Las siete palabras de Jesucristo en la cruz


person Autor : Enseñanza Bíblica 11


Los Evangelios nos refieren siete palabras que Jesús, sufriendo y muriendo, ha pronunciado cuando estaba clavado en la cruz del Calvario. Son siete palabras, siete cortas frases que nos hace falta meditar para conocer quién era Jesús y cuál era el sentido de su muerte. Estas tienen una importancia capital y conviene que les demos toda nuestra atención con nuestro profundo respeto.

Podemos establecer con certidumbre las siguientes etapas:

Palabras pronunciadas antes de las tres horas de tinieblas

  • Primera palabra: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lucas 23:34).
  • Segunda palabra: «De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lucas 23:43).
  • Tercera palabra: «Mujer, he ahí tu hijo» y «He ahí tu madre» (Juan 19:26, 27).

Palabra pronunciada al final de las tres horas de tinieblas

  • Cuarta palabra: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Mateo 27:46 y Marcos 15:34).

Palabras pronunciadas después de las tres horas de tinieblas

  • Quinta palabra: «Tengo sed» (Juan 19:28).
  • Sexta palabra: «Consumado es» (Juan 19:30).
  • Séptima palabra: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lucas 23:46).

1 - La primera palabra

«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lucas 23:34).

Esta primera palabra es una oración, una intercesión.

Jesucristo, santo y justo, el Hijo de Dios, el rey de Israel, ha encontrado en un mundo corrompido por el pecado autoridades bastante inicuas para condenarlo al suplicio de la cruz mientras proclamaban su inocencia (Lucas 23:4, 14, 22; Juan 18:38; 19:4, 6).

Rechazado por su pueblo, abandonado por sus discípulos, los clavos traspasan sus manos y sus pies, acaba de ser crucificado, todos los hombres se burlan de Él. De su santa boca, ninguna queja, ninguna protesta, ninguna amenaza a pesar de los atroces sufrimientos de la crucifixión.

La gracia brota de su boca: el Salvador solicita el perdón de su Padre a favor del pueblo judío responsable y de todos los hombres que merecían un inmediato juicio por haber tratado así al Hijo de Dios.

Tal pecado no podía quedar sin castigo por la justicia de Dios, el Padre del Señor Jesús; pero Este pidió a su Padre un perdón que permitía evitar a los culpables una inmediata destrucción, ofreciéndoles la posibilidad de confesar sus pecados y de recibir la salvación mediante la fe: Jesús ha atenuado la gravedad del pecado dándole el carácter de pecado por yerro («no saben lo que hacen»; ver Levítico 5:15,16) que solo podía ser perdonado bajo la ley (Deuteronomio 19:11-13); el pecado voluntario, con soberbia (Números 15:30), por el contrario, comportaba inmediatamente la condenación a muerte.

Los sufrimientos de la cruz nos revelan así la dimensión de la gracia divina y una grandiosa y magnífica plenitud de amor por parte del Salvador.

La maravillosa respuesta a esta intercesión de Cristo será el llamado de Pedro cincuenta días más tarde a los judíos de Jerusalén: «Mas ahora, hermanos, sé que por ignorancia lo habéis hecho, como también vuestros gobernantes» (Hechos 3:17). Varios miles de personas aceptaron entonces esta buena nueva de la salvación por Jesucristo y fueron perdonados y salvados.

Con esta oración, Jesús obra según su Evangelio en lo que concierne al amor hacia los enemigos. Comprendemos entonces que el cristianismo es mucho más que una moral: es una vida que ama y que se da.

Si la crucifixión de Jesús muestra toda la maldad humana, ella revela sobre todo la inmensidad del amor divino: el amor del Padre que da el Hijo por la salvación de todos los que creen en Él, el amor del Hijo que se da voluntariamente por los culpables. ¿Rechazaríamos este don?

2 - La segunda palabra

«De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lucas 23:43).

La segunda palabra de Jesús en la cruz es una promesa de salvación hecha por el Juez supremo a un acusado. No es un perdón temporal, sino la paz eterna; no la vida continua en la tierra, sino el reino de Dios y la resurrección para una nueva vida en el cielo.

¡Qué escena! Tres cruces elevadas en el monte Calvario con tres torturados. Jesucristo el justo, el santo, está ahí en la cruz, en medio, teniendo a sus lados dos malhechores crucificados como Él.

Al principio, los dos malhechores insultaban a su compañero de tortura, a Jesús (Mateo 27:44; Marcos 15:32), pero pronto cambia la escena, una distinción se precisa, dos categorías de personas aparecen. Estos dos malhechores representan a toda la humanidad culpable pero dividida en dos, aquellos que por la fe vienen a creer en Jesucristo y aquellos que permanecen en sus pecados.

