de una «nueva conversión». Aquellos que hablan de ello no hacen la diferencia entre el creyente que tropieza, o cae en pecado, y el cristiano de nombre que realmente abandona la fe. En su opinión, alguien podría volverse hacia Dios, luego darle la espalda, luego convertirse de nuevo, etc.… Así, podríamos convertirnos por primera, segunda, tercera vez. Según ellos, Hebreos 6:4-6 debe decir lo siguiente: «Es muy posible que los que una vez fueron iluminados, y que gustaron del don celestial…, y que cayeron, puedan ser renovados de nuevo al arrepentimiento». Sin embargo, la palabra de Dios dice exactamente lo contrario: «Es imposible…». Por lo tanto, este pasaje contradice su opinión.

Ahora examinemos estos versículos como un todo, bajo la luz de toda la epístola, buscando de quién se habla así.

El apóstol se dirige a los judíos que declaraban estar en la fe cristiana, que incluso se habían arrepentido dejando el terreno judío. Conocían el Antiguo Testamento y estaban convencidos de que Jesús era el Mesías. Aunque no estaban plenamente convencidos por la Escritura, habían reconocido su autoridad en presencia de los milagros que habían visto. Si tales hombres regresaban al judaísmo para escapar de la persecución, entonces negaban a Jesucristo. A través de esto se unían de nuevo con el pueblo judío, que había crucificado a su Mesías. Ahora, dice el autor, para estos no hay vuelta atrás, han ido demasiado lejos, ya no pueden ser renovados en el arrepentimiento dejando el terreno judío por segunda vez. Pero el versículo 9 muestra que el autor excluye la posibilidad de que sea así para los verdaderos hijos de Dios: «Pero en cuanto a vosotros, oh amados, estamos persuadidos de cosas mejores, y que pertenecen a la salvación, aunque hablamos así».

Por lo tanto, es posible haber gozado de los privilegios cristianos, y sin embargo, no ser salvo. Notemos bien, que no está escrito: Es imposible que los que nacieron de nuevo, y que cayeron, sean renovados para arrepentimiento. Estas son otros caracteres que se mencionan, y no necesariamente implican el nuevo nacimiento. Veámoslas una por una.

5.4.1.1 - «… aquellos que fueron una vez iluminados»

«La exposición de tus palabras alumbra; Hace entender a los simples» (Salmos 119:130), y el apóstol Juan testifica que «aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo» (Juan 1:9). Todos los que escucharon el evangelio de Jesucristo fueron iluminados por él. Ya no pueden llamarse ignorantes. En particular, la predicación del evangelio ha iluminado el mundo occidental, que estaba en la oscuridad del paganismo. ¿Significa esto que todos los que han sido iluminados se han convertido realmente? Desafortunadamente no.

5.4.1.2 - «… que han probado el don celestial»

Hay una diferencia entre probar y comer. Probar es solo una experiencia externa y superficial. Comer, por el contrario, significa realmente alimentarse, e implica una acción interior más profunda.

Estos hombres habían resentido algo de la salvación que Dios da. Habían visto algo de la grandeza de la persona del Señor. Pero nunca comieron la carne ni bebieron la sangre del Hijo del Hombre (Juan 6:53-54).

Jeremías comió las palabras de Dios (Jeremías 15:16). Ezequiel (Ezequiel 3:1-3) y Juan (Apocalipsis 10:9-10) debían tomar cada uno un libro y comerlo. Es algo más que solo probar o examinar. Jesucristo dijo: «Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre» (Juan 6:51). Esto excluye cualquier pensamiento de perdición.

5.4.1.3 - «… que fueron hechos participantes del Espíritu Santo»

Esto no significa que el Espíritu Santo habitó en ellos después de que llegaron a la fe. La palabra traducida por «participantes» es la misma que en la expresión: «saludaron a sus compañeros» (Lucas 5:7) y cerca de la palabra «participación»: «No seáis, pues, partícipes con ellos» (Efesios 5:6, 7).

