Algunas glorias morales del Señor Jesús


Autor : Enseñanza Bíblica 11


Índice general


1 - Jesús – el hombre que agradó a Dios

«Jesús… fue bautizado por Juan en el Jordán. Y luego, cuando subía del agua, vio abrirse los cielos, y al Espíritu como paloma que descendía sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía: tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia» (Marcos 1:9-11).

Nacido en un pesebre en Belén, Jesús creció en el hogar de José y María. Hecho ya un muchacho aprendió el oficio de carpintero y vivió desconocido hasta la edad de treinta años. Después, antes de comenzar a enseñar en público, vino al Jordán para ser bautizado por Juan.

Es entonces, cuando se produce un extraordinario acontecimiento al salir de las aguas: el cielo se abre, el Espíritu de Dios se posa sobre él en forma de paloma y, del cielo, Dios el Padre hace oír su voz que dice: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia» (Mateo 3:17). Algunos años más tarde, cuando la cruz se perfila en el horizonte, Jesús sube a un monte con tres de sus discípulos, y la voz del Padre se hace oír de nuevo para confirmar el placer que ha hallado en Jesús (leer Mateo 17:1-5).

El primer hombre, Adán, ofendió a Dios, como también todos sus descendientes. Pero Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, siempre hizo lo que agrada a Dios. Su vida entera contrasta con la del primer hombre.

Tentado por Satanás, Adán puso en duda la palabra y la bondad de Dios, le desobedeció, por orgullo y por voluntad de independencia. De este modo el pecado entró en el mundo, con sus tristes consecuencias. Pero cuando Satanás tentó a Jesús, no pudo desviarlo de su camino de perfección.

A continuación seguiremos desarrollando algunas de las perfecciones morales que ha manifestado nuestro Señor, desde su nacimiento, hasta su muerte.

Sí, Dios encontró finalmente su placer en un hombre, un hombre perfecto, ¡en Jesús!

2 - Jesús – su santidad

«Jesús el Hijo de Dios,… fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado» (Hebreos 4:14, 15).

«Fuisteis rescatados… con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación» (1 Pedro 1:18, 19).

Naciendo entre nosotros, Jesús se hizo «semejante a los hombres» (Filipenses 2:7). Exteriormente, nada lo distinguía de los otros, pero había una diferencia esencial entre él y ellos, y la Palabra de Dios se cuida de enfatizarlo. A diferencia de todos los descendientes de Adán, Jesús era sin pecado:

• «Cristo… el cual no hizo pecado» (1 Pedro 2:22).

La conducta de Jesús era perfecta, siempre obedeció a Dios y jamás hizo mal alguno (Lucas 23:41). Cerró la boca a sus oponentes preguntándoles: «¿Quién de vosotros me redarguye de pecado?» (Juan 8:46).

• «Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado» (2 Corintios 5:21).

El pecado era algo completamente extraño para este hombre santo y puro. Pero cuando cargó nuestro pecado sobre él para sufrir el juicio por nosotros, el Dios santo lo castigó y lo abandonó. ¡Ya debía ser grave el pecado a los ojos de Dios, para que así castigara a su Amado!

• «No hay pecado en él» (1 Juan 3:5).

Mientras que todos somos pecadores por naturaleza, el pecado no tenía cabida en la santa Persona de Jesús. No encontraba en él eco alguno.

Sí, Jesús era perfecto bajo todos los aspectos. Era el cordero para el sacrificio del cual ya hablaba Abraham (Génesis 22:8), este «cordero sin mancha y sin contaminación, ya destinado desde antes de la fundación del mundo» (1 Pedro 1:19, 20) y reconocido por Juan el Bautista que le rindió un claro testimonio: «¡He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!» (Juan 1:29).

3 - Jesús – su humildad

«Jesús,… el cual, siendo en forma de Dios,… se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Filipenses2: 6-8).

Adán, el primer hombre, quiso elevarse y hacerse como Dios. Jesús, el Hijo de Dios, se anonadó a sí mismo para hacerse hombre.

Vivió como hombre en la tierra que él mismo creó. Sabía todo, podía todo, dominaba todo. ¿Trató de impresionarnos con su grandeza? ¡Jamás! No vino para ser servido, sino para servir (Mateo 10:45). Escogió como discípulos a personas mayormente poco instruidas, haciéndose su servidor, llegando hasta lavarles los pies (Lucas 13:1-15). Se acercó a los pobres, a los débiles y a los infelices para aliviarlos, sin jamás tratar de hacerse admirar por sus milagros (Juan 7:3, 4). Cuando quisieron hacerlo rey, se fue a otro lugar (Juan 6:15). Fue tratado de bebedor y de loco, y los dejó decir (Lucas 7:34; Juan 10:20). Llamaba a las gentes fatigadas de la vida: «Venid a mi… que soy manso y humilde de corazón» (Mateo 11:28, 29), era el más accesible de los hombres.

Después de esa vida de humildad, Jesús aun se «humilló a sí mismo» hasta la muerte, por obediencia a Dios. Le escupieron, lo trataron indignamente, y para terminar fue condenado a muerte sobre una cruz entre dos malhechores. La crucifixión fue para el santo Hijo de Dios la extrema humillación.