Uno de los malhechores permanece en su triste estado de pecador y continúa a insultar al Hijo de Dios.

Pero el otro cambia de actitud. Alcanzado en su consciencia por la gracia del Salvador, discierne y reprende la perversidad de su compañero, reconoce su propia culpabilidad, proclama la justicia del castigo que los dos soportaban y rinde a la perfecta inocencia del Señor un esplendoroso homenaje: «recibimos lo que merecieron nuestros hechos», le dice a su compañero, «mas éste ningún mal hizo» (Lucas 23:41).

En ese crucial momento, se vuelve hacia Jesús y le dice: «Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino». Por la fe se dirige a este hombre crucificado y le pide que se acuerde de él; por la fe sabe que el reino del Señor vendrá. Olvidando sus propios males y todo lo que le rodea, ve los sufrimientos de Cristo y las glorias que seguirán (ver 1 Pedro 1:11).

La respuesta es inmediata, la promesa cierta: «hoy estarás conmigo en el paraíso».

Ninguna fase transitoria, ningún juicio que esperar, el malhechor condenado por los hombres es perdonado en ese momento por Dios. Lo es porque Jesús iba a expiar sus pecados ante Dios. Jesús expiaba ante Dios en la cruz, por amor, la culpa del miserable pecador condenado a muerte.

El malhechor convertido también recibe la certidumbre de compartir, el mismo día, el feliz lugar del Salvador en el paraíso. ¡Maravilloso futuro que compartirán todos aquellos que habrán puesto su confianza en Cristo!

Jesús es el Salvador de las vidas destruidas por el mal, por el pecado. No desesperemos a causa del mal que hemos cometido. Jesús es poderoso para salvar ahora también. Él ha conocido la más grande humillación, la más profunda sumisión, la vergonzosa muerte en la cruz, con el fin de hacernos conocer el amor de su Padre. ¡Por la eternidad!

La gracia de Dios ha operado una obra maravillosa en el corazón de este malhechor:

  • El primer fruto es el temor de Dios que conduce a la vida (Proverbios 19:23).
  • El segundo fruto es la convicción de pecado en un profundo despertar de su consciencia sin ninguna intervención exterior, Dios obraba en él. Reconoce su propia culpabilidad ante Dios. Estas son las marcas de una auténtica conversión. Acepta su propia condenación en la sincera confesión de su pecado.
  • Al mismo tiempo da a Cristo un maravilloso testimonio a su inocencia, a su santidad y a su justicia.
  • Se vuelve hacia Jesús que llenaba su corazón, recurre a él como su Salvador y lo reconoce como Rey.

Respondiendo a la solicitud del malhechor, los pensamientos de Cristo se alzan hacia el lugar de seguridad al que Dios lo elevaría (Salmo 69:29). Incluso antes de que se acabe el día.

Hoy: ¡Qué prontitud!
Estarás: ¡Que certitud!
Conmigo: ¡Qué compañía!
En el paraíso: ¡Qué reposo!

3 - La tercera palabra

«Mujer, he ahí tu hijo» y «he ahí tu madre» (Juan 19:26, 27).

En su primera palabra en la cruz, Jesús pide el perdón para aquellos que lo han crucificado.

En la segunda, transforma por su gracia a un malhechor en uno de sus compañeros en el cielo.

En la tercera, confía tiernamente su madre, probablemente viuda, a su discípulo Juan.

¿Cómo no estar conmovido por los cuidados y el afecto que Jesús, a pesar de sus crecientes sufrimientos, ha manifestado a su madre?

¡Que delicadeza en medio del odio que lo rodeaba! Pero también, ¡qué dignidad!, puesto que Jesús sigue siendo el Señor de su madre y de su discípulo. No tenemos aquí a un moribundo que depende de la bondad de los suyos, sino a un hijo que ama y que tiene en cuenta las futuras necesidades de su madre.

Jesús ha pronunciado esta palabra antes de entrar en las tres horas de tinieblas del desamparo de Dios. Incluso los más legítimos lazos en la tierra, aquellos de un hijo con su madre, debían ser rotos. Era necesario que Jesús entrara solo en el lugar donde Dios iba a juzgar el pecado del mundo.

Es en compañía de los discípulos de Jesús que María iba a encontrar una apacible consolación, después de tantos dolores que además le habían sido predichos (Lucas 2:35).

La vemos hacer parte de los creyentes que, con los apóstoles, esperaban en oración la venida del Espíritu Santo (Hechos 1:14; Joel 2:28-32), después de que Jesús haya sido resucitado y elevado al cielo.