Estos hombres fueron hechos participantes del Espíritu Santo en la medida en que habían colaborado con el Espíritu Santo. Con razón, el autor de la Epístola a los Hebreos no utiliza expresiones como: «sellado con el Espíritu Santo», «ungido con el Espíritu Santo». En este sentido, Balaam fue un «participante» y un «compañero» del Espíritu de Dios cuando pronunció sus profecías sobre Israel (Núm. 23 - 24). El rey Saúl profetizó por el Espíritu entre los profetas (1 Samuel 10:10), Judas echó fuera demonios por el Espíritu de Dios, con los doce. Pero los tres hicieron esto, sin haber nacido de nuevo (1 Crónicas 10:13 para Saúl).

5.4.1.4 - «… que han probado la buena palabra de Dios»

Con respecto al verbo probar, se pueden hacer las mismas observaciones que en el párrafo 5.4.1.2. Alguien puede sentirse atraído por la excelencia de las enseñanzas de la fe cristiana. Sus sentimientos pueden ser tocados, sin que haya fruto para Dios. Esta es una lección de la parábola del sembrador (Mateo 13:1-9, 18-23). La semilla es siempre la misma, pero está en contacto con varios tipos de suelo. Está el suelo duro, el camino, en el que el anuncio del Evangelio no puede dejar huella, sino que representa un corazón endurecido. También hay un terreno que consiste solo en una fina capa de tierra sobre una roca; la Palabra es recibida con alegría; toca sentimientos, pero no produce verdadero arrepentimiento; tan pronto como la persecución o las dificultades surgen, la Palabra es rechazada. Luego hay una tierra que parece apta para sembrar, pero las espinas y zarzas sofocan la buena semilla; son hombres que dejan que las preocupaciones de la vida ahoguen la impresión recibida por el Evangelio. En los tres casos, la semilla no da fruto. Solo una buena tierra preparada da frutos en abundancia.

5.4.1.5 - «… que han probado… los milagros del próximo siglo»

La predicación del evangelio fue acompañada por milagros. En el futuro, será lo mismo, y por eso se les llama los «poderes del siglo venidero». Los testigos de Dios en el tiempo del Anticristo tendrán el poder de cerrar el cielo, para que no caiga lluvia, y el poder sobre las aguas para convertirlas en sangre (Apocalipsis 11:6). Muchos judíos habían aprendido a conocer este poder de Dios. Habían visto los milagros y habían estado muy impresionados por ellos. Sin embargo, esto no significa en absoluto que sus corazones hubiesen cambiados (Juan 2:23-25). Sí, delante del trono del juicio, habrá incluso personas que han hecho milagros y han expulsado demonios en el nombre de Jesús, pero de las cuales el Señor tendrá que decir: «Nunca os conocí» (Mateo 7:22-23).

Alguien podría haber disfrutado de estos cinco privilegios y no ser hijo de Dios, como lo demuestran los versículos de Hebreos 6:7-10: «Porque la tierra que bebe la lluvia que muchas veces cae sobre ella, y produce hierba provechosa a aquellos por los cuales es labrada, recibe bendición de Dios». Esto es comparable al cuarto terreno de la parábola del sembrador.

Entonces el versículo 8 presenta el aspecto opuesto: «Pero la que produce espinos y abrojos es reprobada, está próxima a ser maldecida, y su fin es el ser quemada». De los que estamos hablando aquí, son comparables a este terreno espinoso de la parábola del sembrador: nunca han dado fruto para Dios.

Finalmente viene la expresión ya citada: «Pero en cuanto a vosotros, oh amados, estamos persuadidos de cosas mejores, y que pertenecen a la salvación, aunque hablamos así», o, dicho de otro modo: Tú, cuyo corazón ha sido conquistado por el Evangelio, no os comparo con los que han abandonado la salvación, el Señor y la fe cristiana, porque solo los han conocido exteriormente.

5.4.2 - ¿Por qué motivo el autor de la epístola escribe estas cosas?

Si el autor estaba convencido de que su lector era salvo y ya no podía perder la salvación, ¿por qué puso estas cosas (Hebreos 6:4-6) ante sus ojos?