Pero Dios encontró su complacencia en el humilde Jesús, y lo mostró: «Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo» (Filipenses 2:9). «Dios, quien le resucitó de los muertos y le ha dado gloria» (1 Pedro 1:21).

4 - Jesús – su obediencia

Jesús «puesto de rodillas oró, diciendo: Padre, si quieres, pasa de mi esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lucas 22:41, 42).

«Jesús entonces dijo a Pedro:… la copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber?» (Juan 18:11).

Dios sólo prohibió una cosa al primer hombre que había colocado en el maravilloso jardín: no debía comer del fruto de cierto árbol. Pero Adán desobedeció y escogió hacer su propia voluntad antes que la de Dios.

En contraste, la línea de conducta invariable de Jesús, ha sido la de hacer la voluntad de su Padre. «He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad» (Hebreos 10:7). Jesús dijo a sus discípulos: «Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra» (Juan 4:34). De nuevo dice: «He descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió» (Juan 6:38).

La desobediencia del primer hombre, fue una terrible afrenta hecha a Dios. Por su obediencia, Jesús le devolvió a Dios el honor que se le debía. No obedeció por obligación, sino por amor: «Para que el mundo conozca que amo al Padre, y como el Padre me mandó, así hago» (Juan 14:31).

Siendo él mismo Dios, Jesús nunca tuvo que obedecer. Pero, habiéndose hecho hombre, mostró lo que convenía a esta condición: una obediencia incondicional a Dios. Esa obediencia lo condujo a la cruz: «Se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Filipenses 2:8). Dios fue completamente glorificado por la perfecta obediencia del hombre Cristo Jesús.

5 - Jesús – su sumisión

(Jesús dijo:) «No puedo yo hacer nada por mí mismo;… no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió» (Juan 5: 30).

«Porque yo no he hablado por mi propia cuenta; el Padre que me envió, él me dio mandamiento de lo que he de decir, y de lo que he de hablar» (Juan 12:49).

Al comer del fruto prohibido, Adán actuó de manera independiente de Dios, según su propia voluntad. Después de él, sus descendientes se organizaron sin tener en cuenta a Dios. El hombre se consideraba su propio dueño y pensaba tener derecho para hacer lo que quisiera, sin tener en cuenta a Dios.

Jamás ocurrió así con Jesús. La voluntad de Dios condujo toda su conducta, era su razón de vivir, su alegría. No hizo nada ni quiso hacer nada sin él. Comió, bebió, habló y actuó según la voluntad de su Padre.

– Antes del inicio de su servicio público, Jesús ayunó durante cuarenta días. Sabiendo que tenía hambre, Satanás le sugiere emplear su poder para transformar las piedras en pan. Sin embargo, Jesús nunca usó su poder para él mismo. La Palabra de Dios lo hacia vivir, y es Dios quien lo alimentaba…

– Cuando fue informado que su amigo Lázaro estaba enfermo, él esperó una orden de su Padre para regresar a esa amada familia. Cuando llegó, Lázaro ya hacía cuatro días que había muerto. El Señor lo resucitó, y el Padre manifestó así la gloria de su hijo.

– Poco antes de la crucifixión, Jesús se sumió en un terrible combate: Dios quería salvar a los hombres, pero para eso, Jesús debía llevar sus pecados y sufrir el castigo. Él no pudo desear eso, él que era completamente santo. Suplicó entonces a su Dios con gran clamor y lágrimas (Hebreos 5:7). Pero ante todo era la voluntad de Dios, y él se sometió a la suya y le ofreció su vida por nosotros.

6 - Jesús – su confianza

«Pero tú eres el que me sacó del vientre; el que me hizo estar confiado desde que estaba a los pechos de mi madre» (Salmo 22:9).

«Los principales sacerdotes, escarneciéndole con los escribas y los fariseos y los ancianos:… Confió en Dios» (Mateo 27:41-43).

«El justo en su muerte tiene esperanza» (Proverbios 14: 32).

Adán desconfió en Dios y, como resultado, la humanidad perdió confianza en su Creador. El mundo se ha organizado sin Dios, la desconfianza y la rebelión contra él forman parte de la atmósfera ambiental. El pecado reina con sus consecuencias, y el hombre acusa a Dios…

Es a este mundo que Jesús ha venido y ha vivido, como un hombre enteramente confiado en Dios:

– Dios es su Dios desde el vientre de su madre. Vela por él en el momento de su nacimiento. Durante su infancia, Jesús siempre se confía en Dios.

– En plena tempestad, duerme tranquilamente en el fundo de una barca (Mateo 4:38). Él pudo decir: «Yo confiaré en Él» (Hebreos 2:13).

– Antes de resucitar a su amigo Lázaro, dice a Dios su Padre, pleno de confianza en él: «Yo sabía que siempre me oyes» (Juan 11:42).

– Confía en la sabiduría de su Padre: «Sí, Padre, porque así te agradó» (Mateo 11:26).