Esta palabra establece un lazo divino entre María, la madre de Jesús, y Juan, su amado discípulo. Es también la expresión del agradable y poderoso lazo que unía a todos los rescatados del Señor, un «amor en el Espíritu» del que encontramos bellas ilustraciones en el Nuevo Testamento, un lazo espiritual e inalterable. Los creyentes forman una familia, un nuevo pueblo.

Esta tercera palabra de Jesús en la cruz resalta el amor, la fidelidad y la ternura de Jesús. También es la palabra del Salvador que va a dar su vida por aquellos que creen.

4 - La cuarta palabra (la palabra central)

«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Mateo 27:46 y Marcos 15:34).

No podemos considerar esta cuarta palabra de Jesús sino con un profundo respeto. Es una palabra de importancia capital y de una inmensa consistencia que permanece insondable para nosotros.

¿Por qué era necesario que Jesucristo, el Hijo de Dios, «santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores» (Hebreos 7:26), «el cual no hizo pecado», (2 Pedro 2:22) y que «no hay pecado en él» (1 Juan 3:5) sufra y sea desamparado por Dios? El único hombre perfectamente justo y enlazado a su Padre por una comunión ininterrumpida.

Desde mediodía, ¡hace noche en Jerusalén! Tinieblas sobrenaturales cubren el país. Ya no más burlas, ni injurias, los hombres están puestos de lado. Dios sustrae a su Hijo de las miradas de los hombres. Jamás nadie podrá entrar en la angustia de Jesús durante esas tres horas de obscuridad. Cristo sufre de la mano de Dios a causa de NUESTROS pecados. Aunque el Señor Jesús no fue culpable de ningún pecado, tomó nuestros pecados sobre él, se cargó voluntariamente de nuestras faltas y aceptó padecer el castigo que ellas merecían. Por amor, se identificó a nosotros pecadores. Sin esas horas de expiación nadie habría podido ser salvado.

¡Eterno tema de adoración para todos los creyentes! Es por usted y por mí que fue desamparado por Dios en la cruz. Fue desamparado porque «por nosotros lo hizo pecado» (2 Corintios 5:21), porque «hecho por nosotros maldición» (Gálatas 3:13).

Proféticamente anunciado en el Salmo 22:1. Está en la cruz sin respuesta, sin reposo y sin socorro, atormentado por todos los dolores.

Padece la eternidad de NUESTRO castigo, bajo el aplastante peso de NUESTROS pecados. Un castigo que está a la medida de la santidad inflexible de Dios que se debía a sí mismo de castigar el pecado.

En la cruz Dios ha dado toda la medida de lo que él es:

En perfecta justicia contra el pecado.

En perfecto amor con el pecador.

5 - La quinta palabra

«Tengo sed» (Juan 19:28).

Con la quinta palabra de la cruz, después de las tres horas de desamparo, Jesús dice que tiene sed. La sed es uno de los tormentos físicos del suplicio de la cruz.

Sus heridas, su lucha moral, hacen que sufra de una ardiente sed. Pero, no es por eso que dice: «Tengo sed». En la cruz, como durante toda su vida, Jesús siempre ha hecho la voluntad de Dios. A pesar del intenso sufrimiento, se exclama: «tengo sed» porque las Santas Escrituras anunciaban por adelantado: «En mi sed me dieron a beber vinagre» (Salmo 69:21). Él debía cumplir esta Escritura.

Pero nos está permitido pensar que esta palabra de Jesús también reviste un alcance espiritual. Su obra consumada, Jesús mira hacia adelante.

Esta sed que siente evoca el intenso deseo del gozo de la presencia de Dios (Salmo 63:1). Su sed es una señal de la inminencia del reino donde pronto disfrutaría la plena comunión de su Padre y de los suyos.

Ha dicho «tengo sed» con el fin de convertirse, para todos los que se confían en él, en la fuente de agua viva. Prepara el agua viva de la salvación que va a ser dada al mundo (Juan 4:14).

El Señor ahora glorificado desaltera sin cesar a los suyos. Él es la roca golpeada de donde salió la bebida espiritual (1 Corintios 10:4) de la que tenemos necesidad cada día atravesando este mundo.

Él solo posee y da el agua de la vida que quita la sed para siempre (Juan 4:11,14).

Su voz victoriosa nos dice desde el cielo, al final de las Santas Escrituras:

«Al que tuviere sed, yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida» (Apocalipsis 21:6).

«El que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente» (Apocalipsis 22:17).

6 - La sexta palabra

«Consumado es» (Juan 19:30).