La razón principal de sus declaraciones es la posibilidad de que, entre los creyentes, algunas personas no convertidas se hayan introducido, quienes, como resultado de la continua persecución, corrían el riesgo de regresar al judaísmo. Este pasaje tenía la intención de mostrarles los peligros de tal abandono. Pero, sobre todo, tenía la intención de abrirles los ojos sobre la situación de sus corazones aún inconversos. Si volvían al judaísmo, no habría salvación para ellos. Pero si permanecían en su estado actual, tampoco eran salvos, porque era necesario añadir la fe del corazón a su profesión cristiana. No estaban entre aquellos de los cuales el autor estaba convencido de que eran salvos.

Estas consideraciones también fueron una seria advertencia para los judíos verdaderamente convertidos. Ya que tal caída era tan grande de consecuencia, tenían que sentir que la tendencia hacia una posición cristiana conciliadora con el judaísmo era un pecado terrible y un deshonor para el Señor. Esta tendencia debía ser rechazada radicalmente. Al contrario, debían reunir todas sus fuerzas para progresar en el camino de la fe cristiana.

Los creyentes hebreos se habían vuelto perezosos para escuchar. El autor no podía hablarles del significado espiritual de una persona como Melquisedec. No soportaban el alimento sólido. Una vez más se habían vuelto como niños que necesitan la leche del Evangelio. No tenían experiencia en la palabra de la justicia (Hebreos 5:11-13). Ellos conocían la palabra de Cristo tal como se les manifestaba en el Antiguo Testamento. Ciertamente, también entendían el significado de las abluciones en el servicio del Levítico y la imposición de manos sobre las cabezas de los animales para el sacrificio, y sabían algo sobre la resurrección de los muertos y el juicio eterno. Pero todo esto no correspondía a la posición del cristiano adulto (Hebreos 6:1-3). Un israelita antes de la crucifixión de Jesús ya podía saber estas cosas. Por lo tanto, tenía que ir más allá de estas enseñanzas del principio y avanzar hacia el estado del hombre hecho. En vez de mirar hacia atrás y arriesgarse a un retroceso, debía mirar hacia adelante, creciendo y dando fruto para Dios.

5.4.3 - ¿Es esto tan grave?

Tal vez alguien esté sorprendido por la naturaleza definitiva de la expresión: «Es imposible… que… otra vez sean renovados para arrepentimiento» (Hebreos 6:4-6). ¿Por qué era tan serio para un cristiano de origen judío volver al judaísmo?

El propósito de la Epístola a los Hebreos era mostrar a los judíos que Cristo era verdaderamente el Mesías y el cumplimiento de todas las figuras y sombras del tiempo de la Ley. El que se había vuelto hacia la doctrina cristiana había reconocido el pecado cometido por su pueblo al crucificar a Jesús, el Mesías. Ahora bien, si volviera al judaísmo, repetía, sabiéndolo y queriéndolo, el crimen cometido contra Cristo.

Además, los milagros hechos dentro del cristianismo, como se registra en Hechos, testificaban de la glorificación del Mesías crucificado (Hechos 2:32-33; 3:14-15), de la presencia del Hijo de Dios en el cielo. Estos milagros eran llamados «poderes del siglo venidero» (Hebreos 6:4-6), porque eran una anticipación parcial de la liberación plena y gloriosa que tendrá lugar en el mundo venidero, cuando el Mesías triunfante destruirá completamente todo el poder de Satanás. Estos milagros eran testimonios de que el poder que llevaría a cabo esta liberación existía en la gloriosa persona del Hijo de Dios, aunque este poder aún estuviera escondido en el cielo. Ahora bien, si, después de haber sido influenciado por la presencia del Espíritu Santo, haber saboreado la revelación de la bondad de Dios y haber conocido las pruebas de su poder, alguien abandonaba a Cristo, no había manera de renovar el alma para llevarla al arrepentimiento. Era una situación en la que los tesoros celestiales ya habían sido dispensados, pero habían sido despreciados como si no valieran nada. La revelación completa de la gracia y el poder habían sido rechazados después de ser conocidos. En tal caso, no había ningún otro medio que pudiera utilizarse para un retorno.