– Mientras estaba clavado en la cruz, que sus enemigos se burlaban de él, que su Dios lo abandona (Mateo 27:46), su confianza permanece (Proverbios 14:32).

– Por último, en el momento de expirar, es entre las manos de su Padre que encomienda su espíritu (Lucas 23:46). Tiene la confianza en que Dios velará por él y no lo abandonará en la muerte (Salmo 16:9, 10). Su confianza no será decepcionada. Su Dios lo resucita y lo hace «sentar a su diestra».

7 - Jesús – su consagración

«Jesús… anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo» (Hechos 10:38).

«Y por la mañana volvió al templo, y todo el pueblo vino a él; y sentado él, les enseñaba» (Juan 8:2).

Jamás hubo en la tierra una persona más consagrada que Jesús. Lleno de compasión, se inclinaba incansablemente sobre los sufrimientos de todos aquellos con los que se encontraba. Nunca pensaba en sí mismo, a su propia comodidad o a su cansancio. Se podía venir a él a todas las horas del día o de la noche, a nadie rechazaba:

– Acoge a un jefe religioso, que, temeroso, viene a él de noche. Responde a sus preguntas y le enseña cosas maravillosas (Juan 3).

– Se sienta, en pleno mediodía, junto a un pozo porque sabía que una mujer con un corazón sediento se acercaría, y tiene un mensaje de salvación para ella (Juan 4).

– En la tarde de un día muy atareado, le traen enfermos y gente poseída por demonios. Incansable, Jesús echa a los malos espíritus, sana a los enfermos y recibe a todos aquellos que lo necesitan (Mateo 8).

– Sus discípulos regresan de una misión, y tienen mucho que contarle. Él les propone ir a un lugar tranquilo para que descansen un poco, pero la multitud llega a saber adonde van y se les adelantan. En lugar de rechazarlos para preservarse un momento de legítimo descanso, Jesús, conmovido en vista de todas aquellas personas que son «como ovejas que no tienen pastor», los recibe y los alimenta (Marcos 6:34).

Los sufrimientos y las numerosas y variadas necesidades de aquellos que encontraba, no dejaban al Señor indiferente. Siempre consagrado, tenía una respuesta para cada uno. Solo Él cumplió el mandamiento de la Ley: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Levítico 19:18).

8 - Jesús – su fidelidad

«Porque ni aun Cristo se agradó a sí mismo; antes bien, como está escrito: “los vituperios de los que te vituperaban, cayeron sobre mí”» (Romanos 15:3).

«El testigo verdadero libra las almas; mas el engañoso hablará mentiras» (Proverbios 14:25).

Jesús era a la vez lleno de bondad y de una fidelidad perfecta hacia Dios. No halagaba a nadie, no salía con evasivas cuando tenía que hablar con severidad, o hacer un reproche necesario. Nunca atenuaba la verdad para adaptarla al gusto del día o para evitar reacciones fuertes. Había resuelto que su boca no hiciera transgresión (Salmo17:3), estaba en perfecto acuerdo con Dios.

La fidelidad de Jesús era la expresión de su amor para Dios y para los hombres. Nunca trataba complacer o ser popular, únicamente la aprobación de su Padre era lo que le importaba:

– Cuando descubre el comercio que tiene lugar en el templo, la casa de su Padre, vuelca las mesas de los cambistas. Lleno de celo, hace pasar el honor de Dios ante todo (Marcos 11:15-17).

– Denuncia enérgicamente la hipocresía y las mentiras de los jefes religiosos, y por ello se atrae sus críticas (Mateo 23).

– Cuando Pedro quiere disuadirlo de ir a la tortura, le responde severamente, porque su muerte era indispensable para la gloria de Dios y la salvación de los hombres (Mateo 16:21-23).

– Cuando hace reproches a sus discípulos, era para estimular su frágil fe y enseñarles que siempre podían contar con él.

Los hombres terminaron crucificando a este fiel testigo que les molestaba. Pero Dios lo resucitó y lo glorificó.

9 - Jesús – conclusión

«En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció. A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios» (Juan 1:10-12).

Jesús era un hombre sin pecado, haciendo siempre la voluntad de Dios, confiándose en él contra viento y marea. Humilde de corazón, decía la verdad costara lo que costara. Se ocupó de todos sin hacerlo para él mismo, fue obediente hasta la muerte. He aquí algunos de los caracteres del «hombre Cristo Jesús» (1 Timoteo 2:6).

Pero, ¿quién era Jesús, este hombre único? Fue crucificado, pero también su muerte es única porque se hizo noche en pleno mediodía. Tres días después, salió de la tumba y ascendió a los cielos. Todo demuestra que era sobre la tierra Dios «manifestado en carne» (1 Timoteo 3:16) y que «en esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo… en propiciación por nuestros pecados» (1 Juan 4:9, 10). Jesús dijo: «Esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna» (Juan 6:40).

¿Podríamos pasar una sola página sin reconocer en él al Señor Jesús, y creer en él para ser salvos? Él es «nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo» (Tito 2:13).