Las tres horas de tinieblas se han terminado. En un último gesto de obediencia, Jesús acaba de beber el vinagre; entonces se exclama: «consumado es». Su misión en la tierra se acaba. Cuando vino, había podido decir: «He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad» (Hebreos 10:7). Ahora, ha terminado todo lo que el Padre le había dado que hacer (Juan 17:4). Jesús ha perfectamente glorificado a Dios.

Cada creyente puede decir: «El Hijo de Dios… se entregó a sí mismo por mí» (Gálatas 2:20).

Todo resulta del valor de la cruz: la salvación de cada creyente, la formación de la Iglesia, el acceso al Padre, el establecimiento de cielos nuevos y una tierra nueva «en los cuales mora la justicia» (2 Pedro 3:13). Todo reposa sobre la muerte de Jesús.

Esta sexta palabra es como la firma que Cristo estampa sobre el texto que relata lo que él ha hecho. Una sola palabra en el original: ¡«Tetelestai»! Se han encontrado pápiros donde aparecen facturas con la palabra «tetelestai» inscrita en través para indicar que estaban totalmente pagadas.

La obra de Jesús en la cruz es perfecta y acabada. Nada «se añadirá, ni de ello se disminuirá».

Nuestra confianza en cuanto a nuestra salvación eterna no puede reposar sobre nuestras obras, ni sobre nuestros méritos, ni sobre cualquier cosa que venga de nosotros mismos; simplemente sobre el sacrificio de Jesucristo, perfecto, completo, aceptado por Dios.

Mientras que todas las religiones de los hombres dicen: “Haced alguna obra”, Jesús proclama a la faz del mundo entero: «Consumado es».

«Salí del Padre, y he venido al mundo; otra vez dejo el mundo, y voy al Padre» (Juan 16:28).

En medio de este notable y admirable versículo, se inscribe la obra de la cruz que él llevó a cabo, una obra perfecta e inmortal.

Esta palabra concisa y magnífica resuena como un grito de victoria a través de las edades hasta en la eternidad.

En la cruz, Dios «no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros» (Romanos 8:32).

«Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante» (Efesios 5:2).

«La ofrenda del cuerpo de Jesucristo», víctima santa, tuvo lugar «una vez para siempre» (Hebreos 10:10).

7 - La séptima palabra

«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lucas 23:46).

Esta última palabra de Jesús en la cruz evoca toda la intimidad del amor y de la comunión recuperados entre Jesús y su Padre. Como antes de las tres horas de tinieblas, Jesús dice de nuevo: «Padre».

La expiación está terminada, la cuestión de nuestros pecados está resuelta. En perfecta paz, en plena consciencia, va a dejar su vida, dar su vida. Habiendo bajado la cabeza, encomienda su espíritu al Padre. Es el acto final de su sacrificio voluntario. Él mismo ha separado el espíritu de su cuerpo y lo ha encomendado a Dios su Padre.

Varias veces, el Nuevo Testamento nos comenta que Jesús se ha librado sí mismo (Gálatas 2:20; Efesios 5:2,25; Tito 2:14).

Todas estas expresiones hacen brillar la grandeza y el amor de Aquel que daba su vida. Nadie tenía poder para quitársela (Juan 10:18), sino que él la ha ofrecido con el fin de que podamos recibir una vida nueva, espiritual, confiándonos en Él.

El gran grito del Señor (Mateo 27:50; Marcos 15:37), «a gran voz» (Lucas 23:46), atesta de toda la fuerza y de toda la energía que el Señor había conservado a través de sus tormentos y sus sufrimientos. La muerte del Salvador ha sido voluntaria.

Jesús va hacia la muerte, apaciblemente, en vencedor, sabiendo que Dios resucitará su cuerpo (Hechos 2:27). Con su muerte ha destruido el poder del diablo que nos aterrorizaba (Hebreos 2:14). Para obtener esta victoria, él debía pasar por la muerte (que según Romanos 6:23 es «la paga del pecado» que el Señor tomaba sobre él) y salir por la resurrección.

La séptima palabra anuncia el reposo de la nueva creación. El pecado y el mal son vencidos en la cruz.

Tal y como el séptimo día de la creación fue el día del reposo y de la satisfacción para Dios, la séptima palabra de la cruz introduce al Señor en el lugar del reposo, es decir entre las manos del Padre.

Siguiendo a Jesús podemos, nosotros también, confiarnos apaciblemente en nuestro Dios y Padre ante la muerte.

Esta oración también es la expresión final de su vida de obediencia, de su sumisión y de su dependencia en su perfecta humanidad. Ella es la coronación de su vida de oración.

Ahora se cumple en el verdadero David, la palabra del dulce salmista de Israel: «En ti, oh Jehová, he confiado… En tu mano encomiendo mi espíritu» (Salmo 31:1, 5).

 

«Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores»

1 Timoteo 1:15


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