Tal es la gravedad de la negación voluntaria y consciente de la persona de Cristo. En la cruz, Jesús todavía podía rezar «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lucas 23:34). Pedro aún podía predicar en Jerusalén: «Sé que por ignorancia lo habéis hecho, como también vuestros gobernantes» (Hechos 3:17). Así que todavía podía ofrecer a los judíos la oferta de salvación. Sin embargo, el primer mártir de la fe, Esteban, en su oración, solo pedía que el Señor «no les tomes en cuenta este pecado» (Hechos 7:60); entonces ya no se trataba de una cuestión de ignorancia. Pablo también confirma que la ira de Dios vino sobre Israel hasta el extremo (1 Tesalonicenses 2:15-16) aunque, individualmente, la salvación era todavía accesible a ellos (Romanos 11:5).

5.4.4 - ¿Es posible abandonar el cristianismo hoy en día?

Este texto de la Epístola a los Hebreos (Hebreos 6:4-6) estaba dirigido principalmente a los cristianos judíos que se alejaban de la fe para regresar al judaísmo. Sin embargo, no se limita a esta sola situación. Los simples cristianos de nombre también pueden apostatar de la misma manera.

Mencionaremos dos casos. En el primero, había dos hermanos, de una familia de predicadores, que eran ellos mismos predicadores. Uno se ha hecho un nombre a través de sus escritos. Sin embargo, un análisis de sus obras sugiere, en un momento dado, un retroceso espiritual. Al final, abandonó su servicio como predicador y negó totalmente la verdad de la fe cristiana. El otro ha servido en la Palabra con muchos de los hijos de Dios, y también ha dejado algunos escritos sobre puntos fundamentales.

Los dos tipos de terreno de Hebreos 6:7-8 representan a estos dos hombres que difieren en el estado de sus corazones. Cada parcela ha recibido la misma lluvia y el mismo sol, pero difieren en los frutos. Uno da frutos que manifiestan la realidad de la conversión. El otro solo produce espinas y cardos y da testimonio de que la vida de Dios no está allí.

Otro caso fue el de un hombre educado que decía ser cristiano. Frecuentó a muchos creyentes con los que partió el pan. Incluso hubo un tiempo en que fue misionero en Irak. Sin embargo, más tarde, se volvió, y resultó ser un enemigo de la cruz de Cristo. Escribió un libro en el que formuló malintencionadas ataques contra el cristianismo. ¿No caminaba este hombre en el espíritu de Hebreos 6:4-6?

Además, a menudo se han utilizado métodos espantosos en la historia para empujar a los cristianos a abandonar su fe o cristianismo y devolverlos al judaísmo o a otra forma religiosa o no religiosa que sea contraria a la verdad. En los casos de persecución violenta, hay situaciones extremas que el hombre apenas puede apreciar. Así, pues, Saulo de Tarso había obligado a los santos a blasfemar (Hechos 26:10-11); la Palabra dice que eran santos, y sin embargo, externamente, habían aparecido como apóstatas.

Añadamos que solo Dios conoce el estado de los corazones y sabe quiénes son sus hijos (2 Timoteo 2:19). Puede haber estados de endurecimiento en el mal y oposición a Cristo comparables a la apostasía, así como no hay nada más parecido a la muerte que el sueño espiritual en un creyente (Efesios 5:13-14).

5.5 - Si pecamos voluntariamente

La siguiente objeción se basa en este pasaje: «Porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios. El que viola la ley de Moisés, por el testimonio de dos o de tres testigos muere irremisiblemente. ¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de gracia?» (Hebreos 10:26-29). Aquí, ciertamente se trata de un creyente, se argumenta, porque se trata de alguien que ha sido santificado con sangre.

Esta expresión no significa, sin embargo, que este hombre haya nacido de nuevo. Todo el pueblo de Israel había sido santificado por la sangre del pacto (Éxodo 24:8; Hebreos 10:29). Santificado, significa separado, o, apartado para Dios. Como Israel había sido separado de las naciones, así también cualquiera que se reclama de Jesucristo y lo reconoce como su Señor, está separado de los inconversos.

En 1 Corintios 7:14, Pablo dice de un hombre inconverso que es santificado por su esposa convertida. Sin embargo, sigue siendo un incrédulo hasta que, siguiendo el ejemplo de su esposa, recibe a Jesucristo como su Salvador.

Supongamos el caso de un judío que ha adoptado el cristianismo y por lo tanto ha sido santificado por la sangre del nuevo pacto. Pero él da la espalda a la cruz, y nuevamente se dedica al servicio del templo y ofrece sacrificios por los pecados. ¿Serían estos sacrificios para él una propiciación por los pecados? Ya bajo el Antiguo Testamento, ningún sacrificio podía justificar a nadie. Con más razón, después de la cruz, aquel que desprecia el único sacrificio por los pecados (Hebreos 10:12) es irremediablemente condenado. Todos los sacrificios en el templo ya no podían serle de ninguna ayuda. Por el contrario, ofrecer estos sacrificios constituía el crimen de pisotear al Hijo de Dios, y de considerar profana la sangre del pacto.

Una palabra más sobre la expresión «pecar voluntariamente». Esta expresión proviene del hecho de que la Ley de Dios distinguía el pecado involuntario de la transgresión deliberada.

Para el primero, el perdón era posible a través del sacrificio. Pero para la transgresión deliberada, nada estaba previsto para el perdón, no había sacrificios. El contexto muestra que el pasaje de Hebreos 10:26-29 no debe aplicarse a las faltas o incluso a los pecados ordinarios de los cristianos (1 Juan 1:9), sino a un rechazo total y consciente de la obra de la cruz para regresar a un terreno judío. El que hace tal cosa se manifiesta como «adversario» (Hebreos 10:27), y retrocede para perdición (Hebreos 10:39). No perseverando, no obtiene las promesas de Dios (Hebreos 10:36). Por el contrario, su caída muestra que no nació de nuevo.

5.6 - Retirarse

«Mas el justo vivirá por fe; y si retrocediere, no agradará a mi alma» (Hebreos 10:38).

«Pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma» (Hebreos 10:39).

Estos versículos afirman que los hebreos convertidos, con quienes el autor de la epístola se identificaba, no son de los que se retiran para perdición, sino de los que creen por la preservación del alma; en otras palabras, de los que poseen esta fe viva que nada puede cancelar y que son «guardados en Jesucristo» (Judas 1). El autor inspirado hace resaltar dos caracteres opuestos, el hecho de retirarse y perecer, y el hecho de creer y ser salvado, de «guardar» su alma.

Recordemos también que la epístola está dirigida a los hebreos que profesaban ser cristianos y que podría haber entre ellos tanto creyentes auténticos como simples profesos que no tuvieran la vida de Dios. Los simples profesos corrían el riesgo de retirarse de la profesión cristiana y volver al judaísmo, pero prácticamente el peligro también existía para los verdaderos creyentes que se enfrentaban a la persecución. Lo mismo sucede hoy en día en el cristianismo. Quien profesa ser cristiano se caracteriza por la fe que lo hace vivir o por una creencia intelectual sin vida en la que Dios no puede agradarse, pero cada creyente corre el peligro de dejarse llevar a vivir «como los demás» (1 Tesalonicenses 5:6).

5.7 - Santidad, sin la cual nadie verá al Señor

«Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor. Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios» (Hebreos 12:14, 15). Este pasaje se entiende a menudo como si uno tuviera que alcanzar un cierto nivel de santidad para ir al cielo. Se dice que, si uno peca, baja de la altura que alcanzó y tiene que empezar a escalar de nuevo.

La comparación con la expresión anterior: «Seguid la paz con todos», muestra claramente que esta interpretación es errónea. No se trata de un cierto grado de paz que debamos demostrar. Más bien, es una disposición de la mente que debe ser encontrada en aquellos que han nacido de nuevo. Lo mismo ocurre con la «búsqueda de la santidad». Si alguien dice ser cristiano, pero no persigue la paz y la santidad en su vida práctica, muestra que no conoce la paz que Dios da, ni la santidad de Dios.

Además, es importante recordar el significado del término «santo». La traducción literal es «separado», «separado para Dios». Dios espera de aquellos que han sido puestos, por la obra de Cristo aceptada por la fe, en una posición de santidad que también lleven una vida de santidad práctica en la separación del mal (*).

(*) Este versículo sobre la santidad está ilustrado por el caso de Esaú (Hebreos 12:16, 17) del cual la Palabra declara que es un profano, es decir, extranjero a las cosas de Dios. No tenía la vida. Él buscó la bendición, pero no la encontró, porque no se arrepintió para salvación.

Sin la santidad de la posición que se nos da cuando somos sellados con el Espíritu, nadie «verá al Señor» (Hebreos 12:14) en la vida después de la muerte. Los incrédulos no verán a Dios, estarán lejos de Él por toda la eternidad. Por otra parte, sin santidad práctica, el creyente no puede «ver al Señor», disfrutar de él ahora contemplándolo por la fe (2 Corintios 3:18).

6 - Conclusiones prácticas

Habiendo desarrollado ampliamente los aspectos doctrinales, deseamos concluir con exhortaciones más prácticas.

6.1 - Dos series de versículos

Del estudio de los muchos pasajes sobre el tema, deducimos que hay dos tipos. Una primera serie de pasajes presenta la salvación incondicional de los hijos de Dios, porque la obra en sus almas es de Dios. Otros pasajes muestran que alguien que profesa ser cristiano puede negar la fe y la conducta cristiana.

¿Cómo debemos aplicar en la práctica estos dos tipos de pasajes? Debemos dejar que la Palabra de Dios nos hable de una manera que se adapte a cada situación particular. En otras palabras: ¡un determinado mensaje se dirige a un determinado destinatario! Así, por ejemplo, la palabra «Maridos, amad a vuestras mujeres» (Colosenses 3:19) se dirige a los hombres y no a sus esposas. Y la exhortación: «Casadas, estad sujetas a vuestros maridos» (v. 18) se dirige a las mujeres y no a sus maridos.

Estos dos grupos de pasajes pueden estar unidos, por así decirlo, por dos hilos de diferentes colores. Un creyente, que no retiene doctrinas falsas, y no camina de manera equivocada, pero que duda de su salvación, mirándose a sí mismo, debe tirar del hilo del primer grupo de pasajes. El que dice ser cristiano, pero cuya vida está en contradicción con su profesión, debe tirar el hilo del segundo grupo de pasajes, o mejor dicho, otros deben tirarlo por él.

Desafortunadamente, Satanás es muy astuto para invertir los dos hilos. El cristiano que duda toma las advertencias del segundo grupo para sí mismo y se desespera. El cristiano que camina mal, se apoya en el primer grupo y así busca cauterizar su conciencia. El primer hilo es el hilo de la gracia, el segundo es el hilo de la responsabilidad. Ambos deben ser usados de acuerdo a las Escrituras y con el poder y la sabiduría del Espíritu de Dios (2 Timoteo 1:7).

6.2 - Actuar por el bien de todos

Como cristianos, no estamos solos. Somos responsables los unos de los otros (1 Corintios 12:25-26). ¿Cómo debemos ayudar a nuestros hermanos en vista de las dos directrices mencionadas?

En el primer caso, no será difícil: para los creyentes que dudan, debemos tratar de mostrar claramente los resultados completos de la obra de Jesucristo. La mayoría de las veces, la duda viene de estar decepcionado consigo mismo. El descubrimiento de la naturaleza pecaminosa y los fracasos en la vida práctica son las causas más extendidas de duda. Estos creyentes necesitan ser instruidos. Deben aprender que Jesucristo no solo murió por ellos, sino que ellos también murieron con él (Gálatas 2:20; Romanos 6:2-4, 6-11). Dios ya no los ve en su estado antes de su conversión, sino que los considera como una nueva creación en Cristo (2 Corintios 5:17). Tienen una nueva y perfecta posición «en Cristo Jesús» (Romanos 8:1, 39; 1 Corintios 1:30; Efesios 2:10) en quien tienen una plenitud de bendiciones: vida, gracia, amor, salvación y fe (2 Timoteo 1:1, 9, 13; 2:1, 10; 3:12, 15). Su mirada debe estar dirigida, por un lado, a la posición perfecta que se les confiere (Romanos 8:1, 11, 15) como hijos de Dios y, por otro, a Jesús, nuestro sumo sacerdote en el cielo. Lleno de misericordia por nuestras debilidades, porque él ha sido tentado en todas las cosas como nosotros, excepto en el pecado (Hebreos 2:18; 4:15-16), él viene en nuestra ayuda.

Los primeros ocho capítulos de la epístola a los Romanos están destinados a fortalecer a las personas que ya eran verdaderos creyentes, tanto en el perdón de los pecados (Romanos 3:22-26) como en la liberación de la naturaleza del pecado, de la «carne» (Romanos 6:18, 22; 8:2). Este tema tan rico no puede ser tratado en este pequeño libro, pero es el fortalecimiento de estas verdades lo que, además de lo que se ha desarrollado anteriormente, nos permite ser muy apacibles acerca de la salvación que Dios nos ha dado, mientras somos conducidos a una verdadera santificación práctica.

En el segundo caso, frente a los que se declaran ser cristianos, pero cuyas vidas están en contradicción con su profesión, es más difícil actuar correctamente. Con respecto a estos cristianos, debemos esforzarnos por seguir la exhortación de Pablo a los Gálatas: «Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado» (Gálatas 6:1).

¿Pero cómo? Dos casos son posibles. Puede suceder que un creyente nacido de nuevo haya caído en pecado y, en un espíritu de arrepentimiento, haya reconocido su culpabilidad ante Dios. Podemos asegurarle que «si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados» (1 Juan 1:9), y mostrarle a Jesucristo como nuestro abogado ante el Padre (1 Juan 2:1). Este creyente necesita aliento y exhortación, para que no vuelva a caer en pecado.

También puede suceder que alguien siga viviendo en pecado y diga con frialdad: «Pero yo soy salvo, porque soy hijo de Dios». ¿Vamos a fortalecerlo en su confianza, mostrándole la gracia y misericordia de Dios? ¡De ninguna manera! Porque ¿quién nos dice que este hombre realmente ha nacido de nuevo? No podemos ver dentro de su corazón. Su confesión de fe está en contradicción con lo que muestra su conducta. No debemos enfocar la atención de este hombre en la gracia de Dios, sino en la responsabilidad del cristiano. A él se le aplica el versículo: «Si vivís conforme a la carne, moriréis» (Romanos 8:13). Él vive como un enemigo de la cruz de Cristo, cuyo fin es la perdición (Filipenses 3:18, 19). Este hombre esta en el camino de la perdición y debemos advertirlo.

Supongamos que bordeo un canal con mi hijo. Este quiere correr en la pendiente con el riesgo de caer al agua. ¿Le voy a decir: «Puedes correr bien; si te caes, ¿te atraparé a tiempo»? No, le diré: «Si haces eso, te ahogarás». El hecho de que, por ser mi hijo, no dejaré que se ahogue es otra cosa. Del mismo modo, debemos advertir firmemente a un cristiano cuyo comportamiento se opone a la Palabra. Debemos hacerlo, aunque sepamos que, en todo caso, Dios lo salvará al final si es un verdadero creyente. El cristiano en malas condiciones debe ser advertido. Si le ayudamos a salir de un camino de error, podemos decir que, como en el ejemplo que acabamos de presentar, hemos salvado un alma de la muerte (Santiago 5:19-20).

La gracia de Dios es infinita. Pero nuestra responsabilidad también es grande. El deseo de nuestro corazón es que este pequeño libro haya dado a los dos aspectos de la verdad su verdadero lugar en la luz divina.